Al morir don Lucas, sus ocho hijos se repartieron las hectáreas de buen campo sobre el camino a Moreno y la hacienda que allí engordaba. Los que no tenían inclinación hacia las tareas agrícolas, vendieron su herencia en menos que canta un gallo. Unos pusieron negocios y otros, que para ese entonces ya tenían empleos en el pueblo, compraron o edificaron vivienda.
Hipólito, el mayor de los hermanos, a quien en el reparto le había tocado la centenaria casona pero una fracción más chica del campo, prefirió quedarse allí.
Hipólito siempre fue el más bueno de los ocho, pero nunca fue muy despierto. Su mujer, tampoco. Matilde apenas sabía hablar, quemaba los guisos y era incapaz de tender una cama en forma decente; pero adoraba a su marido y a fuerza de amor logró que sus múltiples incapacidades no le impidieran criar a sus hijos.
Poca hacienda podía criar el matrimonio en tan reducido espacio. Cuando sembraron trigo, la langosta terminó con cuanto había sin dejarlo siquiera espigar. Como era habilidoso con la fragua y tenía una en el galpón, Hipólito se dedicó a la herrería; tarea en que lo ayudaba su mujer y su numerosa prole.
El dinero que entraba era poco y sólo alcanzaba para lo imprescindible, así que no podían hacer reparaciones en el caserón que cada vez se deterioraba más. Los gruesos muros mostraban aquí y allá su interior de ladrillos asentados en barro, muchos baldosones de cerámica se habían quebrado y el tejado ya no retenía totalmente el agua, que se filtraba y pudría lentamente los gruesos tirantes de madera.
Sólo los centenarios muebles de quebracho, tallados con hachuelas, se mantenían inalterables en la decrépita casona. La larga mesa del comedor que aunque jamás se usaba podía albergar a catorce comensales, era tan pesada que requirió el esfuerzo de toda la familia cuando debió ser corrida para esquivar una persistente gotera; sin embargo, una noche, después de escuchar un gran estrépito que estremeció toda la casa y alarmó a sus habitantes, la mesa apareció volcada sobre las baldosas.
Se santiguó Matilde y en su complicada jerigonza obligó a sus hijos a rezar un rosario mientras su marido, Hipólito, recorría cada rincón de la vivienda. Las ventanas y puertas estaban cerradas y trancadas. Nadie podía haber entrado o salido; sin embargo, la mesa estaba volcada.
Una semana después, Yolanda y Aurora, las hijas mayores de los dueños de casa, tomaban el fresco conversando en el alfeizar de uno de los ventanales cuando vieron que un jinete con ricos atavíos de paisano entraba espléndidamente montado al patio de tierra apisonada. No lo conocían y les llamó la atención que los perros no lo ladrasen, ni siquiera cuando se apeó y comenzó a desensillar el moro.
Corrieron las muchachas por las destartaladas habitaciones para anunciar la llegada del desconocido, pero cuando sus padres salieron a dar la criolla bienvenida, ni huellas había del jinete ni del hermoso caballo.
Matilde tenía miedo por estos extraños sucesos, pero Hipólito, conciente de no tener adónde ir con su familia, intentaba restarles importancia afirmando que todo era fantasía o bromas de mal gusto. Sin embargo, invariablemente, después de cenar, con la lámpara de querosene en alto, recorría el galpón y cada habitación de la casa asegurándose de que estuviesen cerradas puertas y ventanas.
Una noche de agosto la familia se había retirado a descansar temprano. Todos dormían intentando burlar al frío del caserón bajo montañas de frazadas y con botellas de cerámica repletas de agua caliente. Primero escucharon un leve rose, como si alguien arrastrase un vestido de cola por el pasillo al que daban las puertas de los dormitorios. Después los sobresaltó un gran estruendo en el comedor.
Aunque asustados, los hijos siguieron al padre que, escopeta en mano, se adelantó hacia el lugar del que había provenido el ruido. A la luz de las velas que llevaban, pudieron ver que nuevamente se había volcado la pesada mesa de quebracho y, para espanto de todos, observaron que sobre ella, a más de un metro del piso, flotaba el retrato al óleo de don Lucas, el fundador de la dinastía.
Escaparon los chicos hacia el dormitorio de sus padres, donde Matilde había quedado de rodillas, desgranando las cuentas del rosario ante la imagen de la Virgen.
Se escucharon los dos tiros casi simultáneos de la escopeta y luego, un silencio sepulcral.
Demudado, aunque tranquilo, Hipólito se llegó hasta el dormitorio a buscar una vela porque había disparado a oscuras sobre el retrato de su padre y quería reconocer los daños. Al volver al comedor encontró la pintura en el piso, perforada por la perdigonada, pero le llamó la atención un fino sedal atado al marco del cuadro. Se arrodilló, tomó el delgado hilo entre sus dedos y pensó largamente, como lo hacía cada vez que debía decidir. Luego, con la parsimonia de siempre, dirigió su mirada hacia la alta tirantería de la habitación y allí, oculto entre las tenebrosas vigas, descubrió a Tobías, el hijo menor de su hermano Pablo.
Pablo, después de abrir un almacén de ramos generales en el pueblo, había hecho tanta plata que, cada dos por tres, le ofrecía a Hipólito comprar el viejo caserón familiar para remozarlo e instalarse allí con su familia. Pero, pese a las penurias, a la poca comida y a la escasa ropa, el mayor de los hermanos siempre rechazó la oferta. Nunca quiso desprenderse del legado de sus padres; por eso el inescrupuloso Pablo ideó con sus hijos el plan para amedrentar a su hermano ingenuo y obligarlo a abandonar el solar.
Tobías, enviado por su padre, se llegó un día a la casona so pretexto de visitar a sus primos. Durante un descuido de éstos, instaló en las alturas de la tirantería, donde quedó oculto, el poderoso aparejo con el que luego, cuando la familia ya descansaba, podía voltear la mesa con toda facilidad. El misterioso jinete era el mismo Pablo, que con una careta y dando la espalda al sol poniente, logró confundir a sus sobrinas. Había calculado el tiempo justo que ellas tardarían en ir a avisar a sus padres y, en ese lapso, tras soltar al caballo que, sin montura galopó hacia su querencia, desapareció ocultándose en el sótano del galpón; un lugar que desde hacía añares nadie utilizaba.
Una vez conocida la maquiavélica maniobra, el bueno de Hipólito acarició la cabeza de su atemorizado sobrino, le hizo servir una taza de mate cocido y lo despidió con un mensaje para su hermano: “Decile a tu padre que yo no vendo la casa de papá, pero que venga a visitarme más seguido si la extraña. El sabe que no puedo agasajarlo como él merece, pero siempre va a ser bien recibido”.
