Soy mano

“Castillos en el aire”

Por Redacción Pilar a Diario 1 de octubre de 2022 - 07:43

Por Chino Méndez

Debo advertir al puñado de lectores de esta nota que lo siguiente no es fruto de mi imaginación. Lamento desilusionar a alguno que, tal vez, crea en mi inventiva. Lo narrado aquí, a lo sumo, sufrirá cierta pequeña alteración porque lo sucedido pasó hace ya algunos años y los sucesos se someten siempre al tiempo y a la conveniencia del que lo cuenta. Pero juro que todo esto es verdad, al menos es lo que yo vi con mis ojos chinos bien abiertos.

Miguel era nuestro amigo, cantor y “busca”. También se vestía de Papá Noel para entregar regalos a los pibes. Un distinto que vivió regalando magia, les aseguro. Se fue una calma mañana de viernes en Derqui hasta que la noticia corrió tan rápido que dejó surcos en las calles. Con los muchachos decidimos ir al bar a cantar y decir poemas y emborracharnos, encontrarnos en la irreparable ausencia definitiva y llorar nuestra tristeza. Nos quedamos esperando para saber en qué momento podríamos despedir a nuestro amigo. Entre la nostalgia de lo vivido y las anécdotas irrisorias y otras cuestiones, nos sorprendió el mediodía del sábado en el mismo lugar. No es joda criarse en el barrio, para muchos recios, el repertorio de Miguel era aquello que los habilitaba a cierta sensibilidad. La muchachada comenzó a incomodarse ante la falta de noticias de nuestro finado querido. Fueron pasando las horas y ya no había qué beber en el bar. La versión oficial nos avisó que el velorio iba a ser el domingo de 9 a 12, nada más. Yo estaba en mi casa cuando el Negro vino a avisarme que Don Valerga le dijo que dejaron un jonca en el velatorio municipal y que no quisieron decirle nada, y se fueron. Dudé un segundo, pero el Negro insistía en que para él ése era Miguel y que no podíamos dejarlo solo, entonces tomamos la decisión de ir a mi galpón en busca de una barreta para robarnos los restos de nuestro amigo y llevarlo a uno de los boliches que desinteresadamente nos brindaba sus instalaciones para velarlo sobre una mesa de pool. Cuando llegamos a la sala había unas 50 personas agolpadas en postura de reclamo e indignación, una pueblada que clamaba por Papá Noel. El Tío Dick, fuera de sí, iba y venía por la vereda. La policía pasaba y, literalmente, miraba para otro lado. Nos afirmamos con el hierro a la puerta y antes de comenzar con el ilícito llegó un primo de Miguel que no conocíamos y nos pidió que no lo hiciéramos… “Me superan en número, acá la gente va a entrar, señorita” le advertía a alguien de Acción Social. Por suerte primó la cordura y finalmente mandaron al personal para hacer el servicio. Lo sucedido después lo dejaré para otra ocasión, tanta magia será difícil de describir. Sólo diré que bebimos y lloramos y reímos y bailamos y fumamos con él una vez más, a un amigo no se lo deja solo nunca. Y caminaron los lisiados y hablaron los mudos y todos los que estuvieron ahí saben que no miento en nada. En el último momento, con una multitud envuelta en guitarras tras el coche fúnebre, el paso nivel de Avenida de Mayo bajó su barrera y el tren no pasó. Tal vez quiso quedarse en el barrio, quizás no se fue… Yo sospecho que vuelve cada vez que nos sentimos solos.

“Más extendió las alas hacia el cielo/y poco a poco, fue ganando altura/ y los demás, quedaron en el suelo/guardando la cordura/Y construyó castillos en el aire…”

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