Trabajaba en el diario La Razón, de seguro uno de los polos de poder mejor informados en esos años. Se debe tener en cuenta que el secretario de redacción, el Sr. Félix Hipólito Laíño, maestro de maestros del periodismo, resultaba un hombre de “consulta” por militares, políticos, sindicalistas etc. Sabía mucho más de lo que se publicaba… como siempre ocurre y ocurrirá. El propietario de ese diario con una tirada de 600.000 ejemplares era la familia “patricia”, de los Peralta Ramos.
Desde el 17 de marzo (una semana atrás) todos sabían de un golpe de Estado. Los ciudadanos estaban “pidiendo a gritos un cambio”. A las 10:00 horas de la mañana del 23 todos los poderosos conocían cuándo sería el golpe. El título de La Razón no dejaba dudas. Horas decisivas en letras de molde y la “bajada” diciendo un gobierno sin ideas ni rumbo que no tiene destino. El pueblo no se oponía a un cambio de sistema. La inflación del ministro Rodrigo del 1.000%, las bandas de pistoleros de la funesta Triple A con un López Rega en Europa, “exiliado de elite” como embajador plenipotenciario.
Los atentados y asesinatos de los que no pensaban como ellos. La nula capacidad de María Estela Martínez componían un plato difícil de digerir. El abrupto viaje a Montevideo del jefe de la poderosa CGT, Casildo Herrera diciendo “yo me borré”, no dejaba dudas.
El gobierno estaba en picada, la inmensa mayoría del pueblo pedía a gritos “basta de Isabel”, “fuera la perona”. Todos esperábamos un cambio de timón con los soldaditos. Como ser orden, algunos corruptos presos, limpieza en la economía, freno a la inflación y salida electoral en 6 meses que era el fin del mandato de Isabel.
Por todos estos motivos fue bien recibido, gente trabajadora con cero de ánimos golpistas llenó la Plaza de Mayo. Todos, salvo los empresarios y terratenientes gorilas, creíamos que este era un “desplazamiento de la presidenta incruento”. Una dictadura de uno, a lo sumo dos años y elecciones libres. Esto es lo que se aplaudió. Se aguardaba un golpe como tantos otros. Un general le decía a otro: “tengo 6 tanques, ocho aviones, cuatro barcos y tantas tropas”, el otro (su adversario) le respondía “si tenés todo eso ganaste, lo verifico, para ver si me mentís y pido mi retiro como corresponde”. Eso era toda una especie de batalla naval de los uniformados con el poder de turno y… de las armas.
El Colegio Militar tenía la carrera más ambiciosa, el que se destacaba con poder de mando que había leído a Maquiavelo y contaba con el apoyo gorila podía tener la esperanza de sentarse en el sillón de Rivadavia... previo golpe de Estado.
La primera semana se tomó con mucha tranquilidad, Videla aparecía como el “salvador de la democracia”. El 2 de abril José Martínez de Hoz nos explicó que con un préstamo del FMI, ajustes varios, aumento de impuestos, un poco de inflación, una tablita para el dólar, nada de aumentos salariales, ni de huelgas y con mucho trabajo saldríamos adelante.
Tampoco hubo rechazo, el argentino creyó y por mucho tiempo no supo del “nuevo orden”. Las desapariciones, los asesinatos, los saqueos, las violaciones y todo ese río de sangre se ocultó en las redacciones de los periódicos, las radios y la tevé. Mucho deporte, espectáculo, quiniela, turf y las bondades de los préstamos pedidos.
Fotos de los civiles que acompañaron el golpe… todos los días. Esos hombres eran los “no uniformados” que mostraban una democracia que no existió nunca.
Hasta hoy los pedidos de justicia fueron para los genocidas de uniforme militar, algunos (contados) policías, gendarmes y prefectos; pareciera que los civiles que se llenaron las manos de sangre no deberían tener pena. Esos hombres y mujeres fueron los “cerebros” de esa organización macabra, los militares sus ejecutores.
La “cabeza” a los soldados no les daba para sembrar tanto horror, fueron inducidos y solamente fue crucificado Martínez de Hoz. A 35 años de ese “emprendimiento de muerte y sumisión” los civiles –tan culpables como ellos- se esconden entre nosotros, algunos habrán muerto pero sus deudos siguen viviendo y tirando “manteca al techo” con el dinero espurio logrado en esos años de plomo y vergüenza.
