Mitos y leyendas: Sacra tierra fértil

por Manuel Vázquez  
sábado, 24 de diciembre de 2011 · 00:00

 

 

Cuentan que en una de las localidades del distrito existe una casa a la cual, quienes conocen sus propiedades, han bautizado con el curioso apelativo de “Tierra Fértil”. Tal denominación tiene por causa la supuesta influencia que ejerce esa vivienda en la capacidad reproductora de cuanto ser vivo se le acerque.

La fama del solar se ha ido extendiendo con el tiempo y hoy no son pocas las mujeres con dificultades para concebir que, de tarde en tarde, se pasean descalzas por la vereda o deslizan sus manos sobre la verja esperando el milagro de quedar embarazadas.

Algunos criadores de perros de raza caminan por allí con sus carísimas mascotas antes de hacerlas servir. También hay quienes, siempre furtivamente, pasan a través de los barrotes macetas con plantas alicaídas y las dejan pernoctar en el diminuto jardín de la propiedad. Al día siguiente, como por encanto, las retiran llenas de vida y con nuevos retoños.

Con estos antecedentes, me dirigí a investigar cuál era el extraño origen de esta “Tierra Fértil” y me llevé una auténtica sorpresa. Un matrimonio vecino al ya famoso chalecito me contó que casi todos atribuyen su poder de fecundidad a ciertos sucesos que acaecieron en él hace unos cuántos años y que paso a relatar.

En aquella época vivía allí una joven pareja en apariencias feliz y satisfecha, con suerte. Él (pongámosle Juan) cumplía turnos rotativos en una fábrica cercana. Ella (llamémosla María) se desempeñaba como maestra frente a los alumnos de 5° grado en una escuela confesional. Fue precisamente en ese ámbito de estudio y misticismo donde conoció al padre Agustín, un itálico sacerdote cuarentón y casi asceta que, según algunos, iba camino a la santidad.

Agustín había ingresado al seminario siendo casi un niño y, como correspondía a su estado, no había conocido mujer ni se había interesado en ello. Sin embargo, la visión de la maestrita de 5° grado perturbó como el paso de un huracán su adormecida libido y sus perezosas hormonas.

No pasaba hora sin que el sacerdote, con cualquier pretexto, irrumpiese en el aula de 5° grado para conversar con “la señorita”. Ella, aparentemente ignorante de la alteración que su sola presencia causaba en el célibe sacerdote, lo recibía gustosa y satisfacía con simpatía sus inquietudes sobre didáctica y pedagogía.

Tanta era la sed de conocimientos del tonsurado que, no contento con abrevarlos durante las clases de María, mientras sus alumnitos se mataban a golpes, comenzó a ofrecerse como chofer a la maestra llevándola diariamente de regreso hasta su casa una vez terminada la jornada escolar.

Una de esas tardes, mientras Juan cumplía su horario en la fábrica, María invitó al padre Agustín para que pasase a tomar un café. Ya al trasponer la puerta el sacerdote se sintió en el paraíso. Las carpetitas tejidas que cubrían mesas y otros muebles, las láminas con cándidos paisajes enmarcadas en madera patinada, los mil bibelots asomando en las repisas, el brillo y el aroma del parqué encerado… Todo le pareció la muestra de una sencilla felicidad que él jamás alcanzaría en su solitaria y austera habitación de soltero permanente.

Tal vez fue esta imagen doméstica uno de los señuelos que la vida le colocó delante, sumándolo a los encantos y sensualidad que María desplegaba casi inconscientemente.

Agustín siguió visitando la casa, tomando café, comiendo galletas y, al cabo de un tiempo, llegó también a probar con fruición a la dueña de casa. Ante la revelación del amor carnal, el pobre pensó que había alcanzado el Cielo en la tierra, que la maestra era la mujer más hermosa que el Creador había puesto sobre el mundo y que, como correspondía, él debía colgar definitivamente sus hábitos para pasar sus días y noches junto a ella aunque el mundo se opusiese.

Claro, eso fue al principio de la ardiente intimidad, pero cuando las tempestuosas aguas de la pasión desenfrenada dieron paso a la prudencia y discreción practicadas durante años, Agustín juzgó mucho más práctico que María continuase bajo el techo conyugal y que él se quitase la sotana sólo durante sus cotidianas y lujuriosas visitas a la casita feliz.

Como era de esperar en un pueblo chico, el coche del clérigo estacionado a diario frente al domicilio de la maestra llamó la atención y despertó la sospecha del vecindario. Comenzaron las murmuraciones en una tono tan alto que, un día, llegaron a oídos del pobre Juan. Sorprendido ante lo que para él era toda una novedad, expuso su situación ante su supervisor en la fábrica, un encendido librepensador anticlerical que de inmediato lo autorizó a abandonar su trabajo y correr a lavar su honra.

Cuentan algunos testigos que el hombre llegó a su casa sin ser oído por los amantes pues tuvo la precaución de estacionar su automóvil a una cuadra de la vivienda. Como una tromba, entró por la puerta trasera, la que nunca cerraban con llave. Horrorizado, sobre el tálamo marital, sorprendió a su mujer y a Agustín en plena actividad compartida.

Se oyeron gritos, se escucharon golpes y ruidos de muebles destrozados. A los pocos minutos, pidiendo clemencia, el reverendo padre salió a la calle completamente desnudo, mostrando en su rostro y en distintas partes del cuerpo las señales dejadas por los puños y los pies de Juan. Varios vecinos se asomaron al oír tanto escándalo y, asombrados, vieron pasar como una exhalación al otrora respetable sacerdote que huía tratando de ocultar con sus manos las vergüenzas causantes de su vergüenza.

Aunque lo intentaron, María y Juan no lograron pegar los mil pedazos en que se astilló su matrimonio. Se separaron y vendieron la casita que, según los creyentes en encantamientos y sortilegios, alberga y transmite aún la potencia sexual y engendradora de vida que desatara allí el libidinoso tonsurado.

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