Mitos y leyendas: Calabozo trashumante

por Manuel Vázquez
sábado, 30 de julio de 2011 · 00:00

 

 

Sobre el suceso que voy a narrar existen varias versiones, pero yo elijo la que me contó don Teófilo Tolosa una tarde en que preparábamos la presentación de su libro sobre el centenario de Presidente Derqui.

Decía don Teófilo que, por aquellos años Derqui, hoy enorme y superpoblado, no era más que una aldea compuesta por unas cuantas manzanas -con más baldíos que casas- encerradas entre las vías de los ferrocarriles Urquiza y San Martín (o al Pacífico y Central Buenos Aires, como le gustaba llamarlos recordando la denominación que tenían en sus años mozos).

Pocos lugares de esparcimiento poseían los derquinos de entonces. La mayoría se trasladaba “al Centro” o a Pilar para disfrutar del cine, el teatro; aunque de vez en vez se realizaban en el pueblo animados bailes a las que concurría toda la familia.

Los hombres, usando el privilegio de género que campeaba en la época, disponían del boliche o el almacén con despacho de bebidas para matar el tedio de las horas vespertinas en partidas de mus, tute o truco. Allí se fumaba, se hablaba alto, se escuchaban las peleas de box que entre descargas de estática transmitía la radio y, sobre todo, se bebía. Vino, algunos; Amargo Obrero o vermut otros; caña y ginebra los menos; cerveza los más sedientos. A nadie la faltaba su copa. Ninguno hubiese osado pedir un café y mucho menos un cortadito.

El consumo de alcohol era, por aquellos años, un signo de hombría, ya que las señoras se limitaban a beber, con las visitas, azucarados licores caseros y, durante las fiestas, una copa de sidra.

Tolosa me contó que X… (no oculto el nombre, simplemente no lo recuerdo) consumía vino como gran parte de sus vecinos y también, como algunos de ellos, los sábados por la noche se pasaba de la raya.

X… era albañil, vivía solo con su madre, cobraba por semana y, después de saciar ciertos requerimientos físicos en “una casa de mala nota” que funcionaba en las afueras, se llegaba al boliche a vaciar copa tras copa entre chistes y risotadas.

Lo malo es que X… tenía mala uva y después de achisparse se le daba por pelear. Ya fuese porque alguien lo había mirado mal, o porque no le hubiesen festejado un chiste, o porque se hubiesen reído de sus pasos titubeantes de borracho, X… desafiaba a su supuesto ofensor (u ofensores) a pelear a golpe de puños en la vereda del establecimiento. Allí no más salía burlándose del contrincante y mentando a la madre, hecho que, aunque no quisiese hacerlo, obligaba al aludido a aceptar el convite a golpes para dejar a salvo el buen nombre y honor de su progenitora.

Para cuidar el orden en aquel tranquilo Presidente Derqui, desde la comisaría de Pilar se había destacado a un agente buenazo y campechano que recorría el pueblo espantando a los ladrones de gallinas y visitaba los boliches conversando con los parroquianos a quienes su sola presencia imponía afectuoso respeto. El único problema que tenía aquel representante del orden era X… y sus borracheras sabatinas.

Un sábado de septiembre, varias niñas, con la ayuda de sus madres, organizaron un baile de primavera que prometía ser el acontecimiento social del año en la diminuta población. A sabiendas de que X… acostumbraba concurrir a esas reuniones, y por miedo a que iniciase una de sus habituales peleas, las señoras fueron en comisión a entrevistarse con el representante del orden público. Le rogaron que previera la forma de evitar un escándalo que pudiese echar por tierra tanto brillo y buen gusto como el que tenían planificado.

El agente las tranquilizó asegurándoles que marcaría de cerca al pobre borrachín.  Y así lo hizo.

El sábado de la reunión, la concurrencia fue llegando temprano, como se estilaba entonces. Trajeados los caballeros, emperifolladas las señoras, deslumbrantes las niñas, llenaron la pista de baile al compás de valses, rancheras y pasodobles. Junto a la improvisada barra, algunos consumían cerveza o naranjín refrigerados en tambores con hielo.

X… también llegó temprano y, después de haber “rebotado” cinco veces intentando sacar a bailar a las muchachas, se acodó en el mostrador y comenzó a bajar, uno tras otro, varios vasos culeros de caña Mariposa.

Cuando ya había comenzado a hablar en voz alta burlándose de las enormes caderas que doña N… movía acompasadamente en un foxtrot, o de la altura del don P…, cuya frente apenas rozaba el mentón de su esposa; el encargado de la cantina se negó a servirle un nuevo vaso de caña. Quiso X… iniciar con él su habitual disputa, pero el agente de policía, que lo vigilaba tal como había prometido, lo tomó por un brazo y lo sacó del local conduciéndolo hasta una vía muerta del ferrocarril donde, a falta de otra dependencia, un vagón de cargas oficiaba como circunstancial calabozo.

Protestó X… al ser encerrado, pero el alcohol que había ingerido convocó muy pronto al sueño. Tras escuchar los ronquidos, el agente volvió al baile a lucir su impecable uniforme.

Nadie recordó que la estación del ferrocarril tenía un nuevo jefe que ignoraba la utilización que se le daba al solitario vagón de cargas,  y que no era necesario sumar al convoy que pasaba rumbo a la Mesopotamia todos los coches que estuviesen detenidos en las vías, tal es así que, a la una de la mañana, hizo enganchar a la formación el vagón calabozo, y en él partió X…, durmiendo su mona, rumbo a las cuchillas correntinas.

Tres meses después, barbudo y con las ropas destruidas, pero totalmente abstemio, el ex borrachín regresó al pueblo. Los parroquianos quisieron saber cómo había hecho para curarse de su vicio alcohólico en tan poco tiempo y X… no intentó ocultar la receta. Les contó que en Corrientes los hombres no eran tan bonachones y comprensivos como en Derqui. Les dijo que la primera vez que entró en un boliche correntino y, después de mamarse, desafió a uno a pelear, se encontró de golpe con un enorme cuchillo brillando ante los ojos.

Recordó que la tranca se le había pasado de golpe y que comenzó a recular pidiendo disculpas, pero que el adversario, aún más borracho que él, lo persiguió haciendo fintas, arrancándole con la hoja de acero uno a uno los botones de la camisa y dejándole bajo el mentón un sangrante barbijo que la dueña del local debió curar después con yerbas y musgo.

Nunca más probó X… una copa de licor, y hasta edad muy avanzada siguió aconsejando que, para curar el alcoholismo, nada mejor que visitar Corrientes.

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