por Andrea J. Carpaneto*
Ofelia, de 40 años, es ama de casa y tiene tres hijos. Se casó con Juan, de su misma edad. Se conocieron en el barrio, vivían en la misma cuadra. El noviazgo comenzó siendo adolescentes. Durante el noviazgo, Ofelia se asombraba de las reacciones de su novio, quien criticaba constantemente su forma de vestir. Se repetían las frases: “pareces una loca vestida así”, “esa pollera te queda muy corta”, “querés que te miren todos…”, “andá a cambiarte…”.
El tono de voz era elevado, hasta los gritos, Ofelia sólo podía llorar mientras se cambiaba. Ofelia se asustaba. El humor de Juan era muy cambiante. Por momentos, la amaba y, se lo repetía con insistencia; por otros, la trataba con enojo y agresión. Ella pensaba: “ya se le pasará, cuando estemos casados y, viviendo juntos se va a calmar”.
Luego de años de novios, se casaron. Al poco tiempo de casados Ofelia queda embarazada del primer hijo, la noticia enfureció a Juan, quien no pensaba tener hijos tan pronto. Le grito, la agredió, denigró, la aterrorizó con palabras agresivas que la insultaban y amenazaban. La ira de Juan no disminuía, cada vez estaba más enojado, enfurecido; se paró de la silla donde estaba, se acercó a Ofelia y la golpeó en el rostro, con tanta fuerza que ella, cayó al piso. Vio gotas de sangre sobre el piso, sin saber de dónde eran, no entendía qué le había pasado.
Mareada, perturbada, se incorporó. Juan rápidamente la llevó al baño a higienizarla, mientras no paraba de pedirle disculpas, le rogaba que lo perdonara y le juraba que no iba a volver a suceder; le explicaba que el tema del bebé en camino, no era lo que tenía programado.
Éste sería el primer episodio de violencia en los 20 años de matrimonio que siguieron.
Juan comenzó a consumir bebidas alcohólicas. La rutina de los tragos comenzó a ser cotidiana.
Tuvieron dos hijos más, cada noticia de un nuevo embarazo producía una nueva acción violenta hacia Ofelia. Juan se enfurecía hasta los golpes. Luego la justificación: “el trabajo está duro, la plata no alcanza… otro hijo…”. Entre sus dichos nunca se implicó en que los hijos eran de ambos concebidos. Durante los embarazos, Juan, en sus ataques de ira, insultaba y denigraba a su esposa, dudando de la paternidad de esos hijos. Esto seguía justificando las agresiones físicas ejercidas por él en su enojo.
La violencia física fue en aumento: golpes, trompadas, patadas que produjeron la fractura de varias costillas. Ofelia después de unos días, no soportando el dolor de las heridas concurría al hospital, donde siempre decía, que se había caído de la escalera.
En otra oportunidad Juan le tiro una silla sobre la cabeza que le produjo fracturas de cráneo, Ofelia fue al hospital y dijo, lo de siempre: “limpiando los placares se me aflojo la escalera y, me caí para atrás, di la cabeza contra el piso”. Tuvo fracturas de cráneo.
Ella ocultaba cada episodio de agresión física de su marido, y las agresiones verbales que recibía. Algunas de las lesiones dejaba que se curaran solas, no asistía al hospital, se mantenía encerrada para que ningún vecino lo descubriera, hasta que las marcas desaparecieran. Juan decía que estaba enferma, por eso no se la veía por el barrio. Ofelia vio en la televisión varios testimonios de mujeres víctimas de violencia familiar. Descubrió que lo que a ella le pasaba era muy parecido a lo que decían esas mujeres que, ante la cámara no mostraban sus rostros.
Ofelia habla con una amiga, comienza a contar el calvario que era su vida. Se anima a empezar a hablar.
Habla con su marido, le explica que no puede seguir así, que ella no es feliz, sus hijos no están bien y el seguramente tampoco se siente bien. Sólo esto, desata un nuevo accionar violento, comienza con amenazas verbales diciendo que jamás la va a dejar. Que si se va no volverá a ver nunca más a sus hijos. Luego de las amenazas cada vez su tensión aumentaba, se enrojecía, le sudaban las manos, se enfurecía. Ofelia estuvo internada en terapia intensiva, con fracturas múltiples (en extremidades y cráneo), hemorragias internas, pérdida del conocimiento, heridas cortantes en el rostro y en los brazos. Ya no fue posible mentir, su amiga sabía lo que vivía Ofelia y un médico entrenado en casos de violencia doméstica detectó rápidamente que esas lesiones respondían a agresiones físicas directas.
El hospital da intervención urgente al juzgado de turno. Juan no podrá acercarse a su familia por un tiempo, deberá recurrir a grupos de apoyo para hombres que ejercen violencia dentro del hogar.
Ofelia intenta recuperarse de las severas lesiones, comenzará en un grupo de ayuda para mujeres víctimas de violencia intrafamiliar. Le llevará tiempo su recuperación, pero comenzó a comprender que, a pesar de la confusión en los comienzos de su recuperación, quien ama, no pega.
La historia de Ofelia y Juan (nombres de ficción) representa a muchas mujeres que son víctimas de la violencia de género: violencia psicológica, emocional, económica, física y femicidios. Representa también a muchos hombres que no saben cómo controlar su enojo, ira y la violencia. En esta historia intenté desarrollar el ciclo de la violencia y sus consecuencias. Además de sugerir la intervención terapéutica de ambos miembros de la pareja, ya que, son muchos los hombres que intentan la recuperación y, comprenden que la mujer no es de su propiedad. Es un largo y difícil camino: modificar los estereotipos de género rígidos que priman en nuestra sociedad patriarcal. Pero es una de las principales causas por la que tantas mujeres mueren en manos de sus maridos, parejas, novios, ex maridos, ex parejas, ex novios o conocidos. Situación que se repite en la mayoría de los países de Latinoamérica, donde existe una enorme brecha de desigualdad/inequidad entre la mujer y el varón.
*Psicóloga – UBA ([email protected])
