Máximo Guerrieri. Hoy disfrutaré con mi mamá Liliana y mi papá Javier el Día del Niño.
Trepados a un árbol, escondidos tras un arbusto, con la nariz sucia de barro, inventando una máquina increíble, renegando para hacer la tarea escolar, pidiendo hasta con lágrimas un rato más en los juegos o en la calesita, vistiendo a las muñecas con mamá o jugando a la pelota con papá… en todos estos menesteres y en tantos otros más se encuentran cotidianamente nuestros hermosos retoños pilarenses, verdaderos gigantes pequeños, nuestros niños.
De colitas en el pelo, abrazando una pepona, vistiendo medias de encaje y zapatos de charol, un vestido ceñido a la cintura y pronta una salida para la princesita de la casa; un pantalón corto con bolitas en los bolsillos, zapatillas mal atadas por querer ser grande y decir que aprendió a atarlas, una camisa al estilo mayor y un peinado a la gomina con la nariz o las mejillas sucias porque aunque mamá dijo que no nos ensuciáramos, la tentación siempre es más atractiva, porque mami perdona.
Gigantes pequeños, locos bajitos, dulces criaturas y sencillos seres humanos que la vida en su andar nos otorga para darnos, a los adultos, la posibilidad noble de proteger, cuidar y amar.
Horas de juego interminables, tareas rápidas y memoria presta a acordarse la lección así íbamos a jugar antes que oscureciera.
Porque eso es ser niño, jugar, sencillamente poder expresar con un juguete compañero la irremplazable posibilidad de divertirse, sonreír y disfrutar de la vida, y lograr ese mágico encuentro entre dos personas o más, una verdadera comunidad de sonrisas, sanas travesuras y caritas felices.
Y en este Día del Niño, mi deseo, queridos lectores de El Diario, es que en su corazón siga latiendo con toda la pureza, ese niño que jamás debemos dejar desaparecer y que la única forma es compartir un juego con aquellos que todavía lo son y de los cuales tenemos mucho que aprender para que nuestro Pilar siga siendo un Pilar noble de amor, paz y felicidad
