Soy Mano: Bicentenario II

por Graciela Labale
sábado, 29 de mayo de 2010 · 00:00

 

Los trabajadores de prensa no sabemos mucho de feriados, por eso los festejos del Bicentenario de la ciudad de Buenos Aires, los pude ver solamente por TV, ya que el domingo, en el único día y hora que podía viajar, se llovió todo y hubo suspensión de las actividades. De todas maneras, en esto de rescatar vivencias personales de la parte de los 200 que me tocan, decidí centrarme en dos experiencias muy caras a mis sentimientos.

El sábado 22, junto a mi hija Daniela y Stella, una querida amiga, hice la visita guiada a la ESMA, el centro clandestino de detención más grande de los 600 que hubo en el país, por el que pasaron alrededor de 5000 personas de las cuales sólo sobrevivieron 200, algunos de ellos compañeros de ruta. Hacía rato que me debía esta recorrida, pero todavía el miedo a cómo me sentiría adentro mismo de la casa del horror, me paralizaba. Y sí, fue muy duro, el terror presentificado. Va a ser muy difícil olvidar esas escaleras angostas por las que circulaban detenidos engrillados y encapuchados rozándose con sus torturadores, las mismas que los llevaban a los vuelos de la muerte o a parir en condiciones inimaginables, el imperceptible olor a muerte, la carga negativa que aún permanece en el lugar. Un sitio perverso donde convivían bajo un mismo techo, en los tres pisos del casino de oficiales, genocidas y torturados junto al jefe de turno con su familia. Al salir, profundamente conmovida, respiré aire puro y abracé a mi hija con una mezcla de dolor y esperanza para que el NUNCA MÁS se adentre por siempre en el corazón de todos y cada uno de los sensibles corazones argentinos. “La memoria afirma la vida y se compromete con el futuro de la humanidad.”

Como contrapartida, el 25 aposté a la vida y a otra forma de sembrar esperanza. Participé en una parte de la celebración organizada en Presidente Derqui, en lo que fue una verdadera fiesta de la identidad, de la conciencia ciudadana, en el lugar del Partido donde considero que sus pobladores tienen el mayor sentido de pertenencia y más... orgullo de pertenecer. La plaza Antonio Toro lucía en celeste y blanco y fue emocionante el izamiento de la bandera, acompañado de la bella versión de “Aurora” cantada por Víctor Heredia, dejándola bien “alta en el cielo”, mientras colegios, instituciones de la salud, deportivas, religiosas, periódico El Apogeo, ballets folclóricos locales, mi querido Crear y muchos más se mezclaban saludando y disfrutando con el vecino común, de a pie. Y eso que me perdí muchísimo de todo lo que habían preparado los derquinos, quienes honran a su lugar, trabajando por un mundo mejor, más humano, más solidario, más justo tal como soñaron aquellos a los que “los dueños de la vida y de la muerte”, como le gustaba decir al monstruoso Tigre Acosta, hicieron desaparecer.

 

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