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Un año sin el papa Francisco: el legado de una iglesia para todos

La muerte del papa Francisco, el 21 de abril de 2025, marcó a la Argentina y al mundo. Su legado es una huella difícil de ignorar. Detalles

Por Redacción Pilar a Diario 21 de abril de 2026 - 08:54

El 21 de abril de 2025, el papa Francisco falleció a sus 88 años. Desde un principio, su papado estuvo llamado a ser histórico: en 2013, se convirtió en el primer pontífice sudamericano - el 266 de Iglesia - en llegar al trono de San Pedro.

A un año de su muerte, el balance de su legado excede ampliamente la dimensión religiosa. Su partida no solo cerró un pontificado: alteró la dinámica interna de la Iglesia Católica y dejó un vacío visible en el escenario internacional. En ciertos debates globales, su ausencia se volvió imposible de ignorar.

Se extraña su paso cansado pero firme y esa capacidad única de recordar que la Iglesia es la casa del Padre donde hay lugar para todos, todos, todos. Francisco no solo habló de Dios; mostró a un Dios que abraza, que llora con el que sufre y que ríe con los sencillos.

Desde el inicio de su pontificado, Francisco habló de “una Iglesia para todos”. como un programa concreto: puertas abiertas, escucha activa y una fuerte presencia en los territorios más vulnerables. En su visión, la Iglesia debía ser un “hospital de campaña”, capaz de contener antes que juzgar.

Fue el papa de las periferias. No como consigna, sino como opción real. Llevó la mirada de la Iglesia hacia los descartados, hacia los que no tienen voz, hacia los que viven en los márgenes. Incomodó y recordó que una Iglesia encerrada se enferma, y que salir al encuentro del otro no es opcional, es esencial.

También fue un líder que abrazó la complejidad de su tiempo sin perder la esencia. Enfrentó tensiones internas, críticas, resistencias. Pero nunca dejó de sostener una idea central: la unidad no es uniformidad. Supo convivir con la diversidad de la Iglesia y el mundo sin renunciar a la verdad, entendiendo que el camino de la fe es siempre un proceso, nunca una imposición inmediata.

Su encíclica Laudato si” fue otro hito, no solo para la Iglesia, sino para el mundo. Allí mostró que la espiritualidad no está separada de la realidad, que cuidar la casa común es también un acto de fe. Invitó a mirar la creación no como recurso, sino como don. Y en un tiempo marcado por la crisis ambiental, su voz fue profética.

Pero más allá de sus textos y decisiones, su mayor legado fue su testimonio. Un hombre que eligió la sencillez en medio del poder. Que habló de humildad y vivió con humildad. Que pidió rezar por él desde el primer día, reconociéndose necesitado de los demás. Ese gesto, aparentemente pequeño, fue profundamente revolucionario.

En la Argentina, su muerte fue vivida con una mezcla de dolor, orgullo y discusión. Hubo homenajes multitudinarios, pero también lecturas políticas y disputas por su significado. Francisco nunca fue una figura neutral, y quizá por eso su ausencia tampoco lo es.

A un año de su partida, su ausencia se siente, y se siente en lo más íntimo de los argentinos que tuvimos la gracia de conocerlo. Pero también se siente su presencia, porque su legado sigue vivo. Su vida fue un recordatorio permanente de que el liderazgo espiritual no consiste en tener todas las respuestas, sino en saber hacia dónde mirar. Y desde ahí, caminar con otros, especialmente con los que más sufren.

La tumba del papa Francisco. (AICA).

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