Tribuna del lector: Él, La, Los, Las

3 de junio de 2012 - 00:00

 

 

por Osvaldo Pugliese*

 

Hay una gran excitación por construir política (no es lo mismo que construir poder), y para eso se usan modelos como “la agrupación”. Sus miembros entienden que “los militantes”, deben tener como condición, ser aptos para el microclima del aparato al que van a pertenecer, por el cual pierden de vista la realidad, ya que dentro de ese aparato, fabrican una visión de corto alcance que llega hasta metros de “la agrupación”, y como expresara Stendhal, “no ve más allá de su nariz pero de su nariz para atrás ve mejor que nadie”.

De este modo “el militante” termina transformándose en “el soldado” que cree en “los versos” propios y ajenos, al punto de caer por un tobogán que irremediablemente lo llevará a esquematismos y verdades reveladas. Al elevarse a la categoría de “los soldados”, pretenden hacer de ello un mérito, de ahí que empiezan a parecerse entre sí, a moverse en grupos pequeños, y a utilizar todo lo que sea necesario para que se los diferencie de “los otros” y se los considere “los elegidos”.

Hacer política y organizarse de este modo lleva inexorablemente a que “las agrupaciones” sean altamente centralizadas, verticalistas, intolerantes, llenas de formalidades reglamentarias y litúrgicas que incluyen un vocabulario común y hasta vestimenta propia, todo ello, por lo general tan inexplicable para el hombre y la mujer del barrio como el idioma arameo.

Este estilo de trabajo solo está destinado a impresionar a “los otros” a falta de otras cosas. Es aquí donde se empieza a ejercer “la selección”, o sea quién entra y quién no. Los que mínimamente discrepen, a la pira!!!

A los que quedan en “la agrupación” luego del proceso de selección, se los consulta democráticamente, sabiendo de antemano el resultado de la consulta. Es allí donde prosperan “los verbalistas” capaces de soportar larguísimas reuniones (incluidos sábados, domingos y feriados, menos los puentes que se aprovechan para descansar unos días) por lo que hablan hasta la extenuación y se tratan de convencer entre ellos de que son la esencia de “la militancia” comprometida.

Cuando de vez en cuando bajan al territorio donde está la gente, el vecino, lo hacen para imponer lo resuelto en sus esotéricos conciliábulos (reuniones). En estos ambientes cerrados, “los militantes más destacados”, que forman parte de la conducción, son casi siempre “los que trabajan” en alguna dependencia estatal, razón esta que los motiva a expresar que tienen influencias para llegar a tal o cuál dirigente y estar mejor informados que nadie, ya que conocen las internas e intrigas de pasillo como la palma de sus manos. Esta situación les permite entrar en despachos oficiales, actos o aparecer en fotos y televisión, algo que resulta inalcanzable para “los comunes”.

Se autodenominan “los cuadros” pero son como los herbicidas sistémicos, matan todo lo que no controlan y, por las dudas, lo que no entienden. Lo peor es que como están muy ocupados en actos, fiestas, reuniones interminables, atendiendo sus celulares, respondiendo correos y opinando en las redes sociales, entienden poco y nada.

Se rodean de incondicionales que, por definición, son obtusos y grises y atacan todo lo que brilla, porque compite. Les tienen terror a la más mínima autonomía de algo o de alguien. “La intolerancia” pasa así a ser regla general.

Estas agrupaciones son un lugar confortable y seguro para todos aquellos que le tienen miedo a la libertad y a las diferencias. Son lugares apacibles y tranquilos y les permiten vivir sin el riesgo de pensar y con todos los recursos materiales para “la militancia”.

Cuando hay debate interno de “la agrupación”, una minoría llega a la conclusión que dos más dos es cuatro (cosa posible en el reino de los mediocres). Seguramente “los cuadros” sostendrán contra viento y marea que dos más dos da cinco, si ello es opinión de la mayoría.

Cuanto más complicado y difícil de entender sea el proyecto que quieren llevar adelante, mejor. Cuanto más intelectual y formado se necesite ser para entenderlo y explicarlo, mejor. Ya que ellos, “los cuadros”, son los únicos que tienen el don de “la interpretación”.

El hombre de la antigüedad más primitivo ya había descubierto esa forma de dominación. No inventaron nada.

“El sectarismo” es una razón de ser. Si no hay discrepancias con otras agrupaciones, se las inventa. A esto lo llaman tener perfil propio. Proclaman “la unidad”, pero la única manera que “la agrupación” pueda unirse a otra es cenándosela. Para ellos, esto es “la unidad”, y su grandeza no llega más allá de sus estómagos.

Estas agrupaciones están pobladas por algunos que tienen como virtud diluir toda su responsabilidad individual, explicando lo inexplicable y defendiendo lo indefendible, pero al momento de la implosión o explosión, se cubren con las frases “yo no fui, no me quedaba otra, qué querés que haga, fue “la conducción”, una obediencia debida justificante, que sirve para ver cómo se reinventan así mismos.

Una lástima, ya que es una linda época para pensar y hacer, aprovechando que es gratis y no cuesta nada.

 

 

*exconcejal y  exfuncionario municipal.

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