por Alejandro Benedetti
La búsqueda comienza voz a voz. Y, paradójicamente, las cosas se saben enseguida en los barrios más populosos. Así Anselma, la mujer de nacionalidad paraguaya que vive en el barrio Monterrey de Presidente Derqui, sabe dónde está esa persona con una enfermedad terminal y sin que nadie la ayude en su último tramo.
Pronto llega hasta su casa, dialoga con el enfermo y si primero le consigue algunos medicamentos luego informa a una asistente social del Municipio sobre el nuevo caso. Finalmente gestiona una cama en la ONG “Hospicio Buen Samaritano”, ubicado en el kilómetro 58 de la ruta Panamericana.
Allí la persona recibirá el tratamiento médico necesario para sobrellevar su tiempo de vida restante, pero sobre todo recibirá afecto y contención. “La muerte es imposible de evitar, por lo cual todos queremos que sea digna”, dice Anselma Miranda, la protagonista de esta historia, al tiempo que muestra un estandarte del Movimiento 8 de Diciembre que ella preside y que, entre otras cosas, asume una tarea que casi nadie quiere abordar.
“Se fundó en julio de 2009, y desde entonces ayudamos a los más desamparados, y para eso hacemos una minuciosa selección porque antes de conseguirles alimentos o remedios verificamos su indigencia”, agrega sobre las muchas personas que reciben comida, medicamentos y hasta la gestión de determinados estudios o análisis sanitarios.
La solidaridad no campea, y sólo son tres las personas que trabajan con ella: la vicepresidenta Joana López, el tesorero Abilios Silvero y el vecino René Ávila. En síntesis, esta paraguaya canaliza su gran sentido común entre los que no tienen ninguna asistencia del Estado y que sus familiares no pueden comprarle los costosos medicamentos.
A ello se le suma la búsqueda -en el barrio- de prendas de vestir en buen estado y zapatillas nuevas. Sigue con los alimentos no perecederos para que el tratamiento contra el cáncer tenga un contrapeso nutricional; y si hay chicos que quedan a la deriva, en el caso de madres enfermas, Anselma les lleva delantales, cuadernos y otros útiles escolares.
Con los meses y de acuerdo a cómo se desarrolle la enfermedad, está el pago del remís de ida y vuelta, algunos pañales para incontinencia, las idas y vueltas hasta la Dirección de Atención Primaria de la Municipalidad, “porque esa gente enferma está sola y desconoce a quién recurrir, entonces yo hablo con Olga, una gran mujer que siempre les facilita tratamientos de quimioterapia o de rayos”.
En los últimos dos años Anselma detectó, asistió, y llevó al hospicio a ocho personas en estado grave y sin ayuda. ¿Y cómo hace con los gastos siempre presentes? “Yo soy costurera, y mi marido también, trabajamos en casa para algunas empresas y así vamos adelante, nada nos sobra pero nos la arreglamos para ayudar”, explica sonriente; satisfecha.
Es un trabajo silencioso el suyo pero acompañado de una franca sonrisa que le abre las puertas de casas muy humildes. Pronto nos cuenta que con su primer marido tuvo ocho hijos, y uno con el segundo; entre ellos dos mellizos de intensa fe que se ordenaron sacerdotes juntos. El resto se divide entre técnicos y otras profesiones.
“Hice de todo para que ellos estudien y salgan a trabajar, ya son grandes, y sé que aún hay mucha gente que puedo seguir ayudando”, dice con certeza esta mujer que en 2010 fue distinguida en el Senado de la Provincia de Buenos Aires con el “Premio Anual Mujeres Innovadoras” en la categoría “Promoción de organización barrial”. n
Los que ayudan
Gran parte de los elementos con los que Anselma ayuda a la gente la consigue gracias al aporte del titular del OPDS bonaerense, José Molina, del tesorero del Consejo Escolar, Darío Pascual, o del director del Departamento de Extranjeros del Municipio, José Cerole.
Distribuye preservativos a los chicos del barrio
“Chicles” para los chicos
“La educación sexual casi no tiene cabida en los barrios desangelados”, dice siempre el excantante de Los Redonditos de Ricota, Carlos “Indio” Solari. Efectivamente, salvo los que pueden estudiar en alguna escuela pública donde un docente los informe, y forme, sobre ese aspecto clave de la adolescencia, muchos crecen con los códigos sexuales callejeros.
Nada es azar, y por eso en los populosos barrios de Presidente Derqui hay un 20 por ciento anual de madres niñas comprendidas entre los 11 y 16 años. Anselma Miranda no lo ignora, y muchos jóvenes de ambos sexos saben que ella les da gratuitamente profilácticos. “Me los dan en los centros sanitarios y yo los distribuyo. Algunos que conozco de chiquitos y ya son hombrecitos me miran pícaros y me dice ¿Anselma, ¿no tenés un chicle?, y cuando puedo les explico a las chicas muchas cosas ni bien se hacen mujercitas”.
Es que el pedido del “chicle” se remite a las primeras vergüenzas de tener que comprarlo en el kiosco o farmacia, o de no tener dinero. Pero, enhorabuena, siempre está Anselma Miranda.
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