Mitos y leyendas: Un muñeco de madera

por Manuel Vázquez

13 de noviembre de 2010 - 00:00

 

 

Hace más de seis décadas, Pilar era un pueblo que, como tantos otros de la zona norte de la Provincia de Buenos Aires, crecía perezosamente al borde de la angosta y serpenteante ruta 8. El ferrocarril había sido su primer contacto rápido y regular con la Capital Federal pero, por ser la fundación del pueblo muy anterior a la llegada de los primeros trenes, el centro urbano no se encontraba tan cercano a la estación ferroviaria, como sucede con las ciudades que deben su nacimiento al paso de los rieles.

En ese Pilar casi campesino, totalmente alejado del desorden y ajetreo de la ciudad actual, revestían suma importancia personajes como el intendente, el juez de paz, el comisario, el jefe de la estación del ferrocarril, el del correo, el del telégrafo, el comandante del cuartel militar y, claro está, el cura párroco.

La historia nos cuenta que, por aquel entonces, la mayor autoridad eclesiástica del distrito la ejercía un contradictorio sacerdote que había logrado dividir a la feligresía respecto a la opinión que guardaban sobre él. Mientras unos lo consideraban casi un ejemplo, otros lo juzgaban similar al clérigo que el pobre Lazarillo de Tormes debió sufrir como amo.

Español hasta la médula, el cura se había instalado en la casa parroquial junto a su madre viuda y a una hermana tan solterona como fea, a quien el tonsurado buscaba en vano un novio entre los pilarenses de pro.

La madre, siempre de cerrado luto y cara de viernes santo, no permitía que nadie pasase el “cepillo” durante el ofertorio. Esta tarea la llevaba a cabo ella personalmente, poniendo gesto de pocos amigos a quienes sólo largaban unos centavos en la canastita, y hasta amonestando en voz baja a los que ni siquiera largaban un cobre.

-Al cielo no entran ni los mezquinos ni quienes no colaboran para mantener el culto – murmuraba la anciana con el rostro velado por una mantilla de encaje negro.

Dicen que su hijo, avergonzado a veces por la rapiña materna, intentaba reconvenir a la señora; pero ésta, contando religiosamente billetes y monedas, lo hacía callar recordándole su sagrada obligación de mantener dignamente la carga que Dios le había echado sobre los hombros: ella y su hija.

Para escapar de la vieja avara y del mal carácter de una hermana en todo sentido insatisfecha, el cura se refugiaba por las tardes en una de las mesas del desaparecido y casi legendario bar La Alhambra. Los propietarios del establecimiento, ya prevenidos, le hacían servir, en una taza de inocente té, buenas dosis de coñac Carlos Iº, el preferido del sacerdote, esperando tal vez que con este favor al clero se les entreabrieran las puertas celestiales.

Cuentan que la afición al buen coñac y al vino ordinario que la madre ponía sobre la mesa parroquial, iban tiñendo de un rojo intenso la gran nariz del cura, valiéndole el mote de un personaje de cuento infantil con el que pasó a la historia local.

La cuestión es que la avaricia materna, el afán matrimonial de la hermana y el mal carácter que las copas despertaban en el sacerdote, llevaron a un grupo de destacados pilarenses hasta el palacio episcopal de San Isidro con el fin de solicitar al obispo el reemplazo del párroco. El prelado, tras hacerlos padecer una amansadora de casi tres horas, los recibió de pie en una galería, les dio a besar su anillo, los escuchó a las disparadas y les insinuó que antes del próximo 12 de octubre, día de las fiestas patronales de Pilar, el cura sería removido de su cargo.

Entusiastas y poco duchos en el metafórico, palaciego y diplomático lenguaje de la jerarquía eclesiástica, los enviados regresaron a Pilar difundiendo la noticia de la próxima destitución del cura borrachín.

Llegado fue que el día esperado, sin que la menor comunicación llegase desde San Isidro, el párroco revistió los ornamentos que la liturgia indicaba y, con la nariz más roja que nunca, celebró la misa en homenaje a la Patrona del pueblo. Al momento de la comunión, cuando acercaba con sus manos la hostia a las bocas desmesuradamente abiertas de los que habían presentado sus quejas al obispo, cambiaba la fórmula latina “Corpus Domini Nostri Iesu Christi custodiat animam tuam in vitae aeternae” y pronunciaba con balbuceante voz de achispado y en un dudoso latín-galaico “Corpus este cúribus quedat en Pilarem per vitam aeternam et secula seculorum. Amén”.

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