Cuando un nativo pilarense que ronde o haya pasado los sesenta años hable de “el correo viejo”, seguramente no se estará refiriendo al edificio ubicado en Víctor Vergani e Independencia, donde hoy funcionan las oficinas de Telefónica. Estará hablando de una antiquísima casona que se derrumbó hace muchos años y que levantaba su frente vetusto en la esquina de Rivadavia y Gamboa donde, por estos días, ha abierto sus puertas una playa de estacionamiento privada.
El viejo caserón tenía pisos de tablas de pinotea que, a causa de los años y la falta de mantenimiento, se habían podrido en algunos rincones cercanos a las paredes húmedas.
Con la idea de arreglar el piso de una de las dependencias, el jefe de la oficina hizo levantar varias tablas, y cuál no sería la sorpresa de los obreros que había convocado cuando descubrieron, en el hueco que quedaba entre el entarimado y la tierra apisonada, un gran cofre de madera cubierto aún por girones del cuero en que, hacía tiempo, había estado repujado.
Con sumo cuidado sacaron el baúl y, tras forcejear delicadamente, lograron abrir el candado que mantenía la tapa cerrada. Dentro, envuelta en varias capas de seda morada, apareció una imagen de madera de la Virgen con el Niño en brazos. Al lado, en un envoltorio similar, descansaba un grueso cilindro del mismo material, en uno de cuyos extremos había un encastre para ubicar la imagen de María.
El jefe del Correo pensó de inmediato que se trataba de una antigua talla representando a la Virgen del Pilar pues, en el fondo del arcón, dentro de una especie de sobre de terciopelo, hallaron la pequeña corona y una especie de custodia de metal dorado que encajaba en la parte posterior de la imagen.
El funcionario, sin comentar con nadie las conclusiones a las que había llegado, envolvió el hallazgo en una frazada y marchó a entregárselo al cura pero, como el titular de la parroquia se hallaba lejos de Pilar recuperándose de una intervención quirúrgica, puso el envoltorio en manos de su reemplazante temporario. Era éste un hispano de mollera cerrada que llegó al país sin más pulimientos que el del tosco seminario para “hijos de pobres”, ni más experiencia que la aldea asturiana de su primer y único destino. No valoró en absoluto lo que le entregaban pero, teniendo en cuenta que a todas luces (incluso las pocas que él poseía) la imagen era antigua, convocó a los tres notables considerados eruditos en la historia del pueblo.
El trío estudió concienzudamente la talla sobre la mesa del comedor de la casa parroquial. Luego de medirla, pesarla y compararla con viejos dibujos, llegaron a la asombrosa conclusión de que se trataba de la imagen que, según la tradición, doña María Cabezas había traído desde España y ofrecida al culto público en un oratorio construido en su propia casa en la Villa fundacional y luego entronizada en la primitiva capilla de la Guardia del Pilar, a orillas del río Luján. También fue opinión unánime de los consultados hacer público de inmediato el milagroso hallazgo y que, como correspondía, se quitase del retablo del altar mayor del templo la imagen de la Virgen del Carmen que, revestida, policromada y ubicada sobre un pilar de madera patinada, había sustituido desde la consagración de la iglesia, a mediados del siglo XIX, al auténtico ícono venerado por los primeros pobladores.
Se alarmó el cura ante tal propuesta. En su cabeza no podía caber la idea de cambiar la vistosa estatua multicolor de un metro y medio de altura (con pilar incluido) que se sacaba en procesión cada 12 de octubre, por esa pequeña talla descolorida que ni siquiera se mantenía totalmente erguida cuando se la encajaba sobre su pilar.
Explicando que no se podía cambiar la imagen de la santa patrona como de camisa, el tonsurado pidió a los historiadores que no comentasen el descubrimiento y que le diesen unos días para consultar a la superioridad eclesiástica. Entre tanto, la histórica estatuilla permanecería en la sacristía y sin montarla sobre la columna, para no correr el riesgo de que alguien la viese y la relacionase con la de la advocación aragonesa.
Pasaron los días y, como no llegaban noticias del obispado, los historiadores se reunieron en el hotel Centenario y desde allí marcharon a entrevistarse con el párroco, a quien debieron esperar en la sacristía pues se encontraba diciendo Misa. Los visitantes notaron de inmediato que la pequeña imagen no se hallaba donde la habían dejado hacía apenas dos semanas y pensaron que el cura, convencido al fin de su valor histórico, la había colocado en un sitio más seguro. Sin embargo, terminado el oficio y mientras se quitaba los ornamentos y vestiduras litúrgicas, el cerrado asturiano les explico que había enviado la imagen al señor obispo y éste, aparentemente muy puntilloso en lo referido a arte sacro, la remitió a España para que los especialistas de allí certificasen su antigüedad y procedencia.
Como es de suponer, la certificación, si fue solicitada, jamás llegó a Pilar y la histórica estatuilla desapareció para siempre; razón por la cual los fieles continúan venerando una imagen que, cuando se fundó el pueblo, aún no se había fabricado.
