"Gaucho” proviene del francés "gauche” (izquierda). El gaucho era un rebelde ante el poder del patrón explotador; fugitivo, vivía en la clandestinidad del monte, perseguido por la policía al servicio del terrateniente por no permitir ser esclavizado. Perseguido también por no andar "derecho” y "andar haciendo cosas por izquierda”. El gaucho fue y es solidario desde siempre; robaba ganado y lo repartía entre los pobres famélicos de los poblados, por ejemplo, entre otras "gauchadas”.
El terrateniente no es ningún gaucho, no le hace gauchadas a nadie. El terrateniente es un explotador, ahora y desde siempre. Es un especulador, un ladrón de vidas, de tierras y de esfuerzo de otros. El terrateniente es un mal histórico y prehistórico, como estos mismísimos de la Sociedad Rural Argentina de ahora.
La Rosa Barrozo literalmente era el nombre de mi abuelo, así tal cual. Había nacido un 30 de agosto, el día de la brava Santa Rosa, la patrona de la temida tormenta, y de ahí su nombre. Mi abuelo fue un trabajador rural toda su vida, un hombre manso, para nada tormentoso. Como arriero, recorría cientos de kilómetros durante varios días y hasta meses, a caballo transportando ganado de una estancia a otra, cuando no había ni caminos consolidados. Había perdido la visión de un ojo en un "obraje” de la madera, cuando era labrador con hacha en los latifundios de los montes de quebracho. Fue trenzador artesano, cosechero, domador de caballos (para el trabajo, no para tristes festivales), entre otras tantas tareas que realiza un peón rural y, hasta lo habían mandado a poner el cuerpo y el alma inocente en las contiendas armadas entre liberales, autonomistas y radicales cuando seguía el reparto de la provincia, disputas casi de pandillas que se sucedían entre 1920 y 1940, aproximadamente. Amaba Corrientes, el chamamé, el campo y sentía devoción por su trabajo. Salía antes de las 5 de la mañana chiflando finito, con su caballo. Eran dos nobles al trote, camino a cumplir con la tarea. Todo ese esfuerzo hecho con el amor más puro, a cambio de un cheque que solo alcanzaba para comprarse un sombrero de paño de ala ancha cada tanto y pagar la libreta del almacén.
Así, cuando viejo, casi ciego, luego de toda una vida dedicada al trabajo, en la hora de retirarse con los honores merecidos, se encontró con la sorpresa más injusta. Sus patrones, esos que le palmeaban la espalda enérgicamente como caricias a un hombre rústico, esos mismos que no escatimaban palabras para elogiar su desempeño, esos mismísimos, nunca le habían realizado los aportes correspondientes a su caja de jubilación. Nada, ni un solo céntimo. En tiempos de dictaduras parece que no hay nada por hacer y es difícil que alguien vaya a defenderte.
Hoy es muy doloroso decirlo. Estos ladrones le robaron a mi abuelo ese orgullo que sentía de haber sido un trabajador honorable. Lo transformaron en un viejo humillado, empleado, utilizado, explotado. Lo desecharon. Ahí, en ese momento, todos caímos mansamente en la cuenta que mi abuelo había sido un hombre esclavizado. La medalla fue un grillete, su honor devino en desazón y tristeza, y el alma se le vino a las manos.
Hoy también es necesario decirlo: ningún estúpido podrá arrebatarle a La Rosa Barrozo y a otros tantos de miles la legitimidad del espíritu de gaucho auténtico, noble, solidario, y corajudo.
El gaucho hace gauchadas.
Santa Rosa hace la tormenta.
El estúpido dice estupideces.