El túnel del tiempo

Es conocido por liderar el club de autos antiguos de Pilar. Además, es un coleccionista empedernido. Un mundo de gasolineras, pulperías y fierros.
 
domingo, 14 de abril de 2013 · 00:00

 

por Celeste Lafourcade c.lafourcade@pilaradiario.com

 

No hace falta. Pero Hugo Asselbon, por las dudas, por si no quedara claro con el primer golpe de vista, confiesa: “para mí esto es un juego. Como cuando era chico y jugaba con los autitos”.

Apenas abiertos, los discretos portones de hierro que podrían ocultar un galpón, un taller o quien sabe qué casa, nos dejan parados en un parque de diversiones a gusto y tamaño de su creador. Un descendiente de árabes con alma de tano de 59 años que en un momento dado decidió no seguir negociando con la felicidad como moneda de cambio.

Hace 30 años dio un paso al costado de la fábrica metalúrgica que había fundado años atrás y se entregó, sin más, al nunca excesivo lujo de disfrutar. Desde entonces, su pasión por las antigüedades se convirtió en su actividad y el disfrute su modo de vida. Con más de 25 ejemplares, tiene una de las colecciones de autos antiguos más grandes del país.

 

 

-¿Cuánto falta para que lo terminen de convencer de que eso se vuelva un museo?

- Realmente yo creo que ya es un museo por la cantidad de cosas que tenemos. Todo lo que tenga rueditas me fascina. Y además veo arte en todo. Pero para mí esto es un juego, entonces no lo quiero transformar en algo comercial. No tengo paciencia con el público, me gusta muchísimo hablar con la gente que entiende. No tengo paciencia para quienes me preguntan “¿cuánto sale este auto?” Sí me gusta hablar con la gente mayor. Me gustaría traer centros de jubilados y asilos.

 

-¿El gusto por las antigüedades estuvo siempre?

- Yo creo que nació conmigo. Cuando tenía 10, 11 años tenía mi dormitorio lleno de cosas y la pelea con mi mamá era que no me lo quería limpiar por ese motivo. Lo veían como porquerías. En todo veo arte, desde una manija de auto hasta un auto.

 

-Ya no va contra la corriente. Ahora hay una revalorización de los objetos antiguos.

- Si, yo cuando empecé a buscar la gente me la regalaba, me decía llevate esta porquería. A mí siempre me gustó la construcción, comprar casas, reciclarlas y venderlas. Y hubo una casa en Caseros que los dueños me dejaron todos los muebles antiguos, de roble francés, Chippendale, para comprarse muebles de fórmica. La gente no lo veía, era la época del 60, 70 cuando lo importante era lo práctico, pasarle un trapito y listo. Hoy están sobrevaluadas las antigüedades, pero es una moda.

 

El paraíso

Un Ford T de 1912, un Ford T Delivery de 1915, una cupé Ford del 38, una baquet a cadena, un jeep Willys de 1944 del regimiento de montaña 16 de Mendoza, un minicar De Carlo 200 construido en la metalmecánica S.A.C.I. de José C. Paz y una moto sidecar, el motor de un avión de la Primera Guerra Mundial, son algunas de sus reliquias.

Vitrinas con antigüedades de todo tipo y tamaño, una gasolinera recreada con objetos del siglo pasado -desde los surtidores de nafta hasta los carteles correspondientes- y hasta una pulpería con vinos del siglo XIX entre otros cientos de etiquetas y edictos policiales del 1900 que decoran las paredes -solo para darse el pequeño lujo de invitar a comer a los amigos- le dan vida a la porción de paraíso terrenal de Asselbon.

 

-¿Te costó darte ese lujo de darle espacio al placer y que se convierta en tu modo de vida?

- No, yo siempre agradezco la vida que tuve. Vengo de familia humilde, de laburo. Mi vida es austera. Me inicié muy chico con el bronce a fabricar cosas, empecé con réplicas de armas antiguas y vendía cantidad. Hasta que llegué a tener una fábrica en Caseros con 90 empleados y siempre lo hice con un gran placer. Nunca me puse a pensar lo que gano. Todo era placer, desarrollar cosas nuevas. El domingo era el peor día de mi vida. Para mí era un placer trabajar. Hay mucha gente que no tiene esa suerte. Soy un agradecido de la vida porque siempre hice lo que quise y laburé mucho.

 

-¿Cómo llegaste a Pilar?
- Yo no soy tano pero me crié en un barrio de tanos y pienso como ellos. Me gustan los ladrillos. Tenía 18 años y me compré una casita en Astolfi, le decíamos “El rancho”. Lo he disfrutado tanto y ahí aprendí que para ser feliz no hace falta tener plata. Fue la mejor etapa de mi vida. Después en la entrada de Golfers me compré una casa, hace más de 30 años. Empecé viniendo los fines de semana y me fui quedando. Después me agarró una enfermedad, estuve muy mal y ahí me cambió la mentalidad. Yo laburaba 20 horas por día entonces pensé: en el cementerio no hay solo viejos y dije ‘esta vida no me gusta’. Y empecé a hacer lo que quería. Se me abrieron los ojos. Yo hace 30 años que no laburo. Hago cosas esporádicas en Pilar porque me gusta la construcción pero por ahí pasan tres o cuatro años que no hago nada. Agradezco que me haya pasado eso porque me avivó cómo es la vida. Si no estaría atrás de un mostrador enloquecido.

 

-El primer auto antiguo ¿a qué edad lo tuviste?

- A los 18 años, era un Ford A y me peleé mucho con mi papá porque me decía ¿¿Cómo te comprás eso y no tenés un auto de calle?” y lo usé bastante. Pero no se si no encontré mis pares o la vorágine de trabajar, hacer un mango. Entonces seguí con las antigüedades pero no con los autos y hace unos 20 años un amigo me dice que tenía un Ford T y me lo dio por parte de pago de un dinero que me debía. Estaba todo desarmado, lo armé y ahí arranqué.

 

-¿Hay límites para un coleccionista?

- No hay límites. El límite lo pone el espacio y el dinero. De siete de la mañana a ocho de la noche estoy acá, para mi es un placer.

 

 

La frase

“Cuando tenía 10, 11 años tenía mi dormitorio lleno de cosas y la pelea con mi mamá era que no me lo quería limpiar por ese motivo. Lo veían como porquerías. En todo veo arte, desde una manija de auto hasta un auto”.

 

 

 

Figurita difícil

Fundador del club Pilar Vehículos Antiguos y Clásicos (PiVAC) donde encontró con quién compartir y potenciar su pasión, Hugo Asselbon logró –además- hacerse de la “figurita difícil” de los coleccionistas.  Las Penny Farthing o velocípedos, las antiguas bicicletas parisinas que constan de una rueda gigante y otra muy pequeña detrás que salieron a la luz en 1862 y solo permanecieron en el mercado por 20 años.

“Averigüé y salían 24 mil dólares, imposible, entonces pensé por qué no hacerla yo, tuve fábrica metalúrgica y es mi habilidad”, explicó. “Fui al museo de Luján –continuó- donde hay dos, les saqué fotos  y la hicimos de cero, con mis hijos, fue una satisfacción enorme hacerla y que funcione”. Ya llevan vendidas más de 60 y sin falsas modestias se jacta de ser el único fabricante de Latinoamérica.

 

 

Asselbon es el único fabricante de velocípedos que hay en Latinoamérica.  

Comentarios