Mitos y Leyendas: Condones de colores

2 de enero de 2011 - 00:00

 

por Manuel Vázquez

 

En la década de 1950, salvo en las pocas manzanas que constituían “el pueblo”, las casas de Pilar estaban bastante alejadas unas de otras. Habían sido edificadas en grandes terrenos donde no faltaba espacio para la huerta, el gallinero, un buen parral y, en algunos casos, un chiquero donde se engordaba el cerdo que se facturaría en invierno.

Todas las viviendas mantenían las puertas de calle abiertas para los visitantes y en algunas jamás se utilizaban llaves, ni durante las noches. Los vecinos no desconfiaban de quien llegaba a pedir un pedazo de pan, por más andrajos que vistiese.

En aquel entonces los caminos eran pocos y malos, tornándose intransitables en épocas de lluvias. Por esto y porque no faltaba el trabajo en casa, las señoras de las orillas y del campo aparecían por el pueblo muy de tarde en tarde para hacer sus compras en los almacenes de ramos generales. Esta situación favorecía la existencia de vendedores ambulantes de todo tipo.

En jardineras y chatas tiradas por adormilados caballos, los verduleros, lecheros, panaderos y hasta carniceros, se llegaban hasta las casas más aisladas a mercar sus productos. También el tendero, en un carro entoldado, se acercaba para tentar a las señoras con sus ofertas de telas, cintas y botones, sin que faltasen en su haber alpargatas, guardapolvos blancos, boinas y sombreros de fieltro.

Generalmente la nacionalidad de los vendedores condicionaba el tipo de mercancía que ofrecían. Casi por regla no escrita, los verduleros eran italianos, los lecheros, vascos y, claro está, los tenderos eran judíos llegados de Europa central y autodefinidos como “cuentelnik”. Este era un gracioso juego de palabras que mezclaba el castellano con el idish y que aludía a las “cuentas” llevadas por el feriante en el cuaderno donde apuntaba los créditos otorgados a sus clientes.

Con menos pretensiones que estos emporios ambulantes, en Pilar había un señor de edad indefinible que, colgando de su cuello un cajoncito con mínima mercadería, recorría lentamente los barrios ofreciendo ballenitas, alfileres, cordones para zapatos, peines y peinetas. También llevaba, muy escondidos entre las múltiples chucherías, ¡preservativos!

El pobre hombre pregonaba su mercancía en la puerta de cada casa, pero tenía un defecto al pronunciar las erres y por ello, cuando gritaba su oferta de “cordones”, parecía estar anunciando lo que todo el mundo sabía que vendía pero que, por aquellos años, nadie se hubiese atrevido a publicitar.          

El término “condones” surgía entonces de su boca semi desdentada escandalizando a las señoras que tapaban los oídos de sus hijos para evitar que escuchasen una palabra  otrora prohibida.

Los niños, inocentes entonces hasta la bobera (no había aún irrumpido la TV tinelesca explotando la chabacanería como gracia) no alcanzaban a entender por qué, cuando aparecía el vendedor con su cajoncito, sus madres los hacían entrar y cerraban puertas y ventanas impidiendo que el escandaloso término contaminase la santidad de los hogares.

¿Cómo iban a imaginar aquellas señoras que hoy -por suerte- hasta bajo la cúpula de San Pedro, la palabreja se acepta sin que ningún prelado se ponga más colorado que su hábito cardenalicio?

No sé qué fue de aquel inocente e involuntario vocero de preservativos, pero seguramente su espíritu bonachón seguirá recorriendo nuestras calles con su oferta de malentendidos “¡Condones blancos, negros y marrones!”.

 

 

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