Soy mano

Una canción

sábado, 29 de octubre de 2022 · 08:22

Por Víctor Koprivsek

Desde la más celebrada, llena de luces encendidas y multitudinaria, hasta la más sencilla, susurrante, casi al oído, una brisa apenas en una ronda o en soledad.

Aquella repetida una y otra vez y esta otra apenas parida hace un rato por alguien triste con el corazón roto en pedazos.

La más bailada, con millones de reproducciones. Y la otra, compartida entre pocos amigos.

Por estos días volví a descubrir algo, un hallazgo de juventud. El sentir humano (tan humano) que abraza el alma misma y ejerce tal influjo en nosotros, como quizás ninguna otra cosa logre hacerlo.

Y lo pude ver con mis propios ojos, escuchar, sentir, repito, como un tambor en el pecho.

El lunes 24 en el Teatro Coliseo con Liliana Herrero junto a María Gadu y Silvia Pérez Cruz. El martes en la reunión del CB, en la casa de Luis Astudillo, entre hermanos. El miércoles en el Estadio de River, con Coldplay.

Es que la canción, el cantar, pero más la canción, nos acerca de una manera única, a la parte más humana que aún nos queda.

Creo que las palabras que pueda pronunciar en este Soy Mano, la búsqueda por intentar explicar lo inexplicable, lo que solamente se siente, es en vano.

La industria hace de ella un producto que moviliza a miles, millones. Levanta monopolios, imperios, murallas. Sin embargo, al caer la noche, por afuera de las luces multicolores, de los fuegos de artificio, solo es una canción compuesta con el alma que llegó a un otro y rozó también su alma. Su fibra más genuina.

No importa el país, la provincia, el idioma, el dialecto; no importa el género: folclore, balada, pop, bossa, reggae; una canción llegará después de todo.

Después de la guerra, después de la paz. Después del triunfo o la derrota.

Llegará, para acunar a la recién nacida, para despedir al que partió, para apoyar desde la hinchada, para cantar en soledad.

Una canción es un pasaporte directo a las cosas que realmente importan: un gran amor, una pasión, un viaje inolvidable, una pausa innegociable, el recuerdo vivo de aquella noche entre amigos o amigas, la mirada de tus hijos en un recital, la emoción de alguna nostalgia o, simplemente, la alegría compartida de un bailongo.

Siempre hay una canción en todos los momentos que merecen ser recordados.

Por eso, estoy convencido que una canción te espera, me espera. Nos espera.

Una canción que es tuya. Una canción nos recuerda que la inmensidad cabe en tres, cinco, diez minutos.

Una voz emocionada, un silencio justo, un acorde infinito.

Fuimos felices cantando a capela “Oración del remanso” el lunes. Éramos como 500. Seguramente más.

Y también fuimos felices con las manos alzadas, cincuenta mil almas cantando “The Scientist”, en River.

Y, claramente, fuimos felices los 12 que cantamos “No hay lugar más alto”, en lo de Luchito.

Ojalá que podamos seguir cantando, en rondas pequeñas o grandes estadios, en el baño mientras nos duchamos o en karaokes, solos o acompañados, de mañana al despertar, al caer la tarde o en medio de la noche con la luna como testigo, no importa, como sea, cantar nos salva, nos alivia, nos vuelve parte de algo más grande que nuestros miedos.

Nos conecta con lo verdadero, ese sentir inusual de la vida latiendo en vos.

Una canción tan tuya como mía, como nuestra. Cantar es saber que todos somos parte del mismo río.

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