Viktor Frankl (1905-1997) fue un famoso neurólogo y psiquiatra. Fundó la Logoterapia basando sus experiencias vividas en los campos de concentración nazis durante los años 1942-45.
Él se preguntaba entonces, ¿por qué algunos sobrevivían, a pesar de las situaciones crueles, horribles, antihigiénicas, de la alimentación paupérrima y los sufrimientos extremos, cuando otros centenares fallecían, viviendo la misma realidad?
Comprendió que la esperanza es lo vital para mantener a la vida humana. Es la fuerza que lleva a aquellos a soportar todas las desgracias inexplicables. Era lo motivacional, según la psicología moderna.
Es la que necesitamos todos: los ricos y los pobres. Acaso ¿no es la que lleva a un estudiante a rendir exámenes, como uno que va a una entrevista de trabajo? ¿No es la que prolonga la vida de un enfermo crónico y terminal?
También es una virtud teologal que capacita al hombre para tener confianza y plena certeza de conseguir la vida eterna, apoyado en el auxilio omnipotente de Dios, diría santo Tomás de Aquino.
Es la que mantenía a San Pablo al afrontar todas las dificultades (Epístola a Romanos 8,18). La resurrección de Jesús demuestra la inconfundible esperanza a todos los bautizados.
El Papa Francisco nos dice: “Cuando un cristiano olvida la esperanza, o peor aún, pierde la esperanza, su vida no tiene sentido. Es como si su vida estuviese delante de un muro: nada.
Pero el Señor nos consuela y nos rehace, con la esperanza, ir adelante… La esperanza para el cristiano no se trata de un simple optimismo, sino que se trata de la misma persona de Jesús que nos da la fuerza de liberar y volver a hacer nueva cada vida. La esperanza es un regalo de Jesús, la esperanza es Jesús mismo, tiene su nombre”.
Oh Dios, danos el don de la esperanza, porque “en Ti pongo mi esperanza…” (Salmo 42).





