En esta foto estoy en Sicilia junto a mi pequeño Matías, de 15 meses.
por Maité Rodríguez Laroza
Me llamo Maité Rodríguez Laroza, de 34 años, casada y con un hijo. Vivo en Sicilia, Italia, pero soy nacida y criada en Pilar, y casi siempre viví en la calle 11 de Septiembre, entre Junín y Moreno, salvo un par de años transcurridos en el Champagnat CC. Desde preescolar hasta quinto año estudié en el Instituto Madre del Divino Pastor, egresando en 1993. Después estudié por cuatro años Ingeniería Industrial en la Universidad Nacional de Luján, pero en 1998 decidí dedicarme a otra cosa y estudié Comunicación Social en la Universidad del Salvador.
Antes de venirme a Italia, trabajaba en BTL -Below The Line-, la división de marketing directo y promociones de la agencia de publicidad Agulla & Baccetti.
Hace ocho años decidimos irnos de la Argentina definitivamente, no para probar suerte, simplemente para no volver: así fue que juntamos las fotos, los CDs, la ropa (sea de invierno o verano) porque veníamos con poca plata y todo lo que compráramos iba a ser en euros, todos los documentos y el pasaje de ida y vuelta (aunque este último era en vano). Todo se cerró en 22 valijas y un perro. Entre lágrimas, abrazos apretados y miradas que hablaban, nos fuimos.
Tomamos el avión con un mar de incertidumbres, con muchos miedos pero con más esperanzas. Con la ilusión de empezar a vivir con ganas, para que mi papá se curara de la depresión en la que estaba sumergido, que mi mamá abandonase el sentirse culpable por haber administrado mal y perdido todo, para que mi vida volviera a ser mía y no de mi trabajo. Y mi hermana venía, porque no le quedaba otra.
El principio fue difícil. El cambio fue rotundo y doloroso, pero salimos adelante y entendí que mi casa no está donde quedan los ladrillos apilados, ni el barrio donde crecí, ni la gente conocida. Mi hogar es donde me refugio cada vez que lo necesito, donde comparto las cosas buenas que me pasan y donde desahogo mis broncas. Porque ninguna tierra, ningún lugar, puede quedar lejos de casa si tengo conmigo a mi familia. Porque amo la Argentina pero odio ver en lo que se convirtió. Porque amo Italia pero odio ser la eterna extranjera.
La siesta
Al mes de llegar a Italia, a pesar de mi italiano básico, encontré trabajo en una agencia de publicidad. Empecé atendiendo el teléfono y de a poco fui creciendo hasta llegar a ser socia. El año pasado tuve mi primer hijo, así que tuve que cambiar mi trabajo de tiempo completo por otro part time, obtuve un cargo de docente de español en un instituto para desocupados (¡sí, en Italia también existen los desocupados!) y desde mi casa hago trabajos de gráfica publicitaria en forma freelance.
La primera gran diferencia es que se llega a fin de mes con el sueldo, y la otra es el ritmo y el horario de trabajo. En Sicilia los ritmos no son los del norte de Italia. Acá se trabaja a la mañana, se cierra a la una y se vuelve a las 16 hasta las 20. Tenés esa pausa a la hora del almuerzo que convierte la ciudad en pueblo fantasma. Obviamente están los que trabajan con otros horarios, pero son la minoría.
Con respecto al estudio, la cosa que me llamó más la atención es que las clases en las escuelas primarias y secundarias son de lunes a sábados, y los años lectivos empiezan en septiembre y terminan en junio. La universidad, no tiene grandes diferencias, es como allá, todo está en si elegís pública o privada.
Mis días son monotemáticos: dedicados a Matías, mi bebé de 15 meses. Si tengo clases en el instituto, por la mañana lo dejo con alguna de las abuelas, voy a dar clases, vuelvo a mi casa, preparo el almuerzo y después de limpiar la cocina, vemos por enésima vez una película -las opciones varían entre Madagascar 1 y 2, Nemo, Cars, UP, etc.-. Y si logro que se duerma la siesta, me dedico a hacer los trabajos de gráfica o pierdo tiempo en Facebook. Cuando se despierta salimos a dar una vuelta, vamos a la plaza o a ver el mar.
Es que, en verano, todo gira alrededor del mar. Con un Mediterráneo maravilloso, no podés perderte esa pileta natural de aguas cristalinas, meterte hasta el cuello y verte los pies. Por las noches se acostumbra caminar en el centro, ver algún espectáculo gratuito de música, o pasear ida y vuelta tantas veces por la plaza que es el lugar de encuentro de todas las edades.
En invierno son frecuentes las reuniones con amigos donde no faltan los partidos de briscola, scopa, scala quaranta o sette e mezzo, junto con “gli spaghetti” a cualquier hora de la madrugada.
A los gritos
En general, los italianos son bastante cerrados y desconfiados, pero pasado el impacto inicial, son amables. Por sobre todas las cosas, son divertidos, musicales y gritones. No existe el hablar en voz baja. Si se cuentan algo, si se pelean, si están contentos, si están tristes, si lloran, si ríen... gritan siempre.
Además, también me sorprendió sentir a los italianos quejarse y decir que tienen crisis, que no están bien y que toda la culpa la tiene el euro. Puede ser que estaban mejor antes con la lira, pero para nosotros que veníamos de la crisis argentina, esto era el paraíso.
Muchos de los mayores defectos históricos argentinos los heredamos justamente de este país con forma de bota: corrupción, burocracia ilimitada, irresponsabilidad social.
A Italia le veo un gran defecto: Berlusconi. Y no porque gobierne mal, sino porque no tiene contra y hace lo que quiere impunemente. Lamentablemente, este país no puede elegir caminos alternativos, porque quizás, no existen. La oposición es débil, incapaz de criticar con fuerza, de generar cambios. Berlusconi me parece el fiel retrato de Carlos Menem, y viendo cómo nos fue a los argentinos, la verdad es que temo por lo que pueda suceder en Italia.
Estoy en el Primer Mundo: por la calidad de vida, la sanidad, la tecnología.
En Argentina es mejor: las ganas de salir adelante y el optimismo de la gente, la disponibilidad y la apertura mental. Estamos acostumbrados a hacer mucho con pocos recursos.
Cuesta adaptarse a: un idioma nuevo, una mentalidad distinta, una cultura diferente.
Extraño: el sentido de pertenencia. Sentirme “local”.
Distancia aproximada: 12.000 kilómetros.
Diferencia horaria: 5 horas.
