Durante los fines de semana, un mostrador separa dos mundos, dos actitudes antagónicas. Por un lado, un ejército de comensales que, impulsados por la ley del menor esfuerzo y por el buen gusto, invaden con la mirada las decenas de kilos de carne vacuna, pollo y achuras que descansan sobre las brasas. En el otro, los dueños de la cuchilla y el corte, atentos a satisfacer el pedido de aquellos que en sus casas tienen la parrilla, quizás para sostener macetas o para que haga las veces de cucha para el perro.
“Hay mucha gente que dice que tiene la parrilla de adorno, que hace años que no la usan más porque no les conviene ni prenderla”, afirmó Carlos Cordone, el dueño de la parrilla El Descanso, ubicada en 11 de Septiembre, entre Fermín Gamboa y García Mansilla. “Les conviene venir a comprar e ir a comer tranquilos”, agregó quien asegura que tiene una clientela peculiar, a la cual ya conoce por el nombre junto con las preferencias a la hora del pedido.
El propietario de la parrilla El Descanso, que está pronta a cumplir sus primeros 16 años de vida, compartió anécdotas de clientes particulares, entre los que se destacan varios que periódicamente viajan desde General Rodríguez y uno desde Garín para conseguir su bandeja de carne, sin olvidar aquellos de Pilar centro y alrededores.
Un capítulo aparte se merecen aquellos que en varias ocasiones hicieron el pedido a la parrilla para luego simular que fueron ellos quienes gustosamente prendieron el fuego e hicieron el asado para sus invitados. “Hemos hecho el lechón y llevado a la parrilla. Entramos por la puerta de atrás porque el tipo dijo ‘el lechón lo hago yo’, entonces no te tienen que ver los invitados. Vos entrás por atrás, tirás el lechón en la parrilla y te vas”, contó entre risas Cordone, que además compartió que son varios los clientes fijos que llegan al comercio con latas y se llevan brazas hechas para mantener en sus casas la comida caliente.




