La columna del Padre Sayu: "Su vida fue un libro abierto"

El sacerdote despidió a su papá Varkey, que falleció en la India el domingo a los 87 años. En un emotivo texto recuerda al hombre que marcó su vida y su vocación religiosa.
jueves, 12 de noviembre de 2020 · 11:36

Este es un compartir más íntimo que una nota necrológica o panegírico. Mi papá Varkey (Jorge) solía decirnos a nosotros, a sus cuatro hijos: "No quiero ser M. Gandhi ni J. Nehuru, sino deseo ser un hombre bueno, como mi papá, que me dio la vida y mi nombre, y se despidió temprano".

Cuando mi papá tenía tres años, falleció su papá  Varkey (mi abuelo). Mi papá era un hombre de fuerza de voluntad y un gran emprendedor, quien supo luchar solo por su vida, junto a su madre Miriam, también emprendedora que había enviudado a los 24 años.

También supo cuidar a su madre como un tesoro y a un tío soltero enfermo y mayor (Jacob). Completó la secundaria, y no tenía recursos para seguir con un estudio de carrera. Por eso nos alentaba a nosotros, sus cuatro hijos a tener estudios universitarios y los obtuvimos. Aprendió a ser un agricultor quien hacía "brotar oro del suelo" y ésta aún estaría impregnada del olor de sus sudores.

Fue un mediador justo en las disputas vecinales. Un cocinero probado de su habilidad que gratuitamente cocinaba en las fiestas nupciales de los hijos de sus amigos y vecinos. No era tacaño para compartir lo poco que tenía, con los pobres. Durante el monzón, cuando los jornaleros no podían trabajar por las lluvias que duraban varias semanas seguidas, sabía bien que si iba a mi casa,  no iba a volver con las manos vacías.

Así, pues, un hombre muy querido por los vecinos, honrado y buscado por los paisanos. También ha sido un poco de militante político durante las elecciones.

La muerte pretendió ser su amiga e intentó llevarlo: primero por un cáncer de linfoma, luego una malaria, dos veces mordidas mortales de serpientes, luego de cáncer de próstata. En todas estas invitaciones, dijo rezando: "Jesús en ti confío, en tus manos encomiendo mi vida" y luego dijo, a la muerte, en cada una de las invitaciones, que tenía aún una misión por terminar.

Todas las noches, antes de la cena, rezábamos juntos el Rosario y lo terminaba con la lectura de la Biblia; así pues, nos inculcó lo religioso con su propio vida testimonial. Así me enamoré de la Palabra de Dios desde mi infancia.

Fue catequista cuando era joven y siempre un gran colaborador de la parroquia. A los 87 años, sin quejas ni causando problemas a otros, se despidió, recibiendo la unción y la comunión, con pleno conocimiento siete días antes de la muerte.

Parece mentira o exageración pero su vida es un libro abierto. Tendría sus defectos, pero nunca he escuchado malas palabras, ni de gritos,  muchos menos, de conversaciones agresivas ni discusiones de sus labios. No tomaba ni fumaba. Estuvo siempre al lado de mi mamá con las tareas hogareñas, que en un una cultura machista, como la mía de la india, casi ningún esposo lo hace.

Mi mamá dijo a mi hermano mayor después de su muerte: " Nunca me hizo sufrir jamás..." (Pappachen chettan). Don Jorgito el "manso", como lo llaman sus vecinos, con cariño y respecto,  QDEP.

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