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Opinión: El fin de las ideologías

por Diego Schejtman
d.schejtman@pilaradiario.com
19 de mayo de 2012 - 00:00

Cuando se menciona el término “ideología”, el sentido común suele remitir automáticamente a la izquierda, a corrientes utópicas o revolucionarias. Ese es, justamente, uno de los mayores triunfos de la ideología liberal: asignar carga ideológica –generalmente acompañada por connotaciones negativas- a las ideas del adversario y naturalizar las propias.

A eso apuntaba Francis Fukuyama cuando postuló el fin de la historia. Lo que pregonaba era, en definitiva, el fin de las ideologías. De todas, menos de una: la del liberalismo dominante. Esa, claro, no provenía de una oscura elucubración ideológica sino de una suerte de orden natural, dado y preexistente. Y, por lo tanto, permanente.

El debate sobre el cambio de denominación de la calle principal de Pilar viene a romper con la idea de que el nombre es la esencia de la cosa, una parte indivisible del todo; una suerte de fenómeno natural, como si se tratara de un accidente geográfico. La calle se llama así porque ese es su nombre. Y punto.

Así, la mera existencia del debate deja al descubierto la existencia de una trampa ideológica: el nombre de la calle no es producto de un designio divino, sino de una decisión humana, parida de un consenso alcanzado en un determinado contexto histórico. Es, por tanto, tan revisable como cualquier otra convención social.

Más allá del nombre que termine teniendo en adelante la avenida insignia de la ciudad, la propia posibilidad de discutirlo, de poner en entredicho la historia y sus protagonistas es, definitivamente, un paso adelante en la construcción de la democracia.

 

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Son las calles a las que impusieron el nombre de Néstor Kirchner en todo el país desde que falleció, el 27 de agosto del 2010.

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