por Alejandro Benedetti
Hace 24 años la Congregación de las Hermanas de Santa Marta se asentó en un predio donado por la muy conocida señorita Figallo, una italiana dueña de varias hectáreas sobre la calle Colombia que delimita a los barrios Monterrey y Rivera Villate, de Presidente Derqui.
Las religiosas comenzaron una asistencia social clave para el Municipio de cara a las muchas carencias en esa zona densamente poblada. Así, en poco tiempo abrieron una Casa del Niño como más le gusta decir a la Hermana Petronila, directora del establecimiento y madre superiora.
Años más tarde fue el centro sanitario Monseñor Tomás Reggio, que gratuitamente atiende a unos 4 mil pacientes mensuales. Para todo, hoy solo son cuatro monjas y dos novicias.
Pero si la labor sanitaria es clave no lo es menos que en la Casa del Niño alimenten a casi 200 chicos diariamente, que les den apoyo escolar según el grado que cursan, y sean contenidos y educados mientras sus padres salen a trabajar. Los recursos para la comida les llegan, en parte, de Cáritas Diocesana y el resto para solventar al personal auxiliar surge de esporádicas subvenciones, más algún que otro festival o kermés.
“El pan nos lo donan; los lunes y miércoles el señor Carlos Gurgaytis, martes y jueves la panadería Pacheco, y los viernes la panadería Boragno, los chicos comen pan fresco”, destacó la Hermana Petronila.
Otras colaboraciones son muy escasas. Solo el barrio privado La Delfina les aporta algo de prendas de vestir para las ferias, y una pareja del mismo barrio les da yoga a los chicos del hogar.
Acoso delictivo
La vocación religiosa y gran sentido común de estas seis mujeres no está exento de un mal que en el último año creció, al menos, un 10 por ciento en el distrito de Pilar: la delincuencia.
La Hermana Petronila tiene una lista de hechos que las afectaron en mayor o menor grado. Quizás lo peor fue el robo de un tractor pocos años atrás. Con él trabajaban la tierra para cosechar diversas verduras para la cocina.
“Era grande, de una marca y modelo muy determinado, no podían llevárselo lejos, pero la investigación policial nunca dio buen resultado”, recuerda la Madre Superiora.
El robo no las amedrentó y por eso, armaron una huerta grande, que cosechaban todo el año, y un corralito para pollos. Pero de noche los ladrones cortaban el alambrado perimetral y arrasaban con las verduras, hortalizas, frutos de los árboles y animales.
Eso las obligó a abandonar los cultivos y a buscar fondos para montar un paredón que evitara nuevos ingresos. Pero cuando a principios de este año comenzó la obra los delincuentes le robaron al constructor un equipo de remolque con postes y placas de cemento, justamente, para el muro. A su vez, ellas también fueron víctimas de otro robo: casi todas las herramientas y el material de construcción de un galpón.
“El remolque fue arrastrado por varios porque eso pesaba mucho, quedaron las huellas hacia los campos linderos, pero tampoco así la policía pudo dar con los ladrones”, acotó la religiosa.
Otra urgencia afín al muro era el constante robo de las garrafas de 45 kilos. Es que el Hogar Santa Marta carecía de gas natural hasta mediados del año pasado, y se debía comprar el envasado para cocinar y para algo de calefacción. A resultas fueron despojadas de un total de 22 tubos grandes en apenas tres años.
Luego están los constantes hurtos. A mediados del mes pasado robaron dos bicicletas luego de saltar las rejas, y hace diez días un parlante para los festivales o para poner música a los chicos. Y como epílogo del acoso delictivo que sufre la Congregación están los grupos de adolescentes que inhalan pegamento, rompen el paredón con pesadas piedras, se asoman en pleno día y se burlan de las religiosas.
“Burlonamente nos gritan ‘hermanita, llamá a los ratis, dale, antes que se nos termine el viaje’, y ante eso ya no sabemos qué hacer porque cuando la policía los lleva en pocas horas están de vuelta porque son menores”, dijo la Hermana Petronila al tiempo que, impotente, señala la última rotura hecha por los precoces delincuentes.
