Mitos y leyendas: La dama de blanco

por Manuel Vázquez

26 de febrero de 2011 - 00:00

 

Aceptando la invitación de un ex alumno de la Escuela Media N°5 de Villa Rosa, concurrí a tomar un café en El Colonial. Allí, el muchacho me sorprendió gratamente al comentarme que leía con gusto esta columna y que, si me interesaba, podía contactarme con quien había visto la extraña aparición que en varias oportunidades aterrorizó a quienes transitan por la noche el camino a que va de Villa Rosa a Zelaya.

Al día siguiente, grabador en mano y acompañado por mi ex alumno, visité al señor Andrés Montero en su casa del barrio Luchetti  y, entre mate y mate, fue narrando para mi grabador la experiencia que transcribo:

“Sé que cada vez que lo cuento, más de uno ha de pensar que estoy medio loco, pero yo le aseguro que es la más pura verdad. Al menos es lo que yo he visto, hará de esto unos ocho años más o menos.

Me habían apalabrado para arreglar los alambrados en la quinta de un militar, más allá de lo que llaman el Lugar del Milagro, camino a Zelaya. Como era verano, yo me iba a la mañana temprano en la bicicleta y me acompañaba alguno de mis hijos para darme una mano y, de paso, para ir aprendiendo el oficio; que aunque vayan a la escuela, nunca está de más que sepan ganarse el peso de otra manera.

Ese día, al atardecer, como ya faltaba poco y el pibe había quedado con unos amigos para jugar al fútbol en una canchita de Villa Rosa, le dije que se viniese antes, y yo me quedé terminando el trabajo.

La cuestión es que, entre pitos y flautas, ya se había hecho noche cuando agarré la bici para volverme. Me venía para el lado del pueblo mirando bien adónde iban las ruedas, porque el camino estaba hecho un desastre de huellones y pozos, cuando veo a unos cincuenta metros adelante, como saliendo de entre los eucaliptos, a una mujer vestida de blanco que agarró el camino hacia Villa Rosa.

No le voy a decir que no me llamó la atención, pero le juro que no me dio miedo ni me hizo maliciar nada raro, porque no iba tapada con una sábana como un fantasma. Iba vestida de blanco, pero con una blusa y una pollera hasta las rodillas. Los zapatos también eran blancos.

Yo, nunca había oído hablar de aparecidos por esa zona, así que seguí pedaleando sin hacerme problema. A decir verdad, iba pensando en el coraje que debía tener aquella mujer para largarse a caminar sola, a esa hora y por un camino tan desierto.

Yo la iba mirando de atrás mientras me acercaba silbando para que no se asustase al verme aparecer de golpe. Era alta, bien formada, con el pelo suelto largo hasta la cintura y, por el andar, se adivinaba que era joven. Esto lo pude ver porque había bastante luz de luna.

Cuando me le pongo a la par y estoy por pasarla, la mujer se da vuelta de golpe y con la mano o no sé cómo, me volteó de la bicicleta y se me paró al lado mirándome.

Le juro que yo nunca había visto una cara más linda que esa, pero tampoco una cara más rara. Era muy blanca y tenía como una luz que le salía de adentro, como esas lámparas que tienen como una pantalla hecha con una piedra casi transparente que le dicen alabastro, o algo así.

Yo estaba tirado en el suelo y, le digo la verdad, bastante asustado; entonces la mujer me tendió las manos, que le brillaban como la cara, como queriendo tocarme la cabeza.

Yo creo que fue el miedo el que me dio la agilidad pero, en menos que se cuenta, yo ya estaba parado y corriendo para el lado de Villa Rosa sin darme vuelta siquiera, aunque me parecía escuchar que la muy bruja se reía a carcajadas.

Llegué al destacamento de la policía y les conté lo que había visto. Primero me trataron como si estuviese medio mamado, pero al final sacaron el patrullero para ir hasta donde yo les decía y, aunque quise resistirme, me cargaron también en el coche.

Llegamos hasta los eucaliptos y lo primero que vimos fue mi bicicleta tirada en el medio de la calle.

Los dos canas y yo bajamos del patrullero y el que parecía ser de más autoridad, medio para cargarme, hizo como si quisiese reconstruir lo que yo le había contado. Agarró mi bicicleta y, montándola, me preguntó si yo venía así del lado de Zelaya y empezó a pedalear yendo en zigzag de un lado a otro del callejón mientras el otro cana se moría de risa.

De golpe, el que iba en la bicicleta se quedó duro, con los ojos pegados en los huellones del camino. El otro cana y yo nos fijamos en lo que estaba mirando y vimos allí, casi al borde de la zanja, un zapato de cuero blanco que yo en seguida reconocí como uno de los que tenía puesto la fantasma. Lo levantamos y lo miramos por todos lados y lo primero que notamos fue que parecía nuevo, flamante, porque la suela no estaba ni un poco raspada siquiera, pero la parte de adentro estaba toda como chamuscada, como si lo hubiesen llenado de brasas o algo así.

Allí no más cargamos mi bici en el baúl del patrullero y nos fuimos para Villa Rosa, pero cuando llegamos al destacamento el oficial se quedó con el zapato y me dijo que no contase lo que había visto, que si lo hacía ellos iban a decir que me habían encontrado en curda y que eran todas macanas.

Lo que no saben es que yo, como tuve hepatitis de chico, nunca en mi vida probé ni un traguito de alcohol.”

Antes de salir de la casa, le pregunté a Andrés si deseaba que pusiese su nombre en este relato. Me dijo que sí “para que mis hijos sepan que fui yo el que se lo contó”, pero me pidió que cambiase su apellido “para que la cana no me haga problema”. Es así que tan sólo me limité a alterar esa identificación de alguien que, de todas maneras, es muy conocido en la zona por ser muy buen alambrador.

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