Mitos y leyendas: Rosas malditas

por Manuel Vázquez

sábado, 19 de noviembre de 2011 · 00:00

 

Todos en el pueblo sabían que don Luis Branca aborrecía las rosas, pero pocos conocían que, en realidad, les tenía terror. Cuentan que todo comenzó allá por la década de 1920. Siendo un mozo recién salido de la adolescencia, Luis visitó un parque de diversiones en compañía de sus hermanos mayores. Recorrieron los distintos quioscos y subieron a la vuelta al mundo. Después, en la kermés, ganó para su hermana Elena una enorme muñeca con cara de porcelana y, a pesar de que le advirtieron que no lo hiciese, entró en una carpa destartalada donde una vieja gitana practicaba la quiromancia.

Luis no creía en esas cosas. Su madre, una ferviente católica, le había enseñado a él y a sus hermanos que todo lo que se opusiese a las enseñanzas de la Iglesia conducía a la condenación eterna; pero le divertía saber qué le diría sobre su futuro una mujer a quien jamás había visto.

La gitana, gorda a más no poder, estaba sentada sobre almohadones junto a una mesa baja cubierta con una carpeta de pana verde. Lo invitó a sentarse frente ella y le pidió que le tendiese su mano izquierda. Con la uña sucia del índice, la mujer trazó sobre la palma unos signos misteriosos y, sin  sacarse el cigarrillo que pendía de sus labios pintarrajeados, comenzó a hablarle de cosas que sólo él conocía. Le dijo que cuando era muy chico le temía a la oscuridad y que se orinaba en la cama hasta los nueve años; que aborrecía el olor a medicinas que expelía su abuela y que por eso se resistía a besarla aunque su madre lo obligase.

Le describió con detalles su primera y frustrante experiencia sexual con una prima cuando apenas tenía catorce años y le recordó que había temido haberla embarazado. También le reveló saber que en una oportunidad vendió unos estribos   antiguos, hurtados a su padre, para comprarse un par de botas de carpincho.

Sorprendido ante lo que escuchaba, Luis oyó decir a la vieja que debía cuidarse siempre de las rosas, porque su muerte estaría relacionada con ellas.

Desde aquel día de feria, el muchacho, impresionado, esquivó toda proximidad con esas flores. Dicen que cierta vez, ingresando a un banquete del brazo de su mujer, pegó la vuelta al ver que había rosas en los centros de mesa. Se negó también e entrar en las iglesias cuando había floreros con rosas sobre los altares y cuentan que casi desistió de apadrinar la boda de su hija hasta que la muchacha renunció a llevar una coronita de rosas rococó sobre su velo de novia.

La repulsa de Luis Branca hacia esa delicadas flores de múltiples pétalos y variados colores llegó a límites casi extraordinarios, como el de negarse a conocer el Rosedal de Palermo y a leer el libro “Rosaura a las diez” de Marco Denevi. Cuentan que durante su propia fiesta de casamiento dejó a su flamante esposa de pie y sola en la pista de baile cuando la orquesta atacó el vals “Vino, mujeres y rosas” de R. Straus.

Algunas malas lenguas aseguran que se negó a usar preservativos hasta que apareció una marca competidora de “Velo rosado”.

Todos en Pilar estaban al tanto y se reían de esta “manía” de don Branca que, esquivando rosas hasta en la decoración de vajilla de mesa, pasó los ochenta y cuatro lúcidos y elegantes años. Precisamente una semana después de su octogésimo cuarto cumpleaños, el anciano salió a dar uno de sus habituales paseos por las calles no bordeadas por jardines con rosales, detalle que estudiaba minuciosamente antes de planificar el trayecto de sus caminatas. Iba don Luis muy alegre marchando por la vereda norte de Pedro Lagrave cuando, distraído y pensando en vaya a saber qué cosas, se largó a cruzar la calle en el momento justo en que un micro de la línea 141, que unía a Pilar con Chacarita, pasaba a toda velocidad hacia su “terminal” en la calle Belgrano, junto a la iglesia.

El golpe fue seco. Branca voló por el aire y, al caer, golpeó su canosa cabeza contra el cordón de la vereda falleciendo inmediatamente.

Durante el velatorio, muchos comentaban que, pese a sus previsiones, su deceso no había tenido relación alguna con las rosas, tal como se lo había vaticinado la vieja gitana hacía más de sesenta años; pero tiempo después, un pilarense memorioso, descubrió que el anciano caballero había dejado de existir justo en la intersección de la calle Lagrave con la que, tiempo después, pasó a llamarse “Juan Manuel de ROSAS”.

¿Casualidad? ¿Forzada coincidencia? Todo queda a criterio de lector.

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