“Desde que agarra el lápiz te das cuenta cómo es un chico”

Desde hace dos décadas da clases particulares de matemática y por su garage pasaron cientos de pilarenses. Reivindica a los adolescentes y asegura que es tan importante enseñar como escucharlos.

13 de febrero de 2011 - 00:00

 

Ana en su casa del centro de Pilar. Por ella pasaron centenares de alumnos.

 

 

por Celeste Lafourcade

 

A cada santo una vela y otra para Ana. Algo así como la patrona de los malos alumnos, se le adjudican milagros en casos perdidos y sus apariciones suelen darse en diciembre y marzo. Desde el garage de su casa, en la esquina de Alsina y Bolívar, Ana Radovich fue (y lo sigue siendo) para muchos la última esperanza antes de rendir y rendirse. En sus clases particulares preparó a centenares de adolescentes que hoy la saludan por la calle y confirman el extraño fenómeno de ser una profesora de matemática querida.

Quizás tenga cierta influencia la tonada simpática que aún conserva de su Paraguay natal, o su gracia natural para decir las cosas. Pero incluso cuando sus clases no estaban exentas de retos, Ana se convirtió en una docente compinche y querida.

Con más de dos décadas de docencia particular, afirma que a veces es tan importante enseñar contenidos cómo dar seguridad. “Desde que agarra el lápiz te das cuenta como es un chico”, jura. Dice que la paciencia se le fue acabando, que a veces es conveniente repetir, que hay casos que la superan y reivindica a los adolescentes.

 

-¿Es más difícil lidiar con los padres o con los hijos?

- Con los padres. El adolescente es muy honesto. Si tiene un problema lo escuchás, lo entendés, lo guiás y estudia. A veces les falta mucho el apoyo de los padres.

 

-¿Es recomendable repetir en algunos casos?

- Totalmente. Un chico que se lleva siete materias a febrero ¿cómo hace para prepararlas en un mes y medio? A veces me paro delante de los padres y les digo que van a gastar un montón de plata en apoyo, y lo conveniente es que lo hagan repetir. No es un horror repetir, les sirve de experiencia.

 

-¿Alguna vez tuvo que decir que no?

- Sí, muchas veces. Una mamá se ofendió conmigo y me dijo que no le ponía voluntad. La satisfacción es ver que al chico le fue bien, más allá de la plata. Pero si el chico no tiene la base para avanzar y uno ve el esfuerzo de los padres… no, yo no tengo cara. A lo mejor soy yo que no estoy capacitada para darle.

 

-Cuando a un chico le va mal ¿lo vive como una frustración?

- Sí, te sentís horrible. Cuando das particular tenés moralmente la obligación de que apruebe. Me muero de vergüenza cuando un padre me dice que el chico no aprobó.

 

-¿Cuál es la principal dificultad en el aprendizaje?

- Los chicos no piensan. Todo lo que es mecánico, con una fórmula, van bárbaros. El problema se le presenta cuando tienen que razonar, eso les cuesta.

 

-¿Considera que la educación se fue deteriorando con los años?

- Hay colegios muy buenos y otros no. Eso se nota cuando llegan a la universidad. Pero no es culpa de los profesores, depende mucho del nivel de los chicos y eso te puede pasar en el mejor colegio como en el peor. 

 

Los chicos

Con 60 años, dos hijos adultos y un nieto de dos años, Ana sigue eligiendo a los adolescentes. Aunque la paciencia haya mermado, varias veces por semana prepara a un pequeño grupo de estudiantes díscolos que tienen problemas con los números.

Testigo de la evolución de la juventud y de sus hábitos, comenta que hoy una de las principales dificultades con las que debe luchar un profesor tiene que ver con la tecnología. “Los chicos vienen dormidos porque se quedan chateando y el teléfono es otro problema, yo no se los dejo usar en la clase”, señala.

 

-¿Qué es lo mejor de trabajar con adolescentes?

- El adolescente es tal cual lo que se muestra, es sincero. Y cuando miente se le nota, es con picardía. Si vos lo tratás con respeto, él también te respeta y es afectuoso. A veces hay que poner el oído y a lo mejor esos minutos de escucharlo representan un montón de tiempo para que el chico después aprenda.

 

-¿Para qué cosas ya no le queda paciencia?

- Para tomar chicos en cantidad. Puedo manejarlos de a tres. A esta altura de mi vida quiero que mis alumnos aprueben la materia bien, con una enseñanza buena. Tomo chicos que sé que les falta un empujón final y cuando alguno es muy difícil les recomiendo a chicas jóvenes. Cada vez hay más y dan muy bien.

 

-¿Entre los vagos y los que les cuesta cómo se reparten los porcentajes?

- El que le cuesta es un 10%. El 90% son vagos, no prestan atención en clase.

 

-¿Qué te dicen tus alumnos por la calle?

- (Risas) Me da mucha vergüenza. Me los encuentro sobre todo en los supermercados. Yo soy muy compinche de los pibes, y me ven y me gritan ¡Ana! Y me preguntan si sigo dando clases, y yo me siento una anciana y me pregunto…¿me veré muy mal? Yo tengo hijos de alumnos, también me encuentro con chicos que son profesionales, o que ya están casados y me da mucha alegría.

 

-¿Dar particular es la única forma de ser una profesora de matemática querida?

- Exactamente, eso es lo que pasa. Me quieren porque están conmigo, soy como una mamá. Lo estás apoyando y sos compinche. Lógico que una profesora en un colegio no lo puede hacer.

 

Recuerdos
Anécdotas del garage con el mantel escrito

Imposibles de olvidar por quienes alguna vez pasaron por el garage de Ana, los manteles firmados por los alumnos fueron, en su tiempo, la vedette de sus clases particulares. Todos quienes se sentaban en la mesa rectangular dejaban estampado su sello. Recuerdos que, según la docente, todavía permanecen intactos en algún cajón de la casa.

“Ya los saqué pero los tengo guardados”, asegura y explica que “al principio estaba bueno, hacían sus obras de arte, pero después se empezaban a pelear y un día empecé a encontrar malas palabras”.

“Seguía las telenovelas del amor por el mantel –afirma entre risas-, o las peleas por los equipos de fútbol”.

Si de anécdotas se trata, recuerda que “hace muchos años era muy divertido porque hacíamos grupos con algunas chicas, entonces cuando tenían que rendir las esperábamos en casa e iban llegando de a una y si aprobaban traían empanadas, gaseosas y brindábamos”.

“La relación con ellos fue cambiando –continúa- en esa época yo era mucho más joven, a mi me hacían de todo”.  Y a modo de ejemplo, cuenta que “había unos caramelos efervescentes que me daban nauseas y un día me agarraron la cabeza entre todos y me metieron todos los caramelos en la boca”.

 

 

 

 

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