Para los que nacimos en la década del ’40

domingo, 11 de diciembre de 2011 · 00:00

 

por Armando Mathías D’Auría.

 

 

Tal vez fue coincidencia de su plan divino, que la vida me haya hecho nacer el mismo día que mi ídolo de siempre, Frank Sinatra, aquel 12 de diciembre de 1943. Mi cuna fue aquella pequeña urbe de inmigrantes, al SO de Córdoba, llamada Pueblo Italiano. Entre tíos y primos se fueron los días de mi niñez temprana.

Pero mi familia fue pilarense de siempre, tal es así que mis abuelos paternos se casaron en la parroquia Nuestra Señora del Pilar, el 5 de diciembre de 1902. Por tal motivo mis padres, mamá Paca, por llamarse Francisca con fuerte acento español, y papá Vaito, apócope italiano de Osvaldo, me trajeron junto a Ítalo y Carlos, a estos lares a buscar un nuevo motivo para su incipiente vida familiar.

También la familia original había buscado como esperanza en esta provincia bonaerense a los pagos de Adrogué; que fue el lugar elegido para tomarme mis vacaciones y compartir mis gustos por el séptimo arte, junto al cineasta Leopoldo “Babsy” Torres Nilsson, que lo había elegido de escenografía para sus producciones filmográficas.

Pilar, de aquellos años, era un pueblo de gente con apellidos muy conocidos, con la Escuela Nº 1, la Sarmiento, frente a la plaza, y los barrios periféricos del centro, campos y predios rurales de los Agustoni, Peruzzotti, etc.

Digo un pueblo casi de campo, por eso nos relacionábamos con los adelantos del mundo viajando a Capital Federal. Recordando aquellos fines de años yendo a Gath y Chaves o a grandes tiendas Harrod´s, para comprar regalos.

Nos unía al centro, el ferrocarril San Martín y la principal arteria vial era la ruta 8. Eran los fines de la Segunda Guerra Mundial y se acercaría en mi adolescencia el Plan Quinquenal, donde “Perón Cumple y Evita Dignifica”.

Nací como tantos de ustedes, lejos de la televisión, y esperé ansioso que una película en blanco y negro llegara a mi barrio con la cinta completa. Tomé apuntes, no había fotocopiadora y el plumín y la tinta se caía en nuestros cuadernos, tratando de arreglarlo con secante y miga de pan para la corrección de la maestra; no había corrector ni gomas especiales.

El electrodoméstico por excelencia eran las manos de mi madre, la mujer no debía trabajar fuera del hogar, sociedad machista la de entonces, salvo médicas, maestras y en algunas fábricas o comercio barrial. Comidas rápidas no había porque los mandados empezaban a las 8 de la mañana y al terminar había que empezarla de cero, toda un arte culinario.

El hombre no había llegado a la Luna, el ábaco era nuestra fuente de cálculos y la computadora, el sueño del año 2000 junto a vehículos que flotaban en el aire.

Fumar era para hombres, o mujeres a escondidas, la Coca Cola que no era ni barniz ni pintura, como surgió en la Ferretería de los Dolera, reemplazaría de a poco a la Bidú Cola.

La música era alegre para hacer ronda, trencitos y túneles, la lenta para chapar. No tenía sonidos a metal y el rock aparecía de a poco.

Los órganos no se donaban, la gente ayudaba hasta con su propia sangre, te sentabas en la vereda y las historias de la familia y de aparecidos a la noche eran tu mejor programa, tardaba casi media hora en pasar por la esquina de Haydee e Ismael Vergani, cuando venía de la peluquería.

Los zaguanes eran para apretar, la madre o el hermano se ponían en el medio para no tocar a la nena, los juegos en la plaza, caminar por las vías, ir y bañarse en el río Luján, trepar un árbol, andar en bici, tirarse bombitas llenas de agua, atajar entre dos árboles de la vereda de un vecino y romperle un vidrio con la pelota de goma a rayas a la vecina cuyo perro nos mordió otras pelotas. Esto era permitido en la dieta de nuestra juventud.

Disfrazarse en carnaval, divertirse, soñar, estar con los seres queridos frente a frente y no por celu o por mail, en el chat, eran las costumbres humanas de aquella, mi época….y de muchos de ustedes.

Cuando la vida me probó en su desafiante devenir y mi cuerpo no respondía a tratamientos humanos, miraba todo desde otra dimensión. Mis seres amados fallecidos, vos Paca!!!, estabas ahí, en tu lugar, cómoda, llena de luz, pero debajo de mis pies. Esto que cuento y un Pilar nuevo, globalizado con el Planeta, no rural, plenamente urbano, creció y el número de seres queridos también creció proporcionalmente, no era esa hora, la de quedarme ahí por eso volví, hermanos, cuñados, sobrinos, sobrinos nietos, amigos, compañeros, gente querida me invitaron a volver…

Bueno, estoy por cumplir mis primeros 68 años de vida, acá con ustedes, en mi Pilar de siempre, en la peluquería de las 5 Esquinas de la Rivadavia para decirles que aquellos años no volverán, siguen cimentando nuestra historia, y permiten - porque hubo alegría, bienestar, paz, amor y libertad- construir el día a día de este desafiante siglo XXI del nuevo milenio.

Es un verdadero placer seguir escribiendo historias con ustedes queridos lectores de mi columna dominical.

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