El cartel de la empresa Fco. Curras, quien halló los restos del gliptodonte.
El Día de la Primavera de 1966, los vecinos de Pilar se convulsionaron con un hallazgo del que los memoriosos aún hablan: en la cava de la tosquera Cuprás, del barrio Carabassa, se encontraron los restos fósiles de un gliptodonte, animal extinguido hace unos 10 mil años.
Los que saben aseguran que el hallazgo de gliptodontes es frecuente en los territorios bonaerense y pampeano. Es más: cuando despuntaba la década de 1990, un vecino del barrio La Lomita encontró a dos ejemplares mientras hacía unos trabajos de albañilería en el jardín de su casa.
Sin embargo, el ejemplar hallado hace ya 45 años no tuvo la suerte de ser restaurado y exhibido en algún museo, tal como suele indicar el protocolo habitual: sin lugar en las entidades paleontológicas, volvió bajo la tierra.
¿Cómo sucedió esto? Allá por 2007, Regino Osés, histórico vecino de Pilar, recordaba en entrevista con El Diario que “los obreros lo querían romper y usarlo como escombros y en el Museo de La Plata no tenían lugar”. Por eso, se tomó la decisión de sepultarlo bajo el piso del cuartel de los Bomberos Voluntarios, entidad que Osés presidió durante gran cantidad de años. El dato fue corroborado, tiempo después, por Domingo Melo, otro vecino muy ligado a la institución, quien recordó ese momento de su juventud ratificando la presencia del fósil en el edificio.
Allí reposa entonces el gliptodonte, ya sin esperanzas de ver la luz nuevamente. El propio Osés comentaba en forma risueña que “sacarlo daría mucho trabajo, porque el suelo es de hormigón armado. Ahí duerme bien, que lo dejen otros 400 o 500 años…”.
Distinta suerte han corrido dos ejemplares similares, hallados hace 20 años en el barrio La Lomita: a pesar de que estuvieron arrumbados durante mucho tiempo en el Teatro Lope de Vega, finalmente fueron sacados de allí por el antropólogo Alberto Susco para su restauración, que todavía perdura.
Mulitas gigantes
Integrante de un grupo de mamíferos extinguidos hace unos 10.000 años, el gliptodonte –a diferencia de los dinosaurios- llegó a convivir con el hombre primitivo. Su aspecto era similar al de una ‘mulita’, pero de mucho mayor tamaño, midiendo alrededor de tres metros de la cabeza a la cola, con más de un metro de altura.
Estaba revestido por un caparazón óseo (incluido el cráneo), que lo protegía ante el ataque de los predadores y del hombre primitivo, y su cola tenía la forma de un enorme mazo, con el que respondía a sus atacantes. Se alimentaba de plantas e insectos.
Las razones de su extinción aún son un enigma. Florentino Ameghino sostuvo la teoría de que los hombres prehistóricos cazaban gliptodontes para alimentarse de ellos y, además, para utilizar el caparazón como refugio.
