El doctor Fernández* llegó a Pilar una fría mañana de julio en su enorme Dodge negro y estacionó frente a la entrada del chalé de la quinta que había alquilado sobre la ruta 8.
Era dentista y había venido a probar suerte en este pueblo que, según le habían comentado en su Córdoba natal, estaba en pleno crecimiento; pero antes de abrir su consultorio deseaba conocer a la gente, analizar las posibilidades y, sobre todo, comprobar si su mujer se adaptaba al cambio.
Aurora Oxemby de Fernández* era sencillamente hermosa. Tenía sólo veinticinco años, veinte menos que su marido, una figura escultural y unos ojos color esmeralda que derretían al hombre sobre el que se posaban.
Las malas lenguas (que en Pilar siempre fueron ágiles y muchas) pronto inventaron un pasado apócrifo para la pareja y, aunque sin fundamento alguno, lo hicieron correr en los mentideros del pueblo. Según esa historia, los padres de la niña, pobres de solemnidad, la habían entregado a ese profesional casi cincuentón a cambio de una pensión vitalicia que les permitiese vivir decentemente. También decían que la muchacha, criada en la más estricta obediencia, aceptó con mansedumbre su destino de clausura como esposa de un marido celoso que la mantenía bajo siete llaves.
A poco de llegar el matrimonio Fernández, los dentistas de la ciudad, para demostrar su falta de egoísmo y don de gentes, organizaron una cena de bienvenida en el restaurante Pepito, ubicado en San Martín y ruta 8; pero, aunque además de la doctora Koselevich (primera odontóloga que ejerció en Pilar) asistieron las esposas de los otros facultativos, Fernández concurrió solo a la recepción. “Mi señora les pide disculpas, pero no se siente cómoda en las reuniones sociales”, se excusó el sacamuelas mientras saludaba a sus colegas varones, para quienes, conocer a la infartante cordobesita, había sido la causa principal de la reunión.
“Póngale la firma que ni sabe manejar los cubiertos” sentenció en un susurro una de las dentistas consortes. “No debe saber ni hablar. Me contaron que nunca terminó la escuela primaria”, agregó otra mientras llevaba a sus labios la copa de vino que sostenía levantando el dedo meñique en un gesto que, a su juicio, era el colmo del refinamiento.
Para decepción del resto del pueblo, la joven señora Aurora tampoco apareció el domingo en la misa de once donde se encontraban las familias de los otros odontólogos, salvo el matrimonio de dentistas judíos que, sin embargo, no ponían reparos en asistir a funerales, bodas o bautismos, integrándose completamente a una comunidad que supo apreciarlos sin ningún atisbo de discriminación.
Los cordobeses llevaban casi un mes viviendo en el chalé que habían alquilado y muy pocos habían entrevisto a la joven esposa, la fama de cuya belleza, por no comprobada, fue convirtiéndose en mítica.
Cuando el doctor Fernández, con sobretodo, guantes y sombrero; se pasaba por el bar Alhambra para tomar su té con limón, las grandes voces se trocaban por murmullos cuyo indefectible tema era la desconocida a quien, según una versión, el marido celoso mantenía encerrada y sin visitas.
“¡Yo voy a ir a conocerla!” exclamó Walter, uno de los muchachones habitués, cuando el dentista abandonó el bar.
Esa tarde, sabiendo que el sacamuelas andaba recorriendo el pueblo en busca del local apropiado para instalar su consultorio, el joven montó su Siambreta y se dirigió al chalé donde, como esperaba, lo recibió la hermosa esposa del facultativo.
Algunos afirman que, para ser recibido, el muchacho argumentó que llegaba en busca de socorro ante un terrible dolor de muelas. Otros dicen que la simpatía que Walter sabía desplegar con las damas era irresistible, pero lo cierto es que la joven no sólo le franqueó la puerta, sino que también lo sentó en la sala donde le sirvió un enorme vaso de Refrescola con soda, hielo y fernet, y quedaron conversando por más de una hora.
Ninguno de los dos, al despedirse, se acordó del supuesto dolor de muelas que había llevado a Walter y, tal vez por este olvido, la muchacha no comentó a su marido la inesperada visita que se repitió al día siguiente y cada vez que el dentista abandonaba la casa en sus excursiones inmobiliarias.
Poco tiempo iba a durar aquel romance que ni siquiera había pasado de los primeros escarceos. Un billete anónimo, depositado sobre la mesa de la Alhambra, alertó al Otelo cordobés sobre la presencia del joven conquistador amenazando su territorio y queriendo adueñarse del tesoro que en él guardaba.
Los que siguieron al Dodge hasta la quinta, afirman que el dentista entró como una tromba a la sala, de la cual, al instante, salió a los empujones el sorprendido muchacho. En el portón de ingreso a la quinta se encontró con sus amigos. “Les juro que no me dijo ni mu”, afirmaba. “Solamente se sacó un guante y me encajó un guantazo en la cara. Miren cómo me dejó la mejilla el animal”. Sólo cuando uno de sus compañeros se lo explicó, Walter comprendió que el marido ultrajado, lo había desafiado a duelo.
La noticia corrió por el pueblo como una enorme mancha de petróleo que se va extendiendo sobre el mar. La madre del retado pidió la intervención de las autoridades policiales para evitar el derramamiento de sangre, pero el comisario le explicó que no podía actuar ante simples trascendidos, ya que no había nada que indicase realmente que el duelo iba a llevarse a cabo. Sin embrago, por pedido formal de Fernández, dos odontólogos locales, en calidad de padrinos, se reunieron secretamente con los dos mejores amigos de Walter a fin de fijar la fecha, el lugar y las armas que se utilizarían en el lance.
Cuentan que ninguno de los padrinos deseaba que el duelo se concretase y por lo tanto, en lugar de llevar a término su verdadera comisión, se asociaron para lograr que los duelistas desistiesen de su sangriento propósito.
Tras el conciliábulo, tanto los odontólogos como los muchachos nombrados padrinos, se allegaron a sus ahijados informándoles que el arma elegida para el combate había sido el sable.
“¡Pero si yo no empuñé jamás un sable!” exclamaron casi al unísono, aunque en distintos sitios, los espantados duelistas. “Ese es el inconveniente, porque el contrincante es campeón provincial de asalto con sable” informaron a sus ahijados los cuatro padrinos, tal como lo habían acordado.
El doctor Fernández en el parque de su quinta, y Walter por los senderos de la plaza 12 de Octubre, paseaban aquella noche, fumando un cigarrillo tras otro, tratando de sacar de su caletre una causa que les permitiese anular el duelo sin menoscabo de su honor y hombría.
Antes de despuntar el sol, cada combatiente había encontrado la excusa oportuna.
El dentista, lamentando una repentina y seria enfermedad de su octogenaria madre, cargó en el Dodge sus pertenencias (entre las que contaba a su joven esposa) y lo enfiló sobre la ruta 8 camino a su añorada Córdoba. Walter, sin saber que su oponente había desertado, fingió una terrible indisposición con insoportables dolores en la zona abdominal y logró que le extirparan de urgencia, en la Clínica Modelo, un apéndice lozano y en perfecto estado de conservación.
Esa noche, en el restaurante Mingo, los cuatro oficiosos padrinos brindaron en secreto por su exitosa gestión diplomática mientras saboreaban un puchero de gallina con todas las de la ley.
*Por solicitud de quien me contó esta historia, los nombres y apellidos han sido cambiados.
