Ya en el arranque de esta última democracia, un gran político de la vieja escuela, el doctor Raúl Alfonsín, dictaba en sus recordados discursos que con la Constitución se come, se educa y se cura, en sana alusión a las bases que sentaron quienes querían una nación grande, más grande que la que unos años después se encargaron de modificar. Pero en aquel entonces todavía no se desdibujaba tanto el mensaje en la interpretación.
La Constitución Nacional asegura la provisión de los medios necesarios para lograr vivir como personas con derechos y también con obligaciones en este bendito país. Pero en ningún rincón de ella figura la palabra “regalar”, muy claramente el artículo 14 profesa “el acceso a la vivienda digna”, como un ejemplo de proveer los medios para que cualquier ciudadano pueda hacerlo, no que el Estado deba proveer la vivienda en sí.
El nuevo concepto de asistencialismo, también conocido entre algunos como clientelismo, donde el Estado provee directamente el recurso y no los medios para acceder a él, es tal vez el mejor ejemplo de la mala interpretación de la Carta Magna, que por supuesto desdibuja cada pensamiento de los grandes de la patria que creyeron otro futuro.
Cuando el Estado se encarga de regalar, el acceso a cada recurso conseguido deja de tener un esfuerzo previo, deja de sentirse con el valor de haberlo logrado, y entonces todo parece un lindo regalo que en el segundo se transforma en simple regalo y a partir del tercero ya se exige que se entregue. Y esto no es difícil de reconocer en cada reclamo popular donde se exigen viviendas, se exigen terrenos, se exige que el Estado entregue todo aquello que al ciudadano le falta. Y esto no debe ser así, lógicamente el hacerlo logra una devolución de afecto que se plasma en el voto, pero no respeta el precepto del logro propio, hace falta recordar que se debe proveer “el acceso a” es decir la posibilidad de conseguir esa necesidad en forma propia, con un esfuerzo lógico y necesario que le implique un valor a esa obtención que redundará en un posterior cuidado del mismo, cosa que muchos observamos en algunos casos de lo que llega a manos de quien lo necesita.
Y cuando las arcas se vacían, porque todo tiene un fondo, quienes exigen nunca dejarán de hacerlo, y las generaciones que hoy están creciendo con este concepto de la obligación de proveer van a exigir cada vez más, cosa que se observa en cada escuela, cuando un chico tira un papel al piso y no lo levanta, porque para eso se le paga a la portera, o cuando les pedimos que cuiden las netbook que el Estado les presta y las respuestas figuran la desaprehensión, cuando escribir sólo se hace si la escuela provee las hojas, la lapicera y todo aquello que se requiera para hacerlo. Nos damos cuenta que la imagen que estamos generando deja de lado cualquier esfuerzo, cuando se intenta lograr que el porcentaje de aprobados en cada escuela supere cierto valor por más que no hayan cumplido los logros exigidos a principio de año, porque las cuentas no cierran, es que el camino tomado no es el correcto.
Nunca debimos alejarnos del valor del esfuerzo, si el Estado se encargara de lograr que cada argentino tenga un trabajo digno que le permita individualmente acceder a cada necesidad y de esta manera suplir cualquier faltante, las oportunidades de llegar al logro serían mucho más gratificantes y el concepto de igualdad tendría un verdadero valor. Busquemos la forma de revertir esta situación para que las nuevas generaciones encuentren esa ilusión perdida de trabajar para algo, de estudiar para obtener mejores oportunidades de empleo que les permitirán acceder más rápido a sus deseos. Ojalá podamos.
