“Es una forma de ganarme el pesito y no depender de nadie”, dice Agustín, en la entrada al Parque.
por Celeste Lafourcade
Extiende los brazos, hace señas, vuelve por un instante al reparo de la sombra renovando la energía para seguir al rayo del sol, y enseguida regresa al cordón con un par de sándwiches de milanesa que pretende sacarse de encima antes de las 2 de la tarde. El ruido ensordecedor de los camiones que se apuran por llegar al Parque Industrial empaña el grito de Agustín que repite: “15 pesos” cada vez que algún interesado detiene la marcha.
Así transcurren desde hace un año los días del hombre de 60 años que encontró en el puesto ubicado a pocos metros del puente del acceso principal al complejo fabril un modesto rebusque.
Como él, muchos otros hombres y mujeres encontraron bajo los diferentes puentes de la Panamericana –o en sus inmediaciones- un lugar donde vender productos de lo más variados. Desde artículos regionales hasta inflables para piletas, desde accesorios para celulares hasta conejos, un circuito comercial alternativo con vida y códigos propios se consolida al costado de las rutas.
“Es un rebusque, una forma de ganarme el pesito y no depender de nadie”, afirma Agustín. Por día llega a vender alrededor de 30 de sus combos sui géneris que incluyen un sándwich de milanesa del tamaño de una baguette y una gaseosa.
El mercado que hace de éste un negocio fructífero está compuesto en gran medida por camioneros que llegan al Parque Industrial. Es por esto que precisamente esta zona se constituye como la más pujante en lo que respecta a este circuito comercial. Metros más adelante en dirección el emprendimiento empresarial, Ubaldo ofrece empanadas, sándwiches, pizza y ensalada de frutas.
“A esta edad no me reciben en ninguna fábrica”, se justifica aunque nadie lo cuestione. La ocupación que lo tiene anclado en el puesto entre las 11 y las 14 es su salida laboral desde hace cinco años. En el puesto de Ubaldo se puede engañar al estómago por 3, 5, 10 o 20 pesos.
Colorido
La convivencia entre los puesteros es pacífica, justamente por la diversidad de productos que deja espacio para todos. Sin embargo, las dificultades no son pocas. Sortean temperaturas hostiles (permanecen todo el año, ininterrumpidamente) y viven con el temor constante de ser corridos de sus puestos por las autoridades. Aún así, siguen, tesoneros en la tarea con la que –en la mayoría de los casos- sostienen a su familia.
Si de diversidad se trata, la que ofrece el puente del Km 60 de la ruta 8 es por demás llamativa. Entre los puestos comestibles, un verdadero imperio de artículos inflables para piletas que funciona las 24 horas aporta colorido al recorrido de los camiones. De diferentes tonalidades y precios, los simpáticos muñecos de a poco cuentan con la compañía de nuevos productos veraniegos como toallones de playa.
Los mismos productos flamean también en el puente del Km. 42 la Panamericana ubicado a la altura de la calle Guido. La mercadería pertenece a un kiosco lindero aunque su propietaria, Andrea, asegura que “si no estás ahí (en el puente) no vendés”. Ese fue el motivo que llevó a su marido a anclar dos vehículos en el punto estratégico y sacar a relucir la variedad de accesorios para la pileta.
Sin embargo, pese al esfuerzo, la mujer reconoció que “para Reyes no vendimos nada, hay mucha competencia con grandes supermercados que pueden venderlos más baratos”. Los inflables rondan entre los 5 y los 85 pesos. Ballenas, salvavidas, colchonetas, de todos los tamaños y colores.
Sostén
El típico paisaje de un pueblo del interior, donde los stands callejeros de productos regionales se cuentan por cuadra, comienza a hacerse eco en Pilar.
Salamines, quesos de cabra, miel casera, frutillas, conejos vivos, y otras rarezas como arrope de higo y de chañar pueden conseguirse en el puesto ubicado a metros del puente de El Petrel.
Allí, donde el kilo de tomates cherry cuesta 10 pesos, el cajón de duraznos 5 y por 20 pesos se obtiene un frasco de salsa casera de tomate, una botella de aceitunas y un envase similar de pikles, David, el empleado del lugar, enciende otro cigarrillo, uno más de los tantos que fumará hasta las 19.30, y afirma que “hay días que se vende y otros que no, pero no es un trabajo lindo, son demasiadas horas”.
En una muestra de la solidaridad que prevalece entre los colegas, Diego explica con paciencia los precios de cada producto del stand de su compañero Gustavo, momentáneamente ausente, el mismo que hace 10 años eligió este modo para vender artículos regionales directamente traídos de Villa María (Córdoba), como queso de cabra, salamines, fiambres, miel pura o dulce de leche.
Exactamente debajo del puente del Km 60 de la ruta 8, Diego, en cambio, dedica sus horas a la venta de accesorios para teléfonos celulares. A metros, una mujer que ofrece ensalada de frutas, mira la charla de reojo.
Hasta hace cinco años, el hombre -padre de dos hijos- se dedicaba al mantenimiento de jardines, sin embargo por sugerencia de su hermano terminó sumándose al palo de los vendedores bajo puente. “Mantengo dos chicos y una casa, hay mucho movimiento de gente por acá, empecé probando y vi que tenía salida”, explica. Vendedor obstinado, no disimula su disconformidad con los puesteros golondrina: “nosotros estamos acá todo el año, con frío, con calor, hay algunos que vienen a hacer plata por dos meses”.
Para Andrés, la que puso en práctica hace dos meses se convirtió en la salida más redituable después de un pasado difícil. Junto a su mujer Alicia y a sus dos hijas, acomodado al lado de varios cajones de duraznos debajo del puente del kilómetro 49,5 de la Panamericana, cuenta que la merma en la construcción, rubro en el que se desempeñaba hasta hace poco tiempo tras cumplir alguna condena por robo que no tiene problema en reconocer, lo llevó a probar suerte con la venta de duraznos de la localidad de San Pedro.
Por tratarse de un producto por demás perecedero, Andrés todos los días viaja hacia la mencionada ciudad bonaerense para hacerse de nueva mercadería.
“Pedí un crédito de 1000 pesos para comprar fruta”, comenta. Los cajones se venden a 20 pesos y contienen poco menos de 4 kilos de duraznos. En un día bueno, pueden llegar a venderse hasta 15 cajones, sin embargo, el temor continuo a que le confisquen la mercadería –como ya le sucedió- empañan el trabajo cotidiano. Pero esto no le hace perder el optimismo: “cuando pase la temporada voy a traer naranjas”.
Lista de precios
El catálogo del mercado “under bridge”
En el circuito comercial que se alza bajo los puentes puede conseguirse:
• Cajón de duraznos de 3,800 kilos: 20 pesos.
• Empanadas: 3 pesos
• Pizzas: 20 pesos.
• Sandwich de milanesa con gaseosa: 15 pesos.
• Ensalada de frutas: 15 pesos.
• Queso de campo: 45 pesos el kilo.
• Salamín cordobés: 25 el kilo.
• Tomates cherry: 10 el kilo.
• Botella de aceitunas, pikles o salsa de tomate: 20 pesos.
• Frasco de duraznos pelados: 45 pesos.
• Inflables para piletas: desde 5 a 85 pesos.
• Accesorios para celulares: desde 20 pesos.
