Esta historia viene repitiéndose desde hace años en Pilar pero, como se ha transmitido en forma oral, existen varias versiones del mismo suceso. Yo elegí la que me contó don Roberto Girerd, hace tiempo, mientras tomábamos un café en el ACA de ruta 8 y ruta 25.
La última lluvia, si es que puede llamarse lluvia a un chubasco pasajero, había caído a principios de diciembre y ese 14 de enero había amanecido sofocante, como todos los días que lo habían precedido desde la Navidad.
Las aves de corral buscaban desde temprano alguna sombra, las vacas se apiñaban bajo las copas de los árboles sedientos y los perros escarbaban en la tierra reseca procurándose un poco de frescura. Las huertas caseras agonizaban sin remedio ya que, a la ausencia de lluvia, se sumaba la falta de viento, imposibilitando que los molinos bombeasen el agua imprescindible. Muchos pozos domiciliarios se habían secado sembrando aún mayor alarma entre los pobladores.
Nadie, ni los más viejos, recordaba semejante sequía en el norte de la Provincia de Buenos Aires, ni tampoco tan prolongada sucesión de días con temperaturas superiores a los 40°.
Cerca del mediodía, Esteban Gauna, en el campo que arrendaba cerca del arroyo Burgueño, vio esperanzado unos pesados nubarrones en el horizonte, y sintió el característico perfume “a tierra mojada”. Estas señales también fueron recibidas con alegría por todos los demás vecinos de Pilar que llevaban noches tendiendo sus colchones a la intemperie para tratar de capturar un efímero fresco que les permitiese conciliar el sueño.
Los perros de Esteban, con ese instinto que permite a los animales presagiar las tragedias, se mostraron inquietos ante la tormenta que se avecinaba y comenzaron a aullar en forma lastimera, asustando a Elsa Gauna que trataba de encerrar a las ovejas llevando a su niño de meses en brazos mientras Teresita, la hija de cuatro años, trataba de colaborar esgrimiendo una varita ante los corderos asustados.
A eso de las tres de la tarde, el cielo se había oscurecido como si estuviese anocheciendo. Los pájaros buscaban refugio en los árboles y las gallinas, con inexplicable alboroto, se escondieron en el galpón de las herramientas. Los Gauna, presintiendo que la tormenta iba a ser brava, trataban de asegurar el techo de la casa sujetando las chapas con alambres, mientras los relámpagos se filtraban entre los cada vez más espesos nubarrones.
De pronto, la brisa juguetona se transformó en viento, y éste fue creciendo en ráfagas que giraban sobre sí mismas alzando cuanto encontraban suelto, desenraizando árboles y doblando las torres metálicas de los molinos como si fuesen de cartón.
A instancias de su marido, Elsa comenzó a correr hacia la casa con el bebé en brazos y la niña prendida de su mano, pero la fuerza del viento le hizo perder pie en su carrera. Instintivamente, para amortiguar la caída, la mujer soltó por un instante la mano de Teresita, y fue entonces cuando, espantada, pudo ver que la criatura, con el pelo suelto revuelto y el espanto dibujado en su rostro, era elevada por una terrible ráfaga, junto a infinidad de ramas, cueros y pedazos de madera.
Inútilmente, la mujer quiso seguir la dirección en que el viento llevaba a su hija en medio de la enorme polvareda; mientras trataba de hacerse oír por su marido, ensordecido por el estrépito del ciclón.
Unos pocos minutos bastaron para sembrar la desolación en una ancha franja de terreno que se extendía desde Pilar hasta General Rodríguez.
Siguiendo la huella de destrucción dejada por el enorme remolino, y protegiéndose con una lona del granizo que siguió al viento huracanado, los Gauna caminaron a campo traviesa en busca Teresita, a la que hallaron, aterrorizada, en brazos de la esposa del encargado del tambo del Instituto Carlos Pellegrini, quien trataba de calmarla haciéndole beber leche caliente endulzada con miel.
El hombre les contó que la había visto venir volando, impulsada por las ráfagas, a casi dos metros del suelo y que, después de la sorpresa, se lanzó a rescatarla montando en pelo un caballo espantado por la tormenta. Logró alcanzarla cuando las ropas de la niña se enredaron en el cañaveral que separaba al tambo del resto del establecimiento.
El suceso apareció en algún periódico de la época, pero pocos dieron crédito a la historia de esa criatura que voló casi un kilómetro arrastrada por el ciclón que arrasó Pilar en el año 1928.