Piso la vereda y las miradas se clavan en los pelos de mi nuca. Como personajes de una pedorra película de ciencia ficción, los vecinos se asoman para indicarme que estaba cometiendo un crimen. Lo hacen con sus ojos inyectados en sangre buchona. Yo, que me había quedado sin tomates, era un delincuente que salía al sol.
Cinco personas en la verdulería. A correctísimos dos metros de distancia. La vendedora, con media cara “embarbijada”, atiende detrás de un improvisado y adelantado mostrador. Dos patas en la vereda. Dos patas en el local.
La contextura física del primero de la fila me es familiar. Cuando escucho su voz ronca, cansada, agotada por el paso del tiempo, lo confirmo. Lo mismo con su vestuario. Camisa negra, pantalón negro. Cancheras alpargatas negras.
Arrastra los pies, cargando un kilo de papas y cuatro zanahorias. Guarda el vuelto en el bolsillo y mueve la mano, en un intento de saludo. Cuando gira, la punta de la alpargata derecha se traba con una baldosa floja. Amortigua la caída con sus rodillas. En ese momento, lo veo bien. Efectivamente, es él. Por instinto, lo ayudo a levantarse. Por el contrario, el resto de los clientes, se alejan de la escena. “Gracias, pibe”, me dice. No digo nada. Me doy cuenta que violé algún protocolo. Lo toqué. Me tocó. Al menos, no es un extraño. O, sí.
“Ya que estamos, ¿me ayudas a cruzar la calle?”, pregunta con absurda normalidad. Vuelvo a no responder.
Lo levanto y encaramos el cruce, hacia la vereda de enfrente, donde está la pollería.
Luego de un breve silencio, me dice: “Qué mierda esto… ¿no? “Si, una mierda”, pienso. “Más para mí…”, sigue. “Bah, para los de mi edad”.
“Usted… usted no se morirá nunca”, llego a decir. Cierra los ojos y ríe con exageración. Su risa, ese sonido tantas veces escuchado. “Vos sabés, pibe, que siempre me dicen algo parecido… ¡No se muera nunca, maestro!”. Lo repite. “No se muera nunca... maestro...”. Otra vez, la risa.
Cuando pisamos la vereda, lo suelto para que siga su camino. Como suponía, hacia la pollería. Los buenos días a la muchachada es lo último que le escucho decir.
Regreso al departamento. Con la nariz pegada en las ventanas, los vecinos siguen ahí, atentos al chusmerío económico. Ese que se pierde cosas, las más importantes.
Yo sé que no se puede salir, que hay que quedarse en casa. Pero, si estás atento, hasta yendo al comercio de cercanía podés salvar un día de esta cuarentena trágica.
Eso fue lo que me pasó a mí. Fui a comprar tomates y terminé ayudando a Al Pacino a cruzar la calle.