Mitos y leyendas: Compromiso, sorpresa y un triste final

por Manuel Vázquez

4 de diciembre de 2010 - 00:00

 

Un fiel lector de los mitos pilarenses que publica El Diario, me detuvo en la calle incentivándome a investigar sobre el supuesto fantasma cuya imagen fue fotografiada en la sede de la Asociación Argentina de Polo. Me informó que en La Lonja vivía “una gallega” de casi cien años que conocía la historia de la misteriosa aparición.

Sin muchas ilusiones, pero con la dirección de la señora en la mano, llegué a su casa la tarde del sábado pasado.

Doña Carmen tiene exactamente noventa y tres años y no es gallega sino aragonesa, como lo reafirma la enorme imagen de la Virgen del Pilar que preside el comedor de la casa de su hija, donde me recibió ya que, aunque está siempre en su dormitorio, no juzgó “oportuno recibir allí a un hombre solo”.

Comencé a preguntar y la abuela a responder con tanta lucidez, memoria y gracia que, como lo grabé, quiero limitarme a transcribir su relato: “Lo del fantasma lo sé yo desde joven porque una tía mía servía allí, en el chalé, al que por aquellos años nadie nombraba como castillo y me llamaba junto a otras muchachas para ayudar cuando ofrecían grandes fiestas, que las daban por todo lo alto. Llegaban importantes personajes de la política, embajadores y oficiales que vestían uniformes con tantas plumas y dorados como sólo se ven en los militares de las zarzuelas, en el teatro. Una noche oí cantar allí a la esposa del ex presidente Alvear, que estaba de visita y que había sido una famosa soprano.

Bueno, la cuestión es que, según me contó mi tía, se iba a realizar en el chalé una gran fiesta por el compromiso de uno de los Álzaga con una de las niñas Dodero, que eran grandes familias con mucho dinero y campos y muy amigos de los Carabassa, por eso les facilitaban el casco de su estancia, porque estaba cercano a la Capital y así los convidados a la fiesta podrían viajar con más facilidad.

Los Álzaga con su hijo, la muchacha Dodero y su madre llegaron el día anterior y parece ser que, aunque el matrimonio era arreglado, la chica se había prendado en serio de su futuro marido, que era un auténtico Adonis,  practicaba todos los deportes y hasta había cazado fieras en el África.

Él, en cambio, no demostraba el menor interés por ella, y aunque salían a cabalgar solos y también sin chaperona daban largos paseos por el arroyo, dicen que ni había intentado tocarle ni un negro de uña.

La noche anterior al día del compromiso, cuando ya todos se habían retirado a descansar, la chica Dodero vio desde la ventana del cuarto que le habían asignado, que su novio, envuelto en un toallón blanco, cruzaba el parque hacia la caseta de baño. Ésta era una especie de habitación construida junto al arroyo y dentro de la cual había una pileta en la que tomaban sus baños las señoras a principio del siglo, cuando estaba de moda tener las pieles blancas; tanto que las de las grandes damas envidiaban a sus sirvientas europeas porque en la aristocracia argentina siempre tenían mezclada alguna sangre de indio que les oscurecía la piel y les achinaba los ojos; como a la de Anchorena, que por haberse casado con un señorón extremeño se hacía llamar marquesa, pero de rostro era igualita al cacique Namuncurá, el padre del santito.

El capataz de entonces, quien vio todo y se lo contó a mi tía, le dijo que la niña, al ver marchar a su novio tan liviano de ropa, ha de haber pensado que si lo seguía le iba a sorprender sin prenda alguna metido en el agua. Bajó del cuarto y salió muy quedo hacia la caseta, cubierta tan sólo con el camisón blanquísimo - que en aquellos años las niñas no usaban colores en su ropa interior -.

Llegó a la edificación y cuál no sería su sorpresa al ver a la luz de la luna que entraba por las ventanas, a su futuro esposo -que Dios me perdone- sodomizado muy a su gusto por uno de los peones jóvenes de la estancia.

La pobre, me contó mía tía, pegó un grito y echó a correr hacia el chalé con el novio pisándole los talones y exhibiendo los atributos que ahora todos podrían descubrir como simples adornos sin utilidad alguna.

Llegados a la casa, justo donde usted cuenta que fotografiaron al espíritu, el muchacho, asustadísmo por las consecuencias que podría acarrearle el descubrimiento de su secreto, la tomó por los hombros con la segura intención de explicarle lo inexplicable; pero como la muchacha se revolvía para zafarse, en el forcejeo la pobre Dodero cayó dando su cabeza contra el marco de una ventana que aún debe estar en ese sitio. Tanta desgracia hubo en el golpe que la niña ya llegó al suelo finada.

A la mañana siguiente reunieron a todos los del servicio en la galería de la entrada y el padre del chico en persona les dijo que quien iba a ser su nuera había fallecido al amanecer, atendida por el médico llegado de urgencia,  víctima de una caída de caballo sufrida la tarde del día anterior; aunque muchas de las mucamas la habían visto sonriente y conversadora mientras servían la cena en el comedor chico, donde sólo estaban los Álzaga, su hijo y la desgraciada muchacha con su madre.

Claro que nadie dijo ni pío, porque se corría el riesgo de que no los volviesen a llamar para servir -que eran bastantes generosos en el pago-  y además ¿quién iba a querer meterse en líos?, que ambas familias tenían muchas influencias y si no deseaban que la verdad se supiese, por algo sería.

Pocos días después de depositar a la niña Dodero en la bóveda de la Recoleta, su involuntario matador, que de eso ponía mi tía las manos en el fuego, marchó en un largo viaje a Europa, pero aquí, justo en el sitio en el que ella había muerto, comenzó a aparecerse su espíritu envuelto en el camisón blanco de aquella noche. Yo misma pude verlo un atardecer con estos ojos que muy pronto ha de tragarse la tierra, y desde aquel día no quise volver a lo de los Pando Carabassa ni por todo el oro del mundo.”

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