Alma de barrio y murga en las venas

En los últimos años en Pilar la cultura murguera volvió a cobrar fuerza con la aparición de más de una veintena de murgas barriales. Rescatan a los chicos de la calle y llevan su bandera por todo el distrito.

13 de marzo de 2011 - 00:00

 

La mayoría de los integrantes de murgas son adolescentes y chicos de los barrios.

 

por Celeste Lafourcade

 

Con sus levitas distintivas, sus rivalidades y sus colores, con sus cánticos barriales, sus comparaciones y sus diferencias, todos, sin excepción, llegan a las mismas palabras inexactas, cortas y escasas. Hablan de pasión, espíritu y sentimiento con definiciones improvisadas, pero por más empeño que le pongan, la frase sigue quedando trunca.

Es ahí donde, finalmente, uno entiende que no hay explicación que esté a la altura del orgullo de ser murguero. Está ahí, en el barrio, en la calle, en los compañeros, en el ritmo y en los saltos, a la hora de salir a la “cancha”, en los ensayos y hasta en la parada del colectivo.

En Pilar hay más de 20 murgas barriales que entre repiques y redoblantes defienden su lugar en el mundo, rescatan a los chicos de la calle y refuerzan el sentido de pertenencia. Son muchos, son ruidosos, son murgueros.

 

Murga y utopía

“A mi barrio yo lo quiero, soy de Derqui, soy murguero”, aparece en la pared del patio interno de la modesta casa pintada de naranja que guarda el eco de repiques y tambores.

Allí, en la esquina de Bolívar y Moreno, frente a la escuela 27 de Derqui, casi 200 personas ensayan, discuten y respiran murga, murga con nombre y apellido: Utopías Denunciadas.

Su responsable, Guillermo Velázquez, se anticipa al saludo y nos recibe en la vereda, con una amabilidad que se repite en su coequiper Julio Villalba y un par de chicos que barren de la calle los restos de un carnaval que pasó hace poco.

El primer antecedente de Utopías debe buscarse en un grupo de jóvenes coordinado por Velázquez destinado a la prevención de adicciones. Luego, la fusión con pares del barrio Villa Luján, dio como resultado una murga “con una ideología en común”, como afirman sus directores.

Para explicarlo, afirman que “queríamos reinsertar nuevamente valores en los chicos a través de una murga sana”. Un lugar de encuentro donde el alcohol está prohibido y donde no abandonar los estudios es una condición.

Pero hay algo que hace que la murga sea mucho más que una buena excusa integradora. “Es una pasión, es actitud y corazón”, exclama Velázquez con un entusiasmo que no deja dudas de su convicción, para sumar más condimentos: “soy murguero desde los seis años en una murga en Capital y nunca sentí lo que sentí en Derqui”.

“Acá –sigue- no hacía falta motivar a un pibe para que sea murguero, ya lo era aunque no estuviera en una murga”. Con el mismo ímpetu, el hombre, que además trabaja en la secretaría de Niñez y Familia de Nación, desafía el imaginario popular: “nuestro pueblo tiene incorporado en sus raíces el carnaval, es mentira que el argentino es melancólico y tanguero”.

“En la murga –completa Villalba- no hay diferencia de género, capacidades ni clases sociales, no tenés que saber tocar ni bailar, por eso nosotros para entrar, como requisito, tienen que estar presentes en tres ensayos y después decirnos por qué quieren ser parte de Utopías”.

Con sus levitas bordeaux y gris que confeccionan las madres, sus 50 instrumentos comprados a pulmón y toda la sangre en las venas, le rinden homenaje a las calles, al barrio. Los ritmos son improvisados y juran que “hasta en la parada del colectivo vamos sacando ritmos nuevos”, mientras recrean el toc-toc contra un banco de madera.

Todavía se les pone la piel de gallina al recordar el carnaval organizado el 5 de febrero, que marcaba el regreso de las murgas después de 20 años, al momento de despedirse, lo hacen con una confesión: “Si hubiéramos podido no estar en la murga para mirar la fiesta de afuera, lo hubiéramos hecho”.

 

Flamantes cachorros

Negro y blanco es el color de Los Flamantes de Los Cachorros, la murga que empezó desafiando las corridas de la policía por las quejas de los vecinos por los ruidos molestos de la plaza, la misma que hoy –ya con la simpatía ganada de los habitantes- es el centro de concentración para los ensayos.

Hoy son 220 los integrantes, en su mayoría adolescentes entre 14 y 17 años aunque también hay chicos y adultos. Bombos, platillos, redoblantes, repiques, surdos, son algunos de los instrumentos de la murga dirigida por Hugo Nuñez.

“Es un grupo familiar y siempre estamos abiertos a nuevas incorporaciones”, afirma el hombre que presta su casa para la reparación de lo que haga falta incluso de la educación de los chicos.

“Hoy en mi casa tengo 45 chicos que antes estaban en la calle, hay casos que dejaron de ir al psicólogo al entrar en la murga”, asegura, y agrega que el continuar con los estudios también es una condición básica para formar parte del grupo.

Para Nuñez, la cultura murguera es comparable con “ver a tu equipo de futbol, sentís la misma emoción” y esto, por supuesto, no escapa a las rivalidades.

“Hay rivalidades, pero no nos interesa”, reconoce, antes de hacer una pausa y seguir “pero sí, siempre está eso de fijarse quién tiene mejor ropa, quién tiene mejores instrumentos”.

 

Familia de bohemios

Ya van por la tercera generación y, como viene la cosa, no es aventurado pronosticar que serán muchas más las que le darán continuidad a esta murga surgida en el corazón de Del Viso hace 21 años.

Es la más antigua de la localidad, la murga nacida de la mano de la familia Crismancich. Primero fue Juan que hoy, a sus 75 años sigue haciendo de las suyas en las escuadras, aunque haya delegado la dirección en su hijo Alberto, que a su vez, ya va haciendo lo propio con Leonel.

“El sentimiento es inexplicable, el que no está no entiende esta pasión que se lleva adentro”, precisa Alberto. Y suma, en su explicación, también a los vecinos que la ven de afuera. Es que si la murga es una expresión barrial que refuerza el sentido de pertenencia con el lugar de uno, lo es también para los espectadores de la fiesta: “le da la posibilidad a muchas familias de ver un espectáculo sin tener que irse lejos, que además es de su localidad”.

Los bohemios son alrededor de 220 y los hay de La Loma, Pinazo, Alberti, Savio e incluso gente de Villa de Mayo. En cuanto a la rivalidad a la que tuvieron que enfrentarse cuando dejaron de ser los únicos, advirtió que “cada uno debe demostrar lo que aprendió y la cultura que le impone a su murga”. La última experiencia compartida tuvo lugar la semana pasada, durante los festejos de carnaval delvisenses que reunieron a más de 15 mil personas en un hecho inédito para la localidad.

“Hay una mezcla de pasión, de tribuna. Hay gente que arma su vida alrededor de la murga”, asegura, y con orgullo, se reconoce como uno de ellos. “Si mi trabajo –es comerciante- no me hubiera permitido seguir con la murga, lo hubiera dejado”.

 

Definiciones por tres

“Nuestro pueblo tiene incorporado en sus raíces el carnaval, es mentira que el argentino es melancólico y tanguero”. Guillermo Velázquez, de Utopías Denunciadas.

“Hoy en mi casa tengo 45 chicos que antes estaban en la calle, hay casos que dejaron de ir al psicólogo al entrar en la murga”, Hugo Núnez, Los Flamantes de Los Cachorros.

“La murga le da la posibilidad a muchas familias de ver un espectáculo sin tener que irse lejos, que además es de su localidad”. Alberto Crismancich, Los Bohemios de Del Viso.

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