Soy mano

Puertas II

sábado, 6 de febrero de 2021 · 07:50

Por Graciela Labale

“Hay puertas que encierran toda la hondura, hasta que por fin otros párpados se abren y dejan entrar la luz a los zaguanes.” Así terminaba la columna del Chino Méndez el fin de semana pasado. Y me la dejó picando. Empecé a pensar en las puertas de mi vida, en las puertas con historia, en las puertas siempre cerradas, en las puertas que se abren junto al alma de las personas que habitan una casa. Esas puertas/párpados que dejan entrar la luz a los zaguanes me partieron al medio. Fue así como empecé con mi sempiterno remolino de ideas.

Lo primero que me vino a la cabeza fue un bolero…“La puerta se cerró detrás de ti. Y así detrás de ti se fue mi amor. Creyendo que podría convencer a tu alma de mi padecer”, ufa cómo duelen esas puertas que se cierran y sepultan un amor con final inexpugnable.

O lo que un día me dice otro loco cercano,  “por favor sacá fotos a todas las puertas preciosas que te cruces o las que te llamen la atención”, esto cuando estaba yendo de vacaciones a mi amado Jujuy en el 2020. El “loco de las puertas” colecciona fotografías de todas las puertas del mundo que le puedan acercar o él mismo fotografiar. Imaginate fue una fiesta empezar a complacerlo. Descubrí  antiquísimas, otras coloridas o corroídas por los años. Una despertó toda mi curiosidad y fue la de la casa de una pareja singular como lo es la de la antropóloga y pensadora feminista Rita Segato y el inmenso músico maimareño Tukuta Gordillo, que da a la mismita plaza chica de Tilcara y que muestra en su prestancia el excéntrico sincretismo de ambos personajes. Y las tantas puertas que se abren cada día para recibir hambreados, desclasados, tristes y solitarios buscando un pedazo de pan, una sopa o una mirada tierna ante la dura penuria cotidiana.

También pensé en las puertas de las cárceles y el doloroso sonido de los cerrojos que cayeron tras nuestros pasos cuando pudimos participar con los amigos de la música y la poesía de unos encuentros tremendamente conmovedores con las internas de las unidades de Ezeiza. Ese sonido nunca lo voy a olvidar, enmudece, atormenta y me acompañó por días.

Mi último recuerdo va para una puerta enorme, altísima, de hierro pintado verde inglés, con dos amplias hojas y unas robustas rejas torneadas que la embellecían aún más. Era la puerta de mi primera casa/escuela, sí mi primera casa fue una escuela ya que allí vivían mis abuelos maternos, como caseros y porteros, que nos dieron cobijo mientras mis viejos construían su casa. Se abría y con ella aparecía toda la magia tanto para mí como para todos los pibes del barrio que asistían a la “Esteban de Luca” en la esquina de Alsina y Alberti de la Capital, con el buenos días del nono Domingo, enfundado en un impecable guardapolvo beige planchado amorosamente por la nona Aurelia, y ese imborrable olor a cascarilla con leche y factura recién horneada. Y vos ¿de qué puertas te acordás?

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