Mitos y leyendas: El día que un vasco sorprendió a los yanquis

En 1993, Jorge “Vasco” Oyhanart formó parte del contingente argentino en Daytona, EE.UU. Ante un desperfecto, metió mano en el motor y se ganó la admiración de todos.

27 de noviembre de 2010 - 00:00

 

por Alejandro Lafourcade

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En Pilar, Jorge Oyhanart es sinónimo de automovilismo, de pasión por los fierros. Por lo hecho en las pistas argentinas durante los años ’80 y principios de los ’90, el “Vasco” se convirtió en ídolo de los pilarenses, sin fecha de vencimiento. Sin embargo, hubo un momento en el que el piloto cosechó reconocimiento y admiración en Estados Unidos, a partir de esa solución tan argentina: “Lo atamos con alambre”.

En 1993, ocho pilotos argentinos participaron de las 24 horas de Daytona, una de las competencias más espectaculares. El primer grupo estaba comprendido por Emilio Satriano –se había consagrado campeón de TC el año anterior-, Eduardo Ramos, Fabián Acuña y, por supuesto, Jorge Oyhanart. A bordo de un Olds Mobile Cutlass con el número 25, arribaron en el octavo lugar de su categoría, lo que significó una actuación sobresaliente.

Al segundo grupo lo conformaban Oscar Aventín, Juan Manuel Landa, Osvaldo López y Osvaldo Morresi, con el número 23, quienes terminaron en el undécimo lugar. A la misión se la llamó “Roberto Mouras”, en homenaje al piloto, fallecido meses antes de la carrera, de la que iba a formar parte.

Eran épocas de vacas gordas, en la que los dos canales de cable de Pilar enviaron equipos periodísticos para cubrir la competencia y la actuación de Oyhanart. Así, periodistas y camarógrafos de las señales PTC y VIP partieron hacia EE.UU. para registrar el acontecimiento en sus programas Desde Boxes, Revista Deportiva y Autosport.

Pero, según cuentan los memoriosos, la aventura no careció de problemas: los autos comenzaron a presentar inconvenientes, especialmente en las parrillas de suspensión delanteras y tensores traseros, que debieron ser reparados y soldados.

Sin embargo, nadie contaba con la habilidad de Jorge Oyhanart, mecánico experimentado que demostró su mano en tierras extrañas. Uno de los enviados relató que “como teníamos boxes uno al lado del otro, estuvimos presentes en ese momento. Siempre me quedó grabado, por estar en un país en el que todo se manejaba por computadora, recién empezaban a aparecer los sistemas informáticos en el automovilismo. Todo era calibrado y codificado”.

La cosa fue así: cuenta la leyenda que, ante el desperfecto mecánico de uno de los automóviles, los norteamericanos daban por hecho que el problema no podría ser resuelto, y mucho menos “a mano limpia”, sin tecnología de por medio. “Pidieron ayuda porque no sabían cómo resolverlo, y el Vasco levantó la mano, preguntó de qué se trataba y fue hasta el auto”, relató un testigo privilegiado.

Ante el escepticismo yanqui, el pilarense hizo lo de siempre: laburo de taller. La misma fuente recuerda que “el Vasco metió mano, con dos cablecitos atados con alambre y lo sacó adelante”. Así de simple. “Fue comentario entre los boxes: que él había resuelto ese problema sin libro, sin manual, y así nació la historia..... Fue una de las tantas cosas que hacía el Vasco. Al ser mecánico estaba siempre con la cabeza adentro del motor”.

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