por Diego Schejtman
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La guerra es, es sí misma, un compendio de todos los horrores que la humanidad es capaz de cometer. Sufrimiento en estado puro. Y poco más que eso. Cualquiera debería saberlo. Y más aún, cualquiera que pretenda administrar las responsabilidades del Estado.
Pero a veces hay hechos que contradicen lo parecería ser un consenso común. Y en estos días, el Municipio de Pilar propicia uno de ellos.
La Dirección de Turismo local anunció, para este fin de semana, una particular atracción: una recreación del desembarco de Normadía, el Día D, un momento bisagra de la Segunda Guerra Mundial.
La invitación está en las redes sociales, acompañada por un video, en el que hombres vestidos con uniformes de época de los Estados Unidos y de la Alemania nazi convocan al evento.
Ya de por sí, la recreación de un acto de guerra es un acto poco feliz. La teatralización de una masacre sangrienta, presentada, en esta ocasión, como una atracción turística.
Puede verse desde otra perspectiva. ¿Qué Pasaría si, en lugar de recrear una batalla de la Segunda Guerra, se recreara una de Malvinas? ¿Invitaría el Municipio a ver cómo soldados con el uniforme inglés matan simuladamente a otros, que recrean a los héroes argentinos? ¿Sería eso posible? ¿Se tomaría como un simple “recreacionsimo histórico”? Parece difícil imaginarlo.
Pero en este caso, la gravedad aumenta. La Segunda Guerra Mundial no fue solo un cruento enfrentamiento bélico, sino también el escenario de la masacre planificada de seis millones de judíos, deportados y asesinados en los campos de concentración. La mayor maquinaria jamás montada con el objetivo de borrar a un pueblo de la faz de la tierra.
La recreación de época, con los uniformes nazis corriendo por las colinas linderas al río Luján, está lejos de ser un hecho turístico y mucho más cerca de constituir una afrenta a la memoria de las víctimas.
Ya pasó hace tres años, cuando los mismos grupos participaron de un festival de comic en Pilar. Las imágenes de gente vestida de oficiales nazis simulando fusilar a otros participantes dieron vuelta al país y generaron escándalo.
Esta vez, es peor: ahora, es el Estado municipal el que propicia, organiza y convoca al evento.
La guerra no es un juego. El horror tampoco.
