Tribuna del lector: Pido perdón por la iglesia

por Luis Guzmán Domínguez

23 de marzo de 2011 - 00:00

 

Al acercarse un nuevo aniversario del último golpe militar, siento la necesidad de pedir perdón a todos mis amigos, mis vecinos, mis alumnos, mi comunidad y mi país. Lo hago en primerísima persona, por lo tanto, nadie puede avergonzarse o ruborizarse por estas palabras.  Simplemente siento que todavía no fueron dichas y me siento protagonista de esta fase de nuestra historia y mi conciencia personal, de cristiano adulto, de hermano de tantos otros hermanos conocidos y no conocidos, me impiden continuar sin decirlas.

Pido perdón, por la Iglesia que se comprometió con la dictadura. Cuando vehicularon los idearios macabros de la doctrina de seguridad nacional, pensaron el ingrediente de un dios que se haría “amable” con los oscuros mecanismos de la muerte. Y defendieron esas letras, las más malditas de nuestra historia, hasta el final. Por los manuales bendecidos, por las rituales de lino finísimo, por los inciensos silenciosos, por los tedeumes de tan amargo canto gregoriano, por las aguas benditas cayendo sobre las armas de tantos abyectos pretorianos, quiero pedir simplemente perdón.

Sé que las palabras comprometen y por eso las quiero decir. Mi generación despertó sabiendo de los crímenes como otros tantos compañeros y compañeras cuando la década de los 80 nos hacía descubrir paso a paso lo acontecido. El juicio a las juntas, los testimonios de tantas víctimas y las voces de los que no callaron, nos hicieron crecer con esa deuda cada vez mayor con nuestra sociedad: reconciliarnos con ella con memoria, verdad y justicia. Es justo decir también que dimos todo por acorralar al neoliberalismo, razón de ser del genocidio, acompañando al pueblo cuantas veces pudimos, resistiendo, organizando, concientizando, alertando.

Hemos llorado todos los otros falsos perdones, obediencias debidas, puntos finales e indultos que vimos perplejos y paralizados, muchas veces en soledad. Pero el silencio y la complicidad de la institución nunca nos dejó dormir tranquilos.

Esperé en vano que la conciencia del cristiano llamado a pregonar el amor al prójimo sacudiera las entrañas de los responsables, seguí esperando que los años, los recambios y las lecciones pudieran arrancar una actitud tan urgente como necesaria. En tiempos de revisionismo histórico, esperé que un 24 de marzo alguien dijera en voz alta perdón. Lo merecen las madres, los treinta mil, los militantes cristianos caídos por defender la vida, los que vieron a Cristo crucificándose en las masas inocentes. Lo merece la propia sociedad que, aún cuando no necesite creer, sepa de instituciones ricas en compasión, de grupos que no miren tanto sus buenas imágenes sino se juegen por la verdad.

Pido perdón por las reuniones de camaradería, por las medallas, por los favores devueltos a cambio de silencio, por los cínicos valores del “occidente y el cristianofacismo”, por los supuestos trámites que dijeron haber hecho, por los capellanes educados en la espada y cómplices de la tortura, por los púlpitos fogoneadores de inquisiciones, por la teoría de los dos demonios, por las listas nunca entregadas y por los templos cerrados a los gritos de las madres de los que no volvieron.

En este nuevo aniversario, hace falta también recordar que algunos hermanos que “por algo será” entraron los pies en el barro y pagaron con su vida el precio de comprometerse con los más pobres: los padres palotinos, las Hermanas Caty y Leonie, Angelelli, Carlos, Gabriel, Wenceslao y tantos otros. Pido perdón porque nuestros altares no los reconocen, porque nuestro triste santoral descansa sólo en cementerios, porque los sumos sacerdotes olvidan cuánta  “vida se gana cuando se la pierde”. Pido perdón, en fin, porque yo también soy Iglesia y espero la hora de la aurora en que la memoria y la Justicia sean dogmas de Fe.

 

*Casa de Derechos Humanos de Pilar.

 

 

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