El veraneo de los pilarenses III

por Armando Mathías D’Auría

23 de enero de 2011 - 00:00

 

De izquierda a derecha: Élida Barberena, Delia Beretta, Katy Ludueña y Alicia Asturiano; en Mar del Plata durante el verano del 2006.

 

 

Segunda quincena de enero y mi Pilar de entonces, de poca gente y diría de pueblo, sigue descansando de los arduos desafíos del cotidiano andar que dejan sus ocupaciones.

Pilarenses que por esta fecha se escapaban para descansar o ya habían planeado su veraneo lejos de esta tierra, y otros que decidían quedarse para disfrutar del silencio de su pueblito de entonces.

La falta de piletas en los clubes Sportivo y Atlético, el costo de las piletas de material y las de lona no existían, hicieron que la gente, en especial los jóvenes de aquella época, buscáramos el río Luján para atenuar el calor y recibir naturalmente la frescura de sus aguas de entonces.

Sus riberas con arenilla, su frondosa vegetación en galería, sus aguas transparentes con variados peces de río y tortugas nos permitían zambullirnos sin peligro en este regalo de la naturaleza bonaerense que tuvimos desde siempre en estos lares.

Íbamos caminando por las vías del San Martín, del Urquiza, por la vieja ruta 8, cortando calles para poder, con nuestros pantalones cortos, meternos al río para practicar nuestros primeros nados pero sobre todo para buscar agua fresca en aquellas siestas interminables de verano en mi Pilar de entonces.

Para los padres, tíos y abuelos, el río cobraba el desafío de la pesca, con sus lombrices criadas a yerba usada o compradas en algún puestito que por esa época había, entre mateada y mateada se pasaban horas intentando robarle una presa apetitosa a tan generoso río.

Aparecieron las casaquintas en la periferia, en sus amplios parques construyeron piletas de material y hermosos quinchos, y siempre teníamos algún amigo o conocido que mediara para disfrutar de aquellos, previos diseños a los countries y barrios privados de la realidad pilarense de hoy.

También las tardecitas tenían su encanto en el centro del pueblo para aquellos que no nos íbamos de vacaciones, cuando el sol atenuaba su sofocante calor, la plaza 12 de Octubre era el lugar para dar “la vuelta del perro”, tomar un helado en la “Bon que Bon”, ver las vidrieras de los negocios que daban enfrente, en la “Hidalgo Solá”, encontrarnos con gente conocida para charlar, y hasta tomarnos algo fresco en La Alhambra.

Un pueblo en vacaciones, era mi Pilar de esos tiempos idos, épocas de carros que surcaban calles de tierra y ya algunas de asfalto, de salidas en bicicleta sin peligro, de algunos pudientes que compraban algún Ford o Estanciera y a la noche la maravilla de un tiempo sin apuro, cuando sacábamos las sillas a la vereda, sin temor por la inseguridad y largas charlas eran acompañadas por delicias cocidas por las vecinas con refrescos y mates que eran nuestras bebidas.

Rondas sin tiempo, con la excusa de tomar aire fresco, se hacía el resumen de lo acontecido en la cuadra, en el barrio, y en aquel Pilar de entonces en vacaciones que hoy sigo invitando a recorrer en esta selección de fotos de mi álbum fotográfico. Hasta el domingo que viene.

 

Aquella Mar del Plata de 1995 permitió en una de sus playas que nuestro pilarense amigo Puchi Saavedra descansara de su cotidiano trajín y pudiera disfrutar junto a sus hijos Matías y Rodrigo, y con Nicolás Arocena, de estos momentos únicos que se viven en vacaciones: Mar, arena, sol y alegres juegos playeros.

 

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