Un corazón a toda prueba

Desde hace 8 años cura y educa a chicos de Mozambique, privados de todo, hasta de sus familias. De vuelta en Derqui cuenta que nada la doblega y quiere llegar hasta la Presidenta.
jueves, 29 de noviembre de 2012 · 00:00

por Alejandro Benedetti

 

La primera vez, partió en 2004 y retornó a la Argentina diez años después. Se quedó algunos meses y volvió al lugar elegido para canalizar su enorme caudal de sentido común: Mozambique, en África.

Su segunda vuelta fue en 2009, por escasos meses. Y ahora nuevamente está en el país, y con una gran diferencia porque permanecerá un año. Graciela Fleyta (54), la enfermera evangélica de Presidente Derqui que dedica su vida a los chicos de aquel país, tendrá ese tiempo para buscar que la ayuden en su cruzada solidaria. Pero esta vez no vino sola sino que está acompañada por Emmanuel, su hijo adoptivo oriundo de aquel país, otrora colonia de Portugal hasta entrado el siglo XX.

Graciela es hija de Jesús El Indio Fleyta, y se acomodó en la modesta vivienda de su padre, en el barrio Monterrey. Llegó este lunes con pocas valijas y un contenedor de recuerdos, anécdotas y proyectos. Desde un principio en Maputo conoció la verdadera pobreza, y el abandono de cientos de hijos de la promiscuidad y el hambre.

Los chicos semidesnudos y descalzos que corren detrás de los turistas pidiendo monedas en las películas de Hollywood para ella son una dura cotidianeidad. Nunca se quebró y por eso trabajó -y trabaja- como voluntaria en las muchas demandas de salud de chicos y niñas madres. “Allá tienen hijos al poco tiempo de ser mujercitas”, dice tristemente Graciela mientras le pide a Emmanuel que no gaste todas las monedas en un kiosco cercano. En uno de sus primeros retornos se casó en Presidente Derqui con Antonio Membele, un mozambiqueño que vino para conocer a su familia. Sin embargo, a los pocos años “pretendía que yo sea como las mujeres de su país, sorda, ciega y muda, y entonces preferí seguir luchando sola”.

En estos años, contra viento y marea, levantó un jardín de infantes, ayudó en la terminación de una escuela primaria y se hizo comprender por las mujeres sobre la importancia del calendario de vacunas o, simplemente, cuánto tiempo hervir el agua para evitar la malaria.

El intenso calor de esa nación subsahariana, o las fuertes tormentas con aluviones se repiten inexorablemente en Mozambique. Primero tenía el formal apoyo económico de la Unión de Las Asambleas de Dios, una rama evangélica que la envió a forjar su destino. Luego esa ayuda fue mermando y, en consecuencia, debió apelar a Internet para dar con unos pocos europeos que le enviaban algunos euros cada determinados meses, y por último recibió el apoyo de otras iglesias.

Los que nunca se demoran con su colaboración son sus padres y hermanos. “Pero lo máximo que me permiten recibir son 277 dólares por mes; acá es bastante, pero en Mozambique es muy poco”, explica la enfermera y después se lanza con una gran ilusión: “no sé cómo, pero quiero llegar a nuestra Presidenta, yo sé que Cristina (Fernández) me va a escuchar y de algún modo me va a ayudar en esta lucha por el ser humano”.      

 

En la jungla

“Necesito armar un apoyo, dar con personas a las que le sobran los rayos de sol y el agua potable”, dice metafóricamente Graciela Fleyta. Es que su presente, por propia decisión, ha empeorado porque recaló en Mindú, provincia de Inhambane, a 400 kilómetros de Maputo. Prácticamente vive en medio de la selva y el monte.

“Hay bichos de todos los colores, formas y tamaño, agua potable no hay, y tampoco electricidad”, relata. Pero, pese a todo eso, su fundamento para el traslado es sólido porque en 2011 fue visitada por 11 evangelistas de Rosario que le prometieron ayuda económica si se decidía a levantar en Mindú un jardín de infantes, un horfanato y una escuela secundaria.

“Me dieron una misión que acepté enseguida, fui, vi la triste realidad de los chicos y me instalé”, cuenta Graciela. Todo se limita a dos chozas en la selva; en una vive ella y en la otra una pareja de pastores evangelistas. A escasa distancia está el resto de chozas o casas muy precarias de los nativos que se sorprendieron al verla llegar.

El agua potable la paga. “Le compro 3 mil litros de agua envasada a un repartidor que llega una vez por mes, por un precio equivalente a unos 100 pesos argentinos”, y la iluminación se limita “a una vieja lámpara a kerosén, y para cocinar uso la leña, pero no me importa porque ya tengo 30 chicos para sanar y educar” asegura esta mujer que, si saliera de su bajo perfil, bien podría estar nominada para una distinción nacional o internacional.

Un paliativo clave sería que le donen un equipo energético con paneles solares. “Cuando llegué había uno -recuerda- pero la batería comenzó a perder el ácido y ya no sirve”. En noviembre de 2013 se reencontrará con la dura vida que eligió “porque otra no me haría feliz”. Por eso, a parir de ahora se moverá para dar con buenas personas, ONG, y fundaciones que se comprometan a ayudarla, “pero insisto, no sé cómo, pero voy a tener que llegar hasta Cristina (Fernández), sé que es muy solidaria, como todos los mandatarios políticos porque ellos, como yo, buscan elevar el nivel de vida de los más pobres”.

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