Mitos y leyendas: La niñez, ni su ilusión ni su contento

Por Juan Manuel Vázquez
sábado, 9 de julio de 2011 · 00:00

 

 

-Yo conocí a la señorita M… - me contó doña Carmen, la abuela de La Lonja, mientras saboreaba los chocolates que yo le había llevado y de los cuales, según supe luego, sólo le iban a permitir disfrutar uno por día a causa de su diabetes y edad avanzada. Cuando grabé esta historia, la abuela estaba próxima a cumplir noventa y cinco años.

- La señorita M… fue la mayor de tres hermanas mujeres y, como su madre falleció cuando ella tenía sólo trece años, la pobre tuvo que cargar con la casa, el padre y las menores. Así y todo llegó a ser maestra, aunque creo que nunca tuvo un título, sino que, como en esa época no las había recibidas, le dejaban ejercer en una escuelita de campo; no recuerdo si la que estaba en el camino a Rodríguez o a Moreno, donde estaba al frente del único curso y también hacía las veces de directora y portera.

Las hermanas de la señorita M… se casaron, el padre falleció y ella quedó solita y con un carácter de mil diablos. No sé si nunca tuvo novio por su mal genio, o éste se debía a que jamás se le acercó un muchacho. La  cuestión es que la mujer descargaba su frustración sobre los pobres alumnos, a quienes tenía aterrorizados a fuerza de coscorrones y tirones de orejas. Hubo uno, que hoy debe ser casi tan viejo como yo, a quien la maestra le despegó el lóbulo a fuerza de tironearle.

Por los años que le cuento, la señorita M… tendría ya sus cincuenta bien cumplidos y aún estaba al frente de la escuelita. La mañana había amanecido muy fría y la helada tardaba en levantarse del campo. Como algunos niños estaban llegando luego de que sonase la campana indicando la hora de entrada, la maestra se puso hecha una furia y quiso darles un castigo ejemplificador. Se calzó su grueso tapado y los guantes de lana, se arrebujó en su enorme chal y formó a los chiquillos en el patio barrido  por el viento del sur.

Pasaron diez minutos, veinte, media hora… Los pobres muchachitos, atravesados por el frío, lloraban en silencio con los dedos de los pies y las manos doloridos y casi congelados.

Una hora les torturó la implacable mujer antes de hacerlos pasar al salón de clases, y otra hora más los tuvo sentados sin permitirles ir al baño, a pesar de que dos nenitas llegaron a orinarse y a recibir por ello los gritos de la desalmada.

Al terminara la mañana, el cielo se había nublado y el frío era tan intenso como en las primeras horas del día. Después de hacerles barrer el aula, la señorita M… despidió a sus alumnos y comenzó a ordenar sus cosas antes de regresar a su casa, en Pilar. Al salir, comprobó que alguien le había desatado el caballo y su sulky yacía inútil, con las varas apoyadas en tierra.

Maldijo por lo bajo a los dos alumnos mayores, a quienes de inmediato juzgó  responsables de la hazaña, y se dispuso a caminar los dos kilómetros que la separaban de la casa más cercana. Allí pediría que la acercasen hasta el pueblo.

Antes de emprender la marcha, decidió ir al baño ya que, por vigilar que sus alumnos no fuesen a orinar, ella tampoco lo había hecho en toda la mañana, pese a las dos enormes tazas de té que se había mandado al coleto tratando de entrar en calor.

Con la vejiga casi explotando entró en la letrina sin techo que se alzaba al costado del edificio escolar y, cuando estaba ya yendo de cámaras menores, un torrente de agua cayó sobre su cabeza empapándola por completo.

Casi ahogada y atónita oyó el ruido del balde de cinc al ser arrojado lejos y luego la risa y la carrera de los autores del atentado mientras tomaban distancia de la escena del crimen pero, como no podía abandonar el cubículo llevando los calzones a media asta, nunca vio quiénes fueron sus atacantes.

Tampoco supo a ciencia cierta si fueron también ellos los que habían cerrado la puerta de la escuela llevándose la llave para impedir que se cambiase las ropas hecha sopas, o al menos pudiese secarse.

Empapadísima y tiritando, la señorita M… llegó a la casa más próxima a pedir auxilio. Allí le facilitaron unas prendas secas y le dieron a beber caña Ombú para que entrase en calor, pero la pobre se pescó un enfriamiento que la tuvo en cama más de dos meses.

Durante ese tiempo, por falta de suplentes, los alumnos tuvieron unas inesperadas vacaciones que agradecieron a los autores de la pesada broma regalándoles las mejores bolitas que cada uno guardaba como un tesoro.

Como ve usted, maestros desalmados y alumnos medio salvajes existieron toda la vida.-

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