Pocos minutos después de las 10 de la mañana, escuchando las noticias que venían desde El Calafate por la radio, escribí en la red social Twitter: “N Kirchner tuvo un paro cardiaco y está grave. Por él y por Argentina, Dios quiera que se recupere”.
Luego, cuando se conoció la noticia de que el ex Presidente había fallecido, sentí conmoción y dolor (como muchos que ni le teníamos simpatía ni formábamos parte de su partido).
Salvando las diferencias de “escala”, y sin compartir su visión, y mucho menos sus prácticas de construcción política, siento que teníamos con Kirchner algo en común: la pasión por hacer política, construir un espacio partidario, pensar un país mejor, y trabajar en lograrlo. Creo que los dirigentes políticos hemos recibido de Dios un “talento”, y por supuesto -como contrapartida- una enorme responsabilidad; Kirchner había asumido esa responsabilidad.
Muchos dirán que ellos también le dedican su vida a su trabajo, y no por eso esperan reconocimiento alguno; pero cuando nuestras elecciones de vida se ven compensadas con dinero o bienes materiales, ocupan un plano muy diferente al de la vocación política.
El Papa Pio XI, creador del Estado Vaticano y defensor de la doctrina social de la iglesia, dijo que “la política es la más sublime expresión del amor”. Y a pesar de que existan innumerables razones para pensar que el santacruceño se enriqueció gracias a su actividad política, ello no desmerece el hecho de haberle dedicado –literalmente- su propia vida.
Por eso repudio todas las expresiones de satisfacción que algunos expresan ante la muerte de Néstor Kirchner: a los adversarios políticos se los enfrenta y eventualmente se los vence no en la muerte, sino en el debate de ideas y en las urnas; por ello, regocijarse por la muerte es una muestra inaceptable, en cualquier ser humano, de pobreza espiritual; y en los dirigentes, de cobardía política.
Institucionalmente la desaparición del ex presidente tendrá profundas e imprevisibles consecuencias: ¿cómo convivirán ahora, dentro del kirchnerismo, espacios tan diferentes entre sí como el liderado por Hebe de Bonafini, con el que dirige Hugo Moyano, por citar un ejemplo? ¿Cómo pasarán a articularse entre sí las diferentes expresiones de la centroizquierda, muchas orbitando hasta hoy alrededor del kirchnerismo? ¿Qué harán los eclécticos dirigentes de la oposición, que no supieron hasta el momento plantear una agenda política propositiva común? Sólo el correr del tiempo permitirá entrever las respuestas.
*Dirigente de Encuentro Pilarense.

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