Un abrazo de madre (VIII)

Yvonne. Merendero “Aún hay esperanza” (3)

miércoles, 22 de diciembre de 2021 · 07:30

Por María Colaneri

“Amor es abrir los ojos cada día y saber que alguien te va a necesitar. Nada me hizo sentir mejor en el mundo que ser útil”. Yvonne.

“Porque tuve hambre, y me disteis de comer, tuve sed, y me disteis de beber, fui peregrino y me acogisteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel, y vinisteis a mí”, San Mateo, 25:35-40.

El miércoles pasado, en la presentación del libro de Pablo (Ramos), Yvonne estaba hermosa. Parecía haber rejuvenecido, haberse sacado un peso de encima. Nos sentamos juntas en la primera fila. Ella estaba emocionada.

–A veces pienso si merezco todo esto –me dijo por lo bajo.

–¿Qué cosa?

–Esto: estar acá, en un evento así; con un escritor, con usted, profe. Después de todo lo que pasé, estar acá.

Luego de la presentación Yvonne vino a comer. Nos dijo, en el auto, que nunca antes había salido con amigos.

–Me casé a los catorce años: desde ese día fui esposa y madre –le contó a mi hermana Juana.

Pensé en lo que había escrito: hice un esfuerzo grande por no contar su historia sólo en tanto esposa y madre. Muchas mujeres de mi generación tenemos el prejuicio de que una mujer, al ser madre, sigue un mandato, y que una mujer que no es madre es más libre. Hoy, al menos, pongo ese pensamiento en duda. Desde ese prejuicio me enfrenté a mi madre de manera equivocada. Mi madre. La mujer que más admiro. Ésta la primera vez que lo escribo. Pero hablaré de ella, como otras mujeres, más adelante: científicas, maestras, amas de casa, lo que sea, las mujeres siempre queremos un mundo mejor.

Hace unos días estuvimos con Pablo en Ramallo. Caía el sol y el río estaba hermoso. Cerca nuestro, una familia se preparaba para irse. El padre, desde el agua, llamó a su hija pequeña a enjuagarse la arena. Cuando la nena se acercó, el padre la mojó. La nena rio y salió corriendo, pero volvió rápido, a que le tiraran agua de nuevo. El juego se repitió durante varios minutos. Mientras, la madre juntaba las cosas.

–Qué mujer hermosa –dijo Pablo–. ¿Estará embarazada?

Miré a la mujer un momento y dije:

–No me parece, sólo está deformada.

Pablo me miró como me mira a veces, cuando no me detengo a pensar antes de hablar.

–No está deformada –me dijo–, mirá qué sonrisa hermosa tiene. Mirá cómo mira. Como una mujer plena.

Volví a mirar a la mujer. No dejó de sonreír ni un instante mientras guardaba las cosas, mientras su hija y su marido seguían riendo. Pablo tenía razón: era una mujer hermosa.

Yvonne también me parece una mujer hermosa. La noche de la presentación, algo de ella nos conmovió a Pablo y a mí. No sólo verla tan bien vestida y maquillada y tan contenta; creo que fue ver a una mujer que lo dio todo: crió a cuatro hijos; amparó a dos hombres, incluso a un hombre que la maltrató; abrió un merendero; se animó a contar su historia. Yvonne estaba arreglada esa noche porque existió la oportunidad de arreglarse. Porque no son siempre los hijos ni los maridos los que impiden a una mujer ponerse linda, sino la falta de espacios donde haya algo verdadero por lo que hacerlo: la presentación de un libro, una misa, una cena con amigos, un festejo de Navidad.

La oposición entre ser una mujer independiente y ser madre es reduccionista. Yvonne es el vivo ejemplo. También mi madre, que me dio todo, incluso más de lo que tuvo para ella. Aún hoy me lo da. Sin cansarse y sin quejarse. Hasta hace no mucho yo le regalaba a mi mamá frascos de comida; hoy prefiero llevarle flores, porque la veo de otra manera.

Un merendero no es sólo un plato de comida; es un abrazo de una mujer independiente que decide ser nuevamente madre. Es un gesto que hace a otro saber que hay alguien, cerca, que se preocupa. “Aún hay esperanza no sólo es una frase, no sólo es un merendero, es un mensaje para las y los solos”, escribió Yvonne. “Es una puerta abierta para el que va adelante, atrás, a la derecha o a la izquierda. Es simplemente decirle al otro: hey, cuál es tu dolor, tu pena, cuál es tu problema, en qué podemos ayudarte”. Decirle al otro: cuál es tu problema, porque tu problema es mi problema, y pienso hacerme cargo. Eso es amor: hacerse cargo. Responsabilidad, paciencia y tiempo. Yvonne abre el merendero todas las tardes. Los lunes y martes enseña a leer y a escribir, los miércoles recibe a la SEDRONAR, los jueves tienen charlas constructivas y los viernes hacen gimnasia. Todas las tardes, hace diez años, sirve la merienda.

Pablo me sugirió empezar a ir una vez por semana, a colaborar, a dar algo de todo lo que tengo. De sólo pensarlo, siento que no me da el alma. Pero el miércoles le prometimos a Yvonne que vamos a empezar a ir a leer cuentos.

“La gente no es buena con los demás / quizás si lo fueran / nuestras muertes no serían tan tristes”, escribió Bukowski. Qué distintas serían nuestras vidas si todos le dedicáramos una hora a la semana a servir al prójimo. Dejo la invitación a todos los lectores.

Visité “Aún hay esperanza” un viernes a la tarde, con mi hermana. Las mesas estaban afuera. Yvonne, su colaboradora Mariana y los chicos tomaban jugo y comían galletitas. Eran alrededor de quince chicos, y las edades eran variadas: Dilan, el más grande, tiene dieciséis, y hace años que va al merendero y colabora.

–Pero faltan muchos –dice Yvonne– no vienen todos todos los días.

Mía, Gastón, Benjamín, Malena, Marlen, Adriel, Uriel, Samira, Patricio, Facundo, Victoria, Magalí, Alejo, Thiago, Jonás, Brandon, Naomi, Iván, Alexis, Alison, Brisa, Jazmín, Ian, Santiago, Nicole, Morena, Sheiel, Genaro, Noa, Candela, Antonella, Abigail, Arian, Nehitan, Morena, Britani, Ayelén, Cristian, Tiziano, Valentino, Dana, Dilan, Emilia, Mateo, Ada, Tifani.

Los chicos tienen gimnasia con Facundo, otro colaborador.

–¿Hoy vamos a bailar, Yvonne? –pregunta uno de los chicos.

–Me parece que sí –dice ella.

Y todos se quejan, pero se nota que es en broma. Y siguen rezongando cuando Facundo les dice que vayan entrando, que ya hay que prepararse para la clase.

–¡Noooo! ¡Hace calor! –gritan a coro.

Lentamente entran, agarran una colchoneta y se acomodan en el salón. Hay espacio porque el salón es grande. Las paredes están decoradas; un cartel dice: “Tú eres muy especial”, y en un corazón de cartón: “Te amo, Del Viso”. Facundo pone la música. Los chicos no dejan de rezongar, pero siguen las instrucciones. Saltan, levantan las piernas, hacen abdominales, y todo el tiempo se ríen.

Mientras, Yvonne me muestra el lugar. El edificio es de material, pero podría estar mejor. La cocina en el fondo está algo maltrecha. Los cables cuelgan del techo y las luces son demasiado blancas. Jonatan, el hijo de Yvonne, muy pronto le va a poner toda la electricidad como corresponde.

–El techo lo hicieron Wilson y Oscar. Wilson donó ochenta mil pesos para los materiales –dice Yvonne–. Son los pilares del merendero. Vio, profe; yo me separé de dos hombres, pero encontré dos buenos amigos.

Toda su familia es solidaria. Jesica dona dinero para comprar medicamentos. Nicolás ayuda con los paseos. Daniela, la mujer de Jonatan, siempre está para amasar cuando hay festejos. Patricio la ayuda en todo.

–Pero además muchas personas colaboran: Omar Cabral, que nos dio a conocer; Facundo Reyes y su esposa, los dueños de este terreno; Facundo, Néstor, Pablo, Hernán; la Municipalidad –dice–. Quiero que la gente se entere. De la lucha que tuvimos pero de lo apoyados que estamos. Somos un merendero feliz. Quizá nos hagan falta algunas otras cosas importantes, pero yo no me canso, no pierdo la fe, ni en Dios ni en el hombre.

Yvonne a veces se levanta a la tres de la mañana con el impulso de escribir, y llena hojas y hojas de escritura atolondrada, y numera las hojas como si estuviera en la escuela; hojas que después me da con la indicación de que las lea cuando llegue a casa. Hace regalos a los que visitan su casa, si es que los quiere –libros antiguos de los cuales sabe perfectamente el valor, tanto que uno pregunta: ¿estás segura?, aunque muy insegura no se la ve, o ropa que puede quedarme bien, o una cámara de fotos para que registre lo que luego escribiré. Si no quiere a quienes la visitan, entonces los deja hablando en la puerta, sin ser descortés, pero diciendo bien claro lo que piensa. No tira nada: junta muebles, retazos, cartón, vasitos de plástico; todo puede volver a usarse, todo puede servirle a alguien. Como las tarjetas de cumpleaños que le dieron, que Yvonne transformó en tarjetas navideñas haciéndoles un arbolito con brillantina verde en la tapa. A veces se siente sola: “Y aunque a veces llega el monstruo de la soledad y quiere invadirme, no puede porque Dios ha colocado ángeles disfrazados de humanos que están a mi lado empujándome a seguir y a ser mejor cada día”.

Yvonne es tanto que marea. No importa. La dirección no es lineal, sino circular: el eterno retorno de Yvonne a su merendero, a su casa, a sus hijos, a su familia, a sus amigos. Ella me contó este cuento: “antes de nacer un niño, un ángel lo visita y le cuenta cuál será su propósito en esta vida. Pero luego le dice que eso será un secreto, y le pide silencio, apoyándole el dedo sobre la boca: por eso tenemos este huequito arriba del labio”. Desde afuera parece claro cuál es el secreto que le reveló el ángel a ella.

Termina la clase de gimnasia e Yvonne cambia la música y se pone al frente.

–Vamos a bailar un poco.

Ahora sí me pongo entre los chicos: bailar me gusta. Yvonne elige canciones variadas (nada de reggaeton) y nos hace mover las caderas, levantar los brazos, sacudir el pecho.

La mira, está feliz. Estoy feliz. Sé cómo va a terminar esta crónica. Cuando los chicos empiezan a irse, bailamos, seguimos bailando.

Galería de fotos

0%
Satisfacción
100%
Esperanza
0%
Bronca
0%
Tristeza
0%
Incertidumbre
0%
Indiferencia

Comentarios