“Aquello sí que fue un gran revuelo”, me contó la nonagenaria vecina de La Lonja, cuya identidad, por especial pedido de sus hijos, no estoy autorizado a revelar. Sin embargo, me permitieron grabar varios de sus relatos, uno de los cuales transcribo a continuación sin más alteración que alguna coma difícil de ubicar.
“Imagine usted lo que era Pilar por el año veintiocho. Yo aún estaba en España con mis padres, pero una hermana de mi madre, la mayor, ya había venido para la Argentina y estaba trabajando en el chalé de los Pando Carabassa, al que ahora llaman ‘el castillo2. Bien se ve que nunca han visto un auténtico castillo los que así nombran a un caserón de estilo normando, como hay muchos en Mar del Plata, aunque yo no sé si se mantienen en pie porque hace añares que no voy por allí.
Lo que voy a contarle sucedió por aquellos años, pero esta vez sí que ni por broma pienso le daré a usted siquiera un indicio para identificar a la familia de la muchacha de mi historia, que son todos ellos gente de bien, y algunos aún viven en Pilar. Yo creo que ni los hijos y nietos de aquella muchacha conocen la desgraciada aventura de su parienta ya difunta hace años.
La cuestión es que la niña, porque casi lo era, ya que no pasaría de los quince o dieciséis años, andaba que bebía los vientos por un viajante de comercio, de esos que llegaban en tren con sus catálogos y sus valijas con muestras, se establecían en una de las fondas que había cerca de la estación del ferrocarril y durante algunos días, recorrían los comercios de la zona ofreciendo sus mercaderías.
Parece ser que este viajante ya frisaba los cuarenta años y era guapísimo; con unos bigotes finitos, peinado con brillantina como los artistas del cine y hasta gastaba unos trajes a medida en los que, según mi tía, daba gusto ver cómo coincidían las líneas cuando la tela era rayada.
La muchachita no pertenecía a una familia de alta cuna ni mucho menos -si bien en aquel Pilar hasta las cunas más altas estaban casi al ras del piso- pero era hija de un matrimonio bien decente, ya que no es necesario tener dinero o apellidos ilustres para ser honrado, creo yo.
Tan honestos como sus padres eran los hijos de aquella pareja; pero el viajante era seductor y engatusó a la niña con sus palabras dulces y sus modales de fifí.
Dicen que varias veces se encontraron a escondidas en unos montecillos que había por donde ahora está el Hospital Municipal y que, amparado por esos árboles, el muy Don Juan le ha de haber hecho mil promesas a la chiquilina; que si bien todos los hombres son rápidos en el prometer para conseguir lo que usted ya se imagina, los que se dedican a la venta tienen más labia que un teólogo, como decía mi madre.
Seguramente el embaucador habrá obtenido algún beso que otro, pero no le quepa a usted duda que era mucho más lo que él esperaba conseguir de esa breva madurita, con su gota de miel en los labios.
No había por aquel entonces en Pilar casa de citas ni nada que se le pareciese pero, cerca del río Luján, algunas familias cedían sus ranchos a cambio de unos pocos pesos para que fuesen allí mujeres de las que llaman de mala vida a hacer su negocio.
Allí citó el canalla a la pobre inocente que marchó sin saber en qué se metía y sin enterarse de que alguien- nunca falta un ojo abierto y una lengua presta- se lo había ido a contar a su padre.
El hombre, dispuesto a salvar el honor de la familia, casi revienta el caballo galopando hacia aquel nido en que el gavilán pensaba merendarse a la paloma; pero parece ser que, a pesar del apuro, llegó cuando el banquete ya estaba promediando.
Contaba mi tía que el mercachifle saltó por una ventana escapando del cuchillo verijero con que el padre ultrajado irrumpió en el rancho, y que fue huyendo a campo traviesa hasta Capilla, donde tomó el tren rumbo a Buenos Aires. Tal era el miedo que llevaba dentro que jamás volvió a la pensión a retirar la valija y las muestras que allí habían quedado.
No pudo huir sin embargo la pobre muchacha. El padre, sabiendo que la noticia de su deshonra habría corrido ya por todo el pueblo, se sintió en la obligación de recuperar públicamente el buen nombre de la familia, aunque no fuese más que medianamente. Con ese fin, hizo vestir a su hija, montó a caballo y a golpe de arreador la obligó a marchar a pie, delante de él, hacia la plaza de Pilar, donde los vecinos ya se habían juntado en gran número esperando disfrutar del salvaje espectáculo; porque no son pocos los que juzgan divertido ser testigos de la deshonra ajena.
Cuentan que tuvo que intervenir el mismísimo cura párroco para frenar el castigo que el hombre venía propinándole a la pobre criatura que, hecha un ecce homo, llegó con las ropas desgarradas a rebencazos y las jóvenes espaldas en carne viva.
Aunque la aventura no había dejado más rastros que los comentarios emponzoñados y las cicatrices del arreador (¿usted me entiende?), poco tiempo después la chica fue dada en matrimonio a un chacarero mucho mayor que ella con quien tuvo varios hijos.
Dicen que, a pesar de la diferencia de edad, siempre se fueron fieles y que ella lo sirvió hasta que murió viejísimo y enfermo, al punto que tenía que cambiarlo, bañarle y darle de comer en la boca porque el pobre, cuando yo lo conocí, ya tenía una parálisis que sólo le permitía abrir y cerrar los ojos.
La muchacha, llegó luego a vieja rodeada del cariño de los suyos y del respeto de todos porque, aunque parezca raro, fue como si el pueblo entero se hubiese confabulado durante décadas para ocultar aquella falta de la inocente”.