La Ciudad de la Luz (XI)

A todos menos a mí

domingo, 21 de noviembre de 2021 · 08:06

Por Pablo Ramos

Luego de este impase autoimpuesto por mi viaje al sur (extremo sur que tanto amo), luego de la alegría que nos dimos en las urnas, luego de volver con el auto perdiendo aceite pero que por suerte logró llegar a su segundo hogar: el taller de Pablo Porto; luego de todo esto, digo, voy a contar la historia de este negro peruano que cartonea por mi barrio capitalino de adopción: La Paternal; pero que vive en La Pilarica.

¿Increíble no? Bueno, no tanto. Nos une el ferrocarril de la línea San Martín, y es muy común que los cartoneros que llegan a CABA paren en la estación Paternal, ya que ahí hay un galpón, completamente fuera de norma y regla, que amontona lo que ellos recogen y se los compra para luego revenderlo. El galpón, sin matafuegos, ni baños ni ningún reparo sanitario o de seguridad edilicia, o sea, un basural con paredes y techo de chapa que apenas logra tenerse en pie, es de una concejala del Pro. Y por más que el barrio entero PRO-TESTA se sabe bien que esta gente es de todo menos PRO y tienen de todo menos TESTA. Igualmente, en estos momentos, la cosa está mal para ella, ya que su querido amigo LARRATA, digo LANATA, ay, perdón, LARRETA, en su monumental estafa del viaducto del San Martín, dejó abandonada la estación Paternal (igual que Villa Crespo) y nunca más funcionó. Oh causalidad: la comuna 13 suele ser la única de CABA donde suele ganar el peronismo.

Los cartoneros se siguen juntando ahí, pero en menor cantidad. Y muchas veces la dueña del galpón demora en abrir, demora en atenderlos, y con la excusa de que hay menos trabajo suele pagarles con un papelito de esos de recibo trucho, color celeste, que uno compra en cualquier librería ¿vio?; donde pone en Bic azul, por ejemplo, “Vale 2 mil pesos”. Sin firma, más vale (porque con firma algo vale). Y ese vale, vale, pero tan solo si esperás a cobrarlo al final del día (luego de que ella hace la venta mayorista de la basura) o si lo cambiás en el almacén de enfrente, almacén qué, demás está decir, es de su propiedad.

Ah, ¿Usted pensaba que el capitalismo es algo crudo, que se fue deshumanizando, que es tirano, corporativo y demoníaco? ¿Que inventan el COVID y te venden la vacuna, que le tiran veneno a la tierra y te contaminan la mandarina y que por eso lo mejor es comprar fruta orgánica, tomar medicina natural, tintura de pedo, o soretes de buda? ¿Y que la humanidad debería superar esta etapa larval y debería volver a la tierra como los Indios Quilmes: esa pobre tribu que laburaba de policía para los Incas y sometía a los originarios Calchaquíes y que además hicieron suicidar a la familia para que no cojan con los españoles? ¿Usted pensaba todo eso y más y más y más terribles pensamientos? Bueno, en La Paternal volvimos al Feudalismo Colonial, o lo inventamos, no sé. Y está lleno de los sobrevivientes (hombres todos) de los Quilmes y de los africanos también, esperando cobrar ese vale. Tal vez hagamos la segunda revolución soviética siguiendo los pasos que Carlitos Marx no predijo, refutando para siempre la obtusa idea de que la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases. ¿Qué clases, Carlitos? ¿Qué lucha? La historia de la humanidad, queridos lectores y queridas lectoras, es la lucha del sálvese quien pueda. Y es una lucha sin reglas ni moral ni ideología. Más que una lucha es una masacre de unos contra otros, sin final ni objeto. Y con más vencidos que vencedores, por supuesto. Menos mal que los argentinos además del alambre, la birome y el dulce de leche inventamos el peronismo, que si no….

Pero me desvié, y como ando más atravesado que curda en boca calle, no me importa; ya que estar atravesado permite a uno pensar con furia, y pensamientos de furia son los que necesitamos para cambiar el paradigma. O para al menos acostarnos a dormir pensando que algo hicimos.

Ando un poco cansado de todo, últimamente. Mi condición de escritor y sobre todo de coordinador de talleres literarios, me lleva a tratar con chicos y chicas buenas, algunas talentosas, algunas con fuerza (prefiero el femenino al inclusivo y nadie va a decir nada), pero en el más del 90 por ciento de los casos venidos de clase media tirando a media alta. De cántris (así lo escribo yo), de universidad de cine, de universidad de teatro, de universidad de letras etc. etc. etc. ¿no le suena raro? El arte debe ser lo contrario de Uni-Verso. De hecho la pluralidad de sentido es el corazón mismo del hecho estético, de la belleza com. Opuesto a la estupidez, más vale; no hablo del vestido de mi novia. Y si bien es algo lindo que un negro como yo, con tan solo la primaria y unos exámenes secundarios sea elegido por ellos; a veces me cansa el mundo que me cuentan. Me cansa la permanente queja de los que tienen poco de qué quejarse. El tema recurrente del dinero, de pedirme que le descuente las clases que no vinieron (me pasó dos veces, los dos talleristas eran de cántri, uno de Pilar) ¿Increíble, no? Se ve que necesitan fingir que les cuesta llegar a fin de mes. Y que pese a vivir en un depto de la familia, con el freezer lleno de comida que hizo la mamá, con auto, con ropa buena. La vida es dura porque se emborracharon ayer a la noche. O porque cogieron con alguien y no saben bien si es amor o si mejor no correr el riesgo tremendo de amar.  No sé, ahora invento.

Bueno, me cansa. Mucho me cansa. Entonces no digo nada, hasta que un día lo digo todo y me largo a caminar para no mandar a la mierda a alguien que, en verdad no se lo merece. Y así fue que me largué a caminar por La Paternal, y mientras caminaba pensaba en Pilar, hacía de cuenta que estaba en Pilar, inventaba un circunstancial Pilar y convertí a la avenida San Martín en la ruta 8. Y caminé y caminé hasta las bodegas abandonadas y en el límite con Agronomía, donde otra vez iba a cruzarme con esa gente que ama a las vacas y a los caballos por su belleza y su porte, cosa que no cuestiono. Con esa gente va a comprar la verdura Bio; de los estudiantes Bio de agronomía. Y en la cola (cola de la cual o también soy parte a veces) hablan solo de terapias y de comidas, y de salud, y de terapeutas y terapeutas y terapeutas. Siempre con dolores, siempre con desajustes sobre todo espinales y aunque uno los ve saludables y no los imagina hombreando bolsas en el puerto, se ve que están sufriendo. Pero no soy sensible a su sufrimiento, porque no soy uno de ellos. Ni quiero serlo. No sé, esa gente me da de comprar una manzana orgánica, rociarla con RAiD anti cucarachas, y morir como el mosquito ese pelotudo de la propaganda antes de ser tan superficial. El veneno del RAID mata menos que el veneno de la estupidez, que el veneno de la negación, que el veneno de la indiferencia. El problema con mis talleristas es que tienen que luchar para ver. Tiene que estar permanentemente conectados con todos los demás para darse cuenta que la manzanita mordida del logo de Mac se les puso negra, se les puso rancia. Y escriben entonces en una maquina podrida. No solo porque la empresa del lindito de Kill Bill Gate drogaba a los trabajadores para tenerlos contentos. Se descubrió luego de que el hijo de puta se muriera. Pero basta. Por eso doblé. Y entonces di la vuelta y me encontré con este negro, el de la foto. Qué no quiere que publique su nombre, que cuando le pregunté cómo se llamaba me dijo Negro. Y se puso a cantar, una canción muy dura TORO MATAI, una canción que grabara en Argentina Chabuca Granda y que yo, siendo muy chico, tuve la oportunidad de conocer y estar ahí porque el gran guitarrista que la acompaña era un niño y todos los músicos amigos del dueño del estudio o algo así (entre ellos mi abuelo Pocho Ramos) fueron a verlo tocar. A él más que a Chabuca, más vale. Sé que el niño este al poco tiempo se hizo monje, o cura; y no se supo más de él.

Y el negro se puso a cantar y yo canté con él, más vale. Y luego le pregunté de dónde era.

—De Porú, dijo. Así con O.

—Pero vivo en La Pilarica –agregó y ahí sí me asusté un poco.

Yo quería inventar una Pilar momentánea pero no para tanto. La letra de esa canción es muy terrible, acá les transcribo una parte, la parte que él cantó.

Toro mata ahí,

toro mata,

toro mata, rumbambero, ay toro mata (bis varias veces)

La color no le permite

hacer el quite a pititi ay toro mata

Toro viejo se murió

mañana comemos carne, ay toro mata

Ay la pondé, pondé, pondé, ay la pondé

este negro no es de aquí

caracracra, cra, cra

este negro es de Acarí

caracracra, cra, cra

Ay la pondé, pondé, pondé, ay la pondé

este negro no es de aquí

hay que matar a los negros

caracracra, cra, cra

A todos menos a mí

pondé, pondé, ay la pondé

a todos menos a mí

ay la pondé ya me cansé

a todos menos a mí

ay la pondé eh

Terminó de cantar y me preguntó si entendía lo que la letra quería decir. Y yo por suerte yo entendía. Bueno, no por suerte sino más bien porque me ocupo en buscar y en escarbar. De eso se trata ser escritor. No hay que estudiar tanto, no hay que tener buena letra, hay que tener buenas uñas y estar dispuesto a ensuciarlas en la tierra. En una tierra que no guarda en su interior mucho humus, ni muchos buenos minerales. Guarda sangre, guarda mierda, guarda dolor de surcos de hambre que van a parir espigas. El que siembra trigo como piedra en este mundo. Y nosotros los escritores nos contentamos con la paja.

Para terminar esta crónica un poco violenta lo sé, quiero dejarles la explicación de esta parte de la letra.

Pondé es una palabra africana que quiere decir algo así como “Gambetear” o “Hacer un quite”. En este caso al toro, más vale. Y la letra habla de un torero negro como hubo tantos en la colonia. Los toreros negros no podían existir (recién fueron reconocidos, como José Pizí, a finales del 1700) Y no podían existir porque en esa época, al igual que hoy, un negro valía menos que un toro. Entonces, a escondidas, los negros toreaban para negros; y cuando un negro lo “pondeaba” bien y luego mataba de manera brillante se decía que el toro había muerto de viejo.

La canción lo dice de esta manera:  La color no le permite hacer el quite a pitití . Donde Pitití es un término aparentemente guaraní que significa “Manchado”.

Esta canción es considerada hoy como el himno de los afrodescendientes peruanos. Y el negro que la sigue cantando vive acá nomás, en La Pilarica. No sé en qué casa, ni siquiera sé si tiene casa. No sé siquiera si sigue vivo luego de andar por la Capital empujando un carro lleno de mierda, tomando tinto de cartón, regalándole su voz y su vida a un montón de personas a las que poco les importa la existencia de un negro del Perú profundo que vive de La Pilarica.

A todos menos a mí. 

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