Rosas rojas. Taiana deja su flor en el molito que recuerda a las víctimas.
“Este es un lugar importante para recordar a los compañeros, para recordarlos con alegría y también para recordar la barbarie de la dictadura y el odio oligárquico, el odio contra aquellos que luchaban por terminar con una Argentina de privilegios. Fue un acto de locura lo que hicieron, fue una muestra de barbarie para aterrorizar, para tratar de vencer el enorme espíritu de lucha de nuestro pueblo”.
Con estas encendidas palabras, el ex canciller de la Nación entre el 2005 y el 2010, Jorge Taiana, comenzó a calentar una tarde que se presentaba muy fría. Es que el ex funcionario kirchnerista se sumó ayer a los familiares de las víctimas de la Masacre de Fátima que, junto a vecinos y a agrupaciones sociales, políticas y de derechos humanos, conmemoraron el 35º aniversario de la tragedia ocurrida en el distrito durante la última dictadura militar.
Este nuevo acto para homenajear a los 30 asesinados y luego dinamitados en Fátima durante la madrugada del 20 de agosto de 1976 consistió en una caminata de más de dos kilómetros a lo largo de la Calle de la Memoria hasta llegar al preciso lugar donde se produjo el estallido que conmocionó a la tranquila localidad pilarense y dejó para siempre una huella imborrable.
“Fueron asesinados por defender la igualdad, el salario digno, la salud y la educación. Ellos sentían que su gran familia era su pueblo. Hoy recordamos a esos 30 compañeros a los que el cobarde terrorismo de estado les arrancó su vida”, sostenía un fragmento de una emotiva carta leída por una de las familiares de una de las víctimas de la masacre.
En tanto, el ex ministro Taiana relató ante las alrededor de 200 personas presentes cómo fue que se salvó aquella madrugada trágica del 20 de agosto del 76 de formar parte de los restos humanos que quedaron esparcidos en un radio de varias cuadras a la redonda.
“Yo estaba preso en la cárcel de Devoto y esa noche fue una patota a buscarme. A eso de las 10 de la noche me vienen a buscar y me dicen ‘Taiana, prepárese que va a ser trasladado’. No había otra posibilidad de que un traslado a las 10 de la noche en agosto del 76 fuera otra cosa que la muerte. Enfrente lo tenía a Dardo Cabo, que lo mataron 7 meses después, y le dije: ‘Dardo, me dicen que me trasladan’. Él que tenía mucha experiencia me dijo: ‘mirá, me parece que tenés que decirles que te resistís al traslado’”.
Luego, Taiana proseguió: “Entonces, lo llamé al guardia y le dije: ‘anote que me resisto al traslado’. Hacíamos esto porque íbamos construyendo en lo posible el futuro; sabíamos que por ahí no podíamos evitar lo que nos iba a pasar, pero sí sabíamos que en lo posible teníamos que dar testimonio de dignidad en un momento final y tratar de generar condiciones para que en algún momento se hiciera justicia. Así, tuve una serie de conciliábulos, iban y venían y me tuvieron hasta las 5 de la mañana. A esa hora, vino un guardia y me dijo que se había anulado el traslado. Yo no supe nada hasta el día siguiente que me enteré lo que había pasado acá”.
En el lugar donde se consumó el hecho tristemente célebre para la historia del Partido y del país hoy se encuentra emplazada una placa de mármol donde se inscriben los nombres de cada una de las 30 víctimas de la Masacre de Fátima. Ellas fueron: Inés Nocetti, Ramón Lorenzo Vélez, Ángel Osvaldo Leiva, Conrado Alsogaray, José Daniel Bronzel, Selma Julia Ocampo, Haydée Cirullo de Carnaghi, Norma Frontini, Jorge Daniel Argente y Carmen María Carnaghi, Horacio Oscar García Castelú, Alberto Evaristo Comas, Susana Pedrini de Bronzel (una calle de Pilar lleva su nombre), Juan Carlos Vera, Carlos Pargas, Ricardo Herrera Carrizo, Roberto Olivestre, Enrique Aggio, María Rosa Lincon y Cecilia Podolsky de Bronzel, junto con 10 personas más no identificadas.
Los hechos
Una tragedia a la que le llegó la justicia
El 19 de agosto de 1976 un grupo militar se instaló en un control caminero sobre la ruta 8. Poco después de las 4 de la madrugada del 20 de agosto, una gran explosión despertó a toda la localidad de Fátima. Los obreros de un horno de ladrillos cercano se encontraron con una escena macabra, restos humanos esparcidos en un radio de cien metros.
Inmediatamente la zona fue cercada por soldados que impedían el paso y a los reporteros gráficos se les secuestraron las fotos tomadas. Los soldados y el personal civil recogían pedazos de los cuerpos dinamitados y los cargaban en un camión de la Municipalidad de Pilar, en ese entonces al mando de Daniel Alberto Beto Ponce de León.
Según el parte policial de la época, las víctimas eran treinta personas -diez mujeres y veinte hombres- la mayoría jóvenes, incluso algunos adolescentes. Luego de ocurrida la masacre, el gobierno militar por intermedio del Ministerio del Interior emitió un comunicado en el que repudió el hecho y lo atribuyó a “la demencia de grupos irracionales que con hechos de esta naturaleza pretenden perturbar la paz interior y la tranquilidad del pueblo argentino”, y expresó la firme voluntad de “esclarecer el hecho y sancionar a los responsables”.
Según consta en el expediente, la mayor parte de las víctimas padeció su cautiverio en el centro clandestino que funcionó en la Superintendencia de Seguridad Federal, unidad perteneciente a la Policía Federal, en la calle Moreno 1417 de la Ciudad de Buenos Aires.
En julio del 2008, Lapuyole y Gallone fueron condenados a prisión perpetua por su accionar en la detención y asesinato de las víctimas de Fátima, en tanto Miguel Ángel Trimarchi, otro de los imputados, fue absuelto.