Barrios cerrados: mitos y realidades de un fenómeno que no se detiene

Especialistas analizan el impacto de las urbanizaciones especiales en la desigualdad social. Para las Naciones Unidas, los muros de los countries acrecientan las brechas y la intolerancia. 

3 de noviembre de 2013 - 00:00

 La migración de sectores de clase media alta y alta a los barrios privados construidos en el conurbano bonaerense y de otras grandes ciudades del país, en pleno auge neoliberal, es un fenómeno que continúa extendiéndose, con sus mitos y realidades, acentuando a su vez la desigualdad social, indicaron especialistas.

“La vida en los barrios cerrados exacerba las desigualdades sociales; la muralla no es un dato menor ni para los de adentro ni para los de afuera”, precisó a Télam la socióloga e investigadora Cecilia Arizaga, al resaltar que mucha gente de esos barrios solía plantear la idea de “encerrarse para sentirse libre”. 
En este marco, destacó que desde aquel boom de los 90 y del 2001-2002 de migración a los barrios cerrados, a los countries, el fenómeno no cesó, y “hay un crecimiento inmobiliario” de estos emprendimientos. 
“El proceso siguió y sigue, se siguen levantando nuevos  barrios cerrados que tienen otras características que se van  apartando de los primeros; en general van teniendo más comodidades, más servicios, porque es tal la oferta que cada vez tienen que ofrecer más para poder competir en el mercado”, describió la especialista. 

Distribución
Este fenómeno arrancó a comienzos de los 90 con unas 90 urbanizaciones cerradas; en 2001 llegó a cerca de 285, y en 2007 a 541, ocupando una superficie de 35.000 hectáreas, casi el doble que la de la Ciudad de Buenos Aires, según un informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) sobre “Segregación  residencial en Argentina”, de 2009. 
La investigación precisa que cerca de la mitad de las  urbanizaciones cerradas se sitúa en el tercer cordón del área metropolitana, el más alejado; un tercio está en el segundo, y el 14%, en los partidos del primero, y la zona norte se encuentra “saturada”. 
En el área metropolitana de Córdoba, existía en 1991 solo una urbanización cerrada; en la actualidad son 29 en 4.107 lotes. En Mendoza hay en la actualidad más de 150 en el área metropolitana. 
En este marco, el PNUD caracteriza a los barrios cerrados  como enclaves exclusivos que se aíslan de la ciudad y transforman barreras físicas en barreras sociales, “acrecienta las brechas sociales” y fomenta “los sentimientos de intolerancia hacia la ciudad abierta y sus problemas sociales”. 
El informe señala que “el ‘muro’ es el denominador común de estos barrios y su presencia evidencia la voluntad de sus habitantes de establecer una clara separación con ‘los de afuera’”. 
Por su parte, Arizaga sostuvo que este fenómeno comenzó en “un momento social muy caótico, de mucha incertidumbre de la posición social de gente que se mudó allí, con una 4 x 4, pileta y con la sensación de que hoy estaban ahí pero no sabían qué pasaba mañana”. 
“Se buscaba construir una pertenencia; un espacio identitario, de iguales, de homogeneidad social en contraposición con lo que es vivir en la ciudad, pero aparecía en ellos el tema de la calidad de vida, el contacto con la naturaleza, de compartir valores e intereses, que en la mayoría de los casos son estilos de vida donde el consumo ocupa un lugar importante”, añadió. 
A su vez, señaló que “hay un imaginario del afuera sobre lo que pasa ahí, como por ejemplo, cuando hay un hecho policial, ese mismo hecho se exacerba por suceder en un lugar cerrado”, lo cual revela a la vez que el lugar no está exento de que sucedan hechos como en el afuera. 




La frase 
“Me pregunto si las propias características del lugar cerrado y alejado del afuera, no ayudan a que cuestiones de vandalismo, como chicos que roban a un vecino, o rompen casas o rayan autos, hasta asesinatos o el narcotráfico, encuentren ahí un espacio para concretarse”. Cecilia Arizaga, socióloga.



Diferencias
El urbanismo de iguales
Ese estilo de vida tras los muros se contrapone fuertemente con las formas de  vida urbana, con el cosmopolitismo de una ciudad donde se da el encuentro constante con diferencias, con círculos sociales ampliados, “y eso, que es lo interesante de la vida urbana, para ellos es un valor negativo”, puntualizó la socióloga e investigadora Cecilia Arizaga, quien se desempeña como directora de la carrera de Sociología de la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES). 
Arizaga señaló que es un fenómeno mundial, que forma parte de un tipo de urbanismo a nivel global, que se llama ‘urbanismo de iguales’, que va tomando formas locales. 
Entre esas formas locales, una particularidad que tomó en el área metropolitana de Buenos Aires es que “en general esta cuestión de identidad se da junto a un cerramiento de murallas y controles de acceso que son más extremos que en otras partes del mundo”. 
Sobre mitos y realidades en los countries, la socióloga  destacó que “hay un imaginario del barrio cerrado de los que viven ahí, un imaginario muy idílico, calidad de vida, estar con los hijos, que jueguen en el pasto, que es lo que plantea la publicidad, que después todo esto entra en conflicto, porque hay que viajar al centro por trabajo, no están con los hijos, no disfrutan con intensidad del verde”. 
Además, “está el tema del crecimiento de los hijos, que cuando terminan la escuela se van a la universidad, o cuando llega el fin de semana agarran el auto y se van a la ciudad en vez de quedarse ahí; por eso el tema de los hijos les plantea un techo”. 
 
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