por Celeste Lafourcade [email protected]
Marcela no olvidará nunca el 19 de julio de 2012. Ni el grito del cartero, ni las felicitaciones de su clienta ni la sensación indescriptible de ver por primera vez la ratificación por parte del Estado de una identidad que abrazó desde muy chica, incluso sin proponérselo.
Marisa Marcela Del Pilar Díaz es el nombre elegido, el que reemplaza al otro, “el maldito”, como ella lo recuerda. “Marisa porque así me llamaban en la comparsa donde bailaba, Marcela porque es un nombre firme y Del Pilar porque mi semilla está en Pilar”, explica a la mujer que se convirtió en la primera persona que optó por el cambio de sexo en el documento en Pilar.
“Fui la primera en ponerme tacos en Pilar”, dispara con una gracia que aparece, como un don natural, en toda la charla con El Diario. Incluso en los momentos donde la invade la emoción, cuando repasa una vida con “muchos tropiezos” en la que debió batallar contra los prejuicios y la doble moral de un pueblo chico.
Parapsicóloga de profesión, Marcela vive con sus cinco perros a los que directamente llama “mis hijos”. “Me costó mucho llegar a tener mi documento –afirma antes de mostrarlo con orgullo- estaba haciendo el trámite con un abogado y justo salió la Ley”.
- ¿Cómo fue el momento en que lo viste por primera vez?
- Casi se me quiebran las piernas, estaba atendiendo una clienta y yo le había contado. Me llegó el 19, el día de San Expedito. Cuando el cartero gritó salí corriendo. Me felicitaron los dos.
- ¿Cómo viviste esa espera de tantos años?
- Con mucha incertidumbre. La espera es de toda la vida, yo no he participado en muchas marchas porque no está en mí hacer escándalos, pero sí fui a la Legislatura a apoyar a las chicas, también he ido al CHA a asesorarme con abogados.
- ¿Cuándo sentiste que necesitabas que tu DNI acompañara tu identidad?
- Desde que tengo uso de razón, mi mamá me compraba juguetes de varón y yo se los cambiaba a las chicas del fondo por muñecas. A mí no me daba por ir a jugar a la pelota, ni loca. Siempre me sentí como soy. Pero nunca se me dio por salir a hacer la calle porque yo tengo una imagen pública y soy respetada. Pero me costó mucho llegar a ser quien soy y que me respeten. En su momento hubo mucha gente en Pilar que te gritaba “tal” palabra. Y después están los típicos casados que te golpean la puerta de lunes a viernes.
- ¿En qué te cambió la vida?
- En todo. Al otro día empecé a hacer todos los trámites de los servicios y el banco. Ahora todas las boletas llegan a mi nombre. En el supermercado siempre pago con débito y le mostraba el DNI pero les pedía que no miraran la foto. Ahora ando con un orgullo divino. En algunos lugares me miraban raro y para votar ni te cuento. Acá en Pilar hay mucha gente que discrimina.
- ¿El uso del nombre de hombre a pesar de tu aspecto fue un arma para discriminar?
- Si, me pasó una vuelta y le dije “cómo se atreve ¿No se da cuenta que soy una señora?”. Soy una polvorita, me defiendo en seguida.
Ciudadana ilustre
Entre anécdotas que van y vienen de amores que no fueron, de los 17 asaltos que sufrió, de los estudios de Enfermería a medio terminar, recuerda que “en la época que estuvo (Luis Abelardo) Patti como comisario me dijo que yo era la vergüenza del pueblo y que me tenía que ir. Fijate con el tiempo dónde está él y yo estoy libre”.
Así, lejos de tomar a consideración las palabras del represor, Marcela, acostumbrada a los desafíos, redobla la apuesta: “me tienen que nombrar ciudadana ilustre”.
- ¿Cómo lo vivió tu familia?
- Es muy largo, primero me sentí muy discriminada y no aceptada (se le llenan los ojos de lágrimas). Hará 10 años que me aceptaron. Siempre fui la oveja negra. Pero también tengo a mis sobrinos que siempre están y a mi sobrino nieto que es mi sol.
- ¿Fue difícil mantenerte sin caer en la tentación de prostituirte?
- Me fue muy difícil, en su momento cuando no tuve dinero y no pude renovar el contrato tuve que ir a vivir de prestada y fue muy triste porque no podía tener a mis perros conmigo. Mi vida son mis animales.
- ¿Cuándo te fuiste de la casa de tus padres?
- A los 16 años. Yo no tenía muy buena relación con mi papá. He vivido mucho con una señora que se llama Adela que fue muy buena conmigo. Me fui a la casa de ella para no andar de loca girando. Después conocí a un chico, Juan, y me fui a vivir a una choza (risas). Convivimos 4 años pero se casó. Después de 20 años apareció a querer formalizar y le dije que no. Lo había esperado 10 años y ya no.
- Es difícil entablar una relación cuando los prejuicios están en la propia pareja…
-Es difícil, hoy por hoy no estoy saliendo con nadie. Conozco buena gente pero son todos casados y si son solteros no tienen trabajo, y yo no los puedo mantener. Dejame como estoy que estoy regia.
- ¿Te acordás cuándo fue la primera vez que te vestiste de mujer?
-Por supuesto, tenía 19 años y dije ‘me animo y salgo con una pollera’. Era una nevada y con un viento se me levantó (carcajadas).
Las leyes que saldaron las deudas
“En el barrio me llaman para poner inyecciones y yo no les cobro, me respeta todo el mundo”, asegura Marcela. Pero afirma que el camino para esa aceptación no fue fácil en un pueblo del que, sin embargo, nunca quiso irse.
Y reconoce que el Estado, a través de leyes como la del matrimonio igualitario, también hizo su aporte para allanar el camino a la aceptación.
- Las leyes que llegaron para saldar una deuda con la gente con otra elección sexual ¿lograron que cambie la mirada social sobre el tema?
- Si, hubo un cambio. Hicieron un clic gigante. En los jóvenes se ve bastante y es como que les hicieron ese clic a los mayores. Mi mamá me dice Marcela, le costó pero me dice.
- ¿Qué faltaría desde lo legal para terminar de sentirte conforme?
- Yo creo que ya está. Ya hubo un matrimonio igualitario y las parejas pueden adoptar. Pero también estaría bueno que le pudieran dar un chico a alguien que no tenga pareja.
- ¿Que sentís que aportaste vos para empezar a despejar los prejuicios?
- La gente del barrio me adora, están más que conformes conmigo soy una persona solidaria. Toda la gente me respeta. Ya pagué los prejuicios y cómo, con creces, he llorado muchísimo a solas por ser discriminada pero ahora ya está y estoy muy feliz como estoy.