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Un clásico

Los precios y un verano difícil, en la mirada del churrero pilarense de Villa Gesell

Desde 1979, cada verano Antonio Espasa trabaja en la ciudad costera. Brindó detalles de la temporada 2024 y espera un repunte.
4 de enero de 2024 - 09:12

Antonio Espasa alcanzará este verano los 46 años trabajando en la costa, más precisamente en Villa Gesell: reconocido por su clientela y con cientos de kilómetros caminados, el pilarense analizó el contexto socioeconómico y se mostró optimista para los próximos meses.

En el inicio de una temporada incierta, en donde decenas de testimonios aseguran que las playas argentinas están muy lejos de alcanzar el 100% de su ocupación, no podía faltar el testimonio de Antonio Espasa. Pues si hay alguien que sabe del bolsillo y el comportamiento de los argentinos en tiempos de vacaciones es el histórico vendedor ambulante del distrito, que desde 1979 pasa sus veranos haciendo temporada en Villa Gesell y playas aledañas.

El vecino de Manuel Alberti llegó el pasado 8 de diciembre a las playas geselinas. En diálogo con El Diario, comentó que fue un mes “bastante flojo”. Sin embargo, luego del último fin de semana se podría decir que la temporada está “tomando color”. Pues, según su apreciación, empezaron a llegar más turistas, pero las ventas no han aumentado. “Tenemos expectativas. Gesell se termina de completar después del 6 de enero. Sabemos que no va a ser una temporada mala, pero tampoco muy buena”, reveló.

Números

En la actual temporada y con precios mutando constantemente, al hablar de hospedaje los valores rondan entre 30 mil y 50 mil pesos la noche, para dos y cuatro personas respectivamente. Mientras que un camping, con reserva previa, alcanza los 30 mil pesos por la puesta de la carpa. Por otro lado, los alquileres semanales de una casa pequeña superan los 400 mil pesos.

En cuanto a la clásica gastronomía playera, los costos de un día familiar de playa son elevados: $5.000 es el valor de la docena de churros rellenos en la churrería, mientras que en la playa puede llegar hasta los $5.500. Junto al mar, un pancho se vende a $2.000, igual valor que el clásico choclo enmantecado, mientras que la bebida cuesta $1.500.

Antonio Espasa en Gesell 2024 con clientes.jpg

Antonio Espasa con clientes "históricos" de Villa Gesell.

También hay opciones más naturales como la ensalada de frutas (a $2.000) o más elaboradas, como los clásicos panqueques de Carlitos.

“Los precios son muy diferentes. Desde el colectivo, hasta tomarte un café o comprar azúcar, en Villa Gesell en muchos casos es el doble todo. Suele venir un público de buen nivel en el aspecto monetario, pero las ventas siguen estando flojas… Aquellas personas que tengan la posibilidad de traerse algo no perecedero, sabemos que lo hacen porque es una ayudita. Después también lo vemos a la noche cuando salen a comer, que consultan mucho los precios”, indicó Espasa.

“Antes las vacaciones eran quincenales y ahora apenas llegan a una semana. Pero nosotros consideramos que el único momento donde vamos a llenar es los fines de semana’’, anticipó el vendedor.

Éxodo

Además del clima económico, otro factor importante en la concurrencia a la ciudad es la especie de transición que está afrontando la misma. El 18 de enero del 2020 marcó un antes y un después en sus turistas. Los jóvenes ya no posicionan a Villa Gesell como su primera opción y ahora son las familias quienes la eligen para veranear.

“La mayoría de los pibes que venían dejaron de venir. Después de lo que sucedió con Fernando Báez Sosa (asesinado por un grupo de jóvenes en la vereda de un boliche), la policía se puso muy dura, demasiado diría yo”.

Sobre esto, amplió: “Se pasó de mucho tiempo de hacer poco y nada a realmente cercar toda la playa, revisar que no se tomara alcohol, les hacían abrir hasta los termos, no los dejaban escuchar música y bueno, los pibes son pibes, no van a tener vacaciones ‘de viejos’ y se fueron más a la zona de Pinamar o Mar del Plata’’, explicò Antonio.

Querido

Con tantos kilómetros de playa recorridos, siempre de punta en blanco, con una fresca camisa de gaza y su característica canasta, Antonio ya no es solo un churrero para muchos turistas. Tiene su clientela especial - y vale aclarar que al momento de hacer esta nota, al menos tres familias se pararon a saludarlo-. Atendió a tres generaciones de un mismo apellido y cada una de ellas se muestra agradecida y efusiva por su excelente atención y humanidad.

Como es el caso de Jorge y Chichita, que recordaron como una vez arribaron a Villa Gesell sin mucho dinero y Antonio no tuvo problema en fiarles una docena, ante el pedido de los niños. “Así es con todo, es nuestro churrero favorito, aunque ahora nos tenga abandonados”, exclamó la pareja entre abrazos y risas.

Espasa tiene en Villa Gesell su segundo hogar. Con tantos años, el primer churrero geselino estaba decidido a “jubilarse” en la temporada número 40. La canasta y el sol comenzaban a pesar un poco más, el cuerpo no es el mismo. Se fue en 2020, mudando sus cosas y despidiéndose del lugar. Sin embargo, su amor y pasión fue mucho más fuerte y sumó otros años más de experiencias vividas a su currículum.

“Al otro año no pude con mi genio y acá estoy. Pero prometo una cosa, en la número 50 me retiro. Sé que me van a extrañar (risas)… Esto es parte de mi vida, vengo atendiendo como mínimo tres generaciones, vienen mamás con chicos y le dicen ‘tu abuela, cuando yo tenía tu edad, le compraba los churros a Antonio’. Uno acá se siente tranquilo, se siente feliz, en su salsa. Esto me apasiona, Villa Gesell desde el año 1979 me cautivó. Vine en aquel momento y nunca más falté, llevó 46 temporadas consecutivas. Así que estoy seguro de que, aunque me retire, lo vamos a seguir eligiendo”.

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